4) Sobre bioética

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viernes, 11 de septiembre de 2009

4) Sobre bioética

Sobre bioética.
Manu Rodríguez. Desde Europa. 02-11-08
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¿Cómo es posible que nosotros, la vida, carezcamos de conciencia biológica? Nuestras prácticas, nuestros modos de vida, nuestra conducta. Nuestras culturas, alejadas de la naturaleza, antropocéntricas, antropomórficas. Nuestras ideologías no son biocéntricas o genocéntricas, sino fenocéntricas o antropocéntricas. La explotación de la naturaleza, la contaminación, el aborto. Derecho al aborto; la ‘mujer’ como ‘dueña’ de su persona. Una mujer embarazada se debe a la vida que guarda en su seno. Desde el momento de la concepción. Es un deber biológico el proteger esa vida y traerla a la luz. Hay el ser genético y hay el ser simbólico (cultural). El ser genético es primero. En nuestras culturas e ideologías se ignora el entorno viviente, todo gira alrededor del hombre social; este hombre es el centro de la naturaleza y de la vida. En algunas tradiciones esta vida en torno está puesta a nuestro servicio. Esta actitud hacia la naturaleza está legitimada por algún dios (por textos ‘revelados’ por algún dios). Hay pues ilusión, e ignorancia. Las comunidades humanas practican con el resto de las formas vivas una suerte de fascismo ecológico. Despotismo, tiranía, explotación, desconsideración. El hombre es lo que importa. El aborto es una actitud más en esta falta de conciencia biológica. Es cultural e histórica. Ideológicamente afín al resto de las prácticas destructivas. Es preciso ver en que entorno ideológico y de prácticas de vida se mueve ese ‘aborto libre’. Que sea la mujer precisamente la que lo defienda con más ahínco. La desnaturalización. Nuestras culturas (ideologías) desnaturalizan. Nos alejan de la vida. Nos extrañan de la misma vida. Nos hacen ser otra cosa. Vivimos una ilusión. Falta de conciencia biológica en nuestras culturas. Hay ignorancia, nos ignoramos. El aborto denota, muestra bien a las claras nuestra actitud aberrante en general. Es una muestra más de la civilización que estamos creando. El aborto es coherente con tal civilización. Precisamente ahora, nosotros, post-darwinianos, con el descubrimiento del código genético, en plena fiebre ecológica. El ecologismo actual recuerda mucho a las viejas religiones de salvación. La actitud digo. Ligado a ideologías y actitudes pre-darwinianas. Es una actitud heroica en el viejo estilo antropocéntrico. El hombre como héroe salvador. Esa ilusión. El hombre no existe. Es un fenotipo, una carcasa, una máquina de supervivencia de los genes. Los genes, la sustancia viviente única, son los únicos sujetos de la actividad biológica de este planeta. Nosotros somos los genes, nosotros somos la vida. El ser simbólico (nuestras ideologías, nuestras culturas) ignora al ser genético, lo oculta. Desde el descubrimiento del código genético nuestro panorama ha cambiado por completo. Aparece el ser genético, el genoma. El ser simbólico no es otro que el genoma instruido, culturizado, hominizado. La cultura, el entorno simbólico, se encarga de hominizar. Dota de lengua, de conciencia, de ‘yo’. De conciencia y de ser simbólicos. En las viejas culturas el ser simbólico soterra por completo al ser natural. Éste no aparece. Digamos que los colectivos humanos se siguen considerando según visiones (ideologías) del hombre y de la naturaleza que han sido literalmente barridas por nuestro conocimiento actual acerca de la vida. Incluyo en estas ideologías al humanismo renacentista, al racionalista, o al existencialista. Estos seres simbólicos (estos ‘hombres’) nos extrañan de nuestro ser genético. La conciencia biológica supone un ser simbólico que tiene en cuenta la preeminencia del ser genético. El genoma es lo primero. Es el propio ser genético el que crea la superestructura simbólica. Los genes son los creadores absolutos, tanto de los fenotipos (formas vivas), como de las culturas. Los genes son el centro de la vida en este planeta. Digamos que los genes viven extrañados en una de sus producciones, el hombre, el cariotipo humano. Cree en el hombre. Es nuestra voluntad de conocimiento la que nos ha conducido aquí, al genoma, a nuestra naturaleza, a nuestro ser primero y único. Con el descubrimiento del genoma nos hemos descubierto a nosotros mismos. Nosotros somos eso. Nuestra civilización aún no está a la altura de semejante revelación. Nuestras prácticas lo muestran. Lejos estamos de esta conciencia, de esta sabiduría. La ilusión antropocéntrica nos lo impide. Este conocimiento supone deberes y responsabilidades nuevas. La ecología, ciertamente, es una de ellas. Veneración por la vida. El proceso autodestructivo, la autolisis. El aborto. ¿Cómo es posible que se dé esta actitud? ¿Qué conciencia se lo permite, qué tipo de ser simbólico llega a este punto; qué tipo de cultura, de civilización, de ilusión? ¿Qué argumentos…? En los argumentos tenemos la ideología, el entorno simbólico. Actitudes coherentes. Destrucción de la vida, contaminación ambiental, aborto, los ‘childfree’. ¿En nombre de quién? En nombre de la ‘libertad’ del ‘hombre’. Libertad de la mujer para abortar, esto es, para eliminar la vida que gesta. La vida elimina a la vida. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué supuestos culturales e ideológicos legitiman tal cosa? El desprecio, el menosprecio, la desconsideración en que la vida (nosotros) se tiene a sí misma. No se considera, no se aprecia, no se valora. ¿Qué cultura ciega de tal manera? ¿Qué locura es esta? La vida no es un valor en nuestras ideologías y sistemas culturales, en nuestras superestructuras simbólicas. Nos debemos a la vida. A su conservación, a su mantenimiento, a su perpetuación. Es un crimen contra la vida el aborto, un crimen horrendo. En defensa de la vida, desde la misma vida. Derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo. A disponer libremente de la vida que guarda en su seno, a eliminarla si le place. El logos cultural (simbólico) contra el logos natural. La cultura, contra la naturaleza y la vida. Como el caso de la castidad en las religiones de salvación. Tramas conceptuales que legitiman (o divinizan) el aborto, la castidad, la homosexualidad…, los ‘childfree’; vías sin salida, actos contra natura. Actitudes egoístas, hedonistas, inmorales. Nuestra cultura europea actual, por no hablar de la occidental. Cultura monstruosa, hibrida, impura. Toda la violencia y el horror del aborto. Una sociedad que se legitima a sí misma para atentar contra la vida. En nombre de ciertos derechos. Dispón de tu cuerpo, mujer, como te plazca. Pero la vida que siegas no te pertenece, no es ni tu vida, ni tu cuerpo. Los supuestos que legitiman el aborto implican una concepción de la vida, de la naturaleza, de la vida de hombres y mujeres; de nuestro cometido, de nuestro sentido y nuestro destino; acerca de nuestro ser. Estos supuestos ignoran el ser natural y nuestros deberes para con la naturaleza y la vida. Sólo cuenta el ser simbólico, cultural; la persona social. El ser natural recién concebido carece de derechos, de derechos sociales, simbólicos, culturales. Hasta que se le considera ‘persona’. El carácter jurídico de esta concepción. El ser natural soterrado en nombre de la persona; personas y roles soterran al ser natural. El ser simbólico es algo más que un ente jurídico, algo más que la persona o rol que le representa. El ser simbólico está ligado al mundo simbólico (cultural) todo. Hay deberes que le trascienden. Deberes ligados a la cultura (mantenerla, preservarla, aumentarla). El ser natural está ligado al mundo viviente. Los deberes para con la vida son de la misma índole (mantenerla, preservarla, aumentarla). El ser simbólico no puede ir contra el ser natural; no puede contradecir el logos natural. Es el logos primero; la reproducción de la vida. Mediante un acto sublime la vida a sí misma se perpetúa. Los médicos y cirujanos podrían usar la objeción de conciencia para el caso del aborto y otros. ¿Qué conciencia? La conciencia biológica. Los hombres (los entornos culturales, las ideologías) no tienen clara conciencia de su ser natural. Viven inmersos en la ilusión simbólica. Ignoran su verdad. El ser natural es poco menos que diabólico en algunas tradiciones (en las religiones de salvación). Las nuevas que acerca del ser natural tenemos (desde Darwin al código genético) no han calado aún en nuestras sociedades. Seguimos conceptuándonos según las viejas concepciones religiosas, o las modernas políticas y filosóficas. Es el hombre como ente social; su carácter político, jurídico, económico. Las modernas y contemporáneas concepciones. La caída del Antiguo Régimen y la Revolución francesa forjaron ese hombre. Son los derechos, deberes y libertades del hombre como ente social. Pasemos por alto, ahora, el carácter ‘universal’ de esta concepción. El ser natural no aparece. A Darwin le debemos la visión natural del hombre, la naturaleza de su origen, su pureza, su dignidad natural. A Marx le debemos la visión social del hombre, la naturaleza social, y cultural, de su ‘personalidad’; su ‘alma’ social, su ser simbólico. La tierra y el cielo. El ser genético y el ser simbólico. La tierra es el origen del cielo. El ser genético es primero. Es el ser genético el que genera el lenguaje. El lenguaje (la comunicación intraespecífica) es, necesariamente, colectivo, simbólico. El lenguaje es el origen del ser simbólico. El ser simbólico se aparta de la naturaleza ya en el neolítico. Adviértase sus mundos simbólicos. La concepción que acerca de la vida y del hombre se tiene. El antropomorfismo, el antropocentrismo. Los mitos del neolítico están ligados a la agricultura, a la ganadería, a la minería y a la forja, a la vida sedentaria. Este hombre no concibe al ser natural, no concibe ni siquiera el período paleolítico de cazadores-recolectores nómadas. Sólo concibe al hombre civilizado, al que vive en ciudades o aldeas. Recuérdese en el mito de Gilgamesh, el papel que corresponde Enkidu, éste es el hombre incivilizado, el asilvestrado. No se concibe otra cultura (forma de vida) que la que ellos sostienen. Cuando cuajan las civilizaciones, desde Sumeria, hace seis mil años. Todas las superestructuras simbólicas, desde Sumeria, son antropocéntricas y antropomorfas. El ser simbólico ignora su ser natural, su origen. La explotación de la naturaleza, el expolio, la contaminación, la desconsideración de la naturaleza. Todas las ideologías legitiman este comportamiento agresivo y ofensivo hacia el resto de la naturaleza. Ésta está al servicio del hombre. ¿Qué hombre? El hombre que forjan las nuevas formas de vida que se abren paso desde comienzos del neolítico. La manipulación de la naturaleza en la agricultura y la ganadería. Esa falta de escrúpulos. Esa distancia que se abre entre el hombre y la naturaleza. Adviértase la concepción de la naturaleza y del hombre en el Génesis judío, por ejemplo. Es el modelo que prevalece. Prevalece también en la contemporánea concepción del hombre como ente social. El aborto forma parte, es coherente con esta desconsideración cultural, simbólica, que hacia la naturaleza sostenemos las comunidades humanas desde hace miles de años. Alienada, confundida por sus propias construcciones simbólicas, la vida, el ser natural, se ignora. Es preciso contextualizar, ideológicamente, esta actitud, el aborto. Porque la legitimación se hace en virtud de ciertas concepciones del hombre, de la naturaleza, de la vida. Sólo desde ciertos espacios simbólicos es posible legitimar el aborto. ¿Qué juegos de lenguaje hacen posible esto? ¿Dónde la proposición del aborto es un enunciado legítimo? Sólo desde ciertos supuestos. No hay deberes para con la naturaleza tampoco en las modernas concepciones. No hay lugar para nuestro ser genético, no hay lugar para la vida. El descubrimiento del código genético nos ha sacado del período neolítico. Las superestructuras simbólicas de este período ya no nos sirven. Estamos literalmente fuera de todo ese período. Es un salto semejante al que se produjo desde el paleolítico al neolítico. El paso de la piedra tallada a la piedra pulida. El cambio de sensibilidad. Las superestructuras simbólicas del hombre paleolítico ya no le servían al hombre del neolítico, éste tuvo que crear otros mundos simbólicos. La novedad estribaba en los nuevos usos, prácticas y modos de vida. Estos supusieron nuevos conocimientos y nuevas concepciones acerca de la naturaleza y de la vida. Nuevas ‘teorías’ acerca del hombre y su lugar en la naturaleza, acerca de la naturaleza del hombre. La revolución que hoy vivimos es semejante a aquélla que dio origen, en el neolítico, al nacimiento de civilizaciones. Un cambio de paradigmas semejante. Nuestro conocimiento ha vuelto a cambiar. Tendrá que crear mundos simbólicos nuevos. Ya los estamos creando, por cierto, aunque coexisten, y compiten, con los viejos modos. La veneración por la vida ha de tocar todos los registros. La vida es lo sagrado por excelencia. Pura y simplemente, es lo primero. Se tendrán que repensar formas de vida y actividades, tradiciones varias. El aborto, por ejemplo, atenta contra la vida. Una vez que se ha producido la concepción, el embarazo, la hierogamia. Una vez la gestación en marcha, esa vida es sagrada. No hay lugar para proposiciones como el aborto. El aborto es algo, simplemente, monstruoso. No deberíamos tener ni siquiera dudas acerca de su monstruosidad. Se necesita, pues, luchar contra el aborto, pero ¿desde qué supuestos? La tradición judeocristiana es en buena medida responsable de la visión que, acerca de la naturaleza y de la vida, tenemos los colectivos humanos, al menos en Europa. Alcanza incluso al existencialismo Las razones pro-vida que aduce son credos teológicos, artículos de fe. No es el genoma sino el alma que su dios adhiere al genoma en el momento de su concepción. El alma es el alma moral, por supuesto, y más específicamente, el alma moral cristiana. No les preocupa tanto la vida como esa alma. Pastorear esas almas es el cometido que a sí mismos se han dado los sacerdotes. El sacerdote es el intermediario entre el alma y el dios. Esta superchería conceptual no tiene otra finalidad que poner al sujeto, al alma si se quiere, en manos del sacerdote. En las modernas concepciones es el político el pastor. La masa social se reparte en facciones políticas. Es el hombre político, el jurídico, el económico… el social, en suma, el que ahora interesa. El ente social. La persona, los roles. ‘Ultracivilizado’. Aún más allá de la naturaleza y de la vida. Los colectivos se auto-legitiman. Se auto-legitiman para abortar la vida. En virtud de determinadas concepciones, el aborto es casi un derecho natural de las mujeres y de los colectivos humanos. Actitud absolutamente tanática, autodestructiva. Que se legitima para segar vidas incipientes, brotes, renuevos. Actitud semejante es la de los ‘libres de hijos’ (los ‘childfree’); también estos colectivos abortan, impiden la prosecución de la vida. Estos grupos son como una parodia laica (y hedonista) de la castidad maniquea de cátaros y albigenses. Eliminamos el alma judeocristiana de nuestro panorama, pero la natural que hemos encontrado no nos ha parecido lo suficientemente valiosa. No le concedemos valor. Hasta el punto de no concederle existencia sino a partir de algunas semanas de su gestación. Desde el momento mismo de la cariogamia, desde el primer instante del zigoto, hay una nueva vida humana, un nuevo genotipo, un nuevo genoma. El genoma es el sujeto último, el que subyace a toda percepción, a toda reflexión, a toda volición. Es el alma, sin duda. La forma del cuerpo (Aristóteles). El ser genético, el genoma, es el creador del ser simbólico. Las superestructuras simbólicas son como las superestructuras proteínicas que son los fenotipos. El mundo simbólico es absolutamente necesario para la hominización de las nuevas crías, para la creación de seres simbólicos. Los seres simbólicos son relativos a los mundos simbólicos que los envuelven; coherentes con tal mundo. El aborto es coherente con el mundo de prácticas y modos de vida que nos rodea. Es una libertad, un derecho más. Este ultraje a la naturaleza y a la vida, a la sustancia viviente única. Naturaleza social, colectiva, simbólica del lenguaje y de las formas de comunicación todas. Si cada cual tuviera su propio repertorio de signos, no nos entenderíamos en absoluto. Seguimos atrapados por el neolítico. Nuestras luchas culturales. La lucha entre la democracia universal y el universalismo islámico, por ejemplo, en los tiempos actuales. Concepciones ambas igualmente rancias y obsoletas, primitivas. El hombre que propugna la democracia universal. Pleno de derechos y libertades individuales, apenas si deberes colectivos. El hombre universal que propugna el Islam, el hombre sometido; sometido no a ningún dios, sino a los sacerdotes. No pones tu alma en manos de ningún dios, sino en manos de sacerdotes. Son ellos los que te someten y manipulan. En este entorno uno se pone en manos del sacerdote, en manos del intermediario. Éste hará cualquier cosa para no perder el poder que sobre la comunidad tiene. La articulación social según el hombre político. Los políticos pastorean ahora las diversas facciones sociales. El político es ahora –en las comunidades democráticas- el intermediario. ¿Entre qué y qué, o entre quién y quién? Los políticos representan a partes de la colectividad frente a otras partes de la colectividad. La aparición de un partido político supone una facción más en el colectivo. Vivimos en estado de permanente secesión. Cada sección tira para sí. Es una sociedad múltiplemente escindida. Estos colectivos, estas facciones, están además diferenciados simbólicamente. Son variantes de lo mismo, diferencias. Son claves simbólicas las que se enfrentan en el orbe de la misma cultura; progresistas y conservadores, por ejemplo. Los progresistas son partidarios del aborto. El aborto libre está considerado como un signo de progreso, e igualmente, la plena aceptación de la homosexualidad. El aborto forma parte de un paquete de actitudes que se consideran modernas y progresistas. Los conservadores, en la medida que usan el lenguaje judeocristiano, se oponen por razones ideológicas, culturales, extrínsecas. Los ecologistas y otros que se tienen a sí mismos como modernos y más que modernos, siguen estando por detrás de Darwin y del descubrimiento del código genético. Antropocéntricos, fenocéntricos, neolíticos. Las generaciones presentes no han asimilado aún la importancia que tiene para nosotros, formas vivas, el descubrimiento, la revelación del código genético. Los corolarios. Comenzando por nuestra naturaleza genética. Deberes para con la vida. Nosotros somos los genes, la vida. El ser genético, el destino genético, es más patente en la mujer. La mujer es responsable de la vida que lleva en su seno. Destino abrumador, es cierto, excesivo. Tan sólo por esto tendrían que ser veneradas. La cultura (la actual, la nuestra) lucha contra el ser natural. En nuestro ámbito europeo (y occidental), las mujeres sólo tienen un hijo, si acaso. En el nombre de ciertos requerimientos y exigencias que trascienden su sexualidad, su destino; el logos natural que le compete, la orden que la hace ser lo que es; su propio genoma, su naturaleza, su ser; su ser sexuado y destinado. Las madres. Están las madres y los padres del ser genético, y están las madres y los padres del ser simbólico. Por motivos culturales, la vida que somos, no se valora a sí misma. Nuestros padres simbólicos no nos instruyen al respecto. Los seres simbólicos son siempre relativos a tiempos y lugares. El ser genético es de alguna manera el ser eterno. Podría haber nacido hace mil años, podría nacer dentro de mil años. Su combinatoria, su cifra genética. No tiene tiempo ni lugar. Más allá de lenguas y culturas, de tiempos y lugares. La vida sublime. Breve, intensa, trágica. ¿Qué puedo decirte yo, varón, a ti, mujer, acerca de la naturaleza y de la vida? La mujer aterradora, la no-madre, la no-dadora, la matadora, la abortadora. ¿Podemos oponernos al aborto desde la misma vida? El ser genético, la sustancia viviente única, el acervo génico. El logos natural como espacio desde el cual poder oponerse a cualquier agresión a la vida. Un lugar nuevo. Un nuevo deber. Nos debemos a la vida que somos. Nuestras generaciones serán severamente juzgadas por cuestiones como el aborto. Es el nihilismo de las presentes generaciones, junto a su arrogancia antropocéntrica. Un sector del colectivo femenino aboga por el aborto ¿por qué? Quieren liberarse del logos natural, realizarse como ‘personas’, como entes puramente sociales. Es una realización simbólica, concorde con tal o cual espacio simbólico. La superestructura simbólica oculta, niega, ignora al ser natural. ‘Realizarse’, cumplir roles. De cara a la galería -el histrionismo presente. Vida teatral, de personas, de roles sociales. ¿Qué fue del candor de la doncella, de su verdad? ¿Qué fue de la devoción, del fervor, de la entrega en la crianza de los hijos? El cuidado de la prole. Las madres. Ya no hay madres. La mujer plena, la plenitud de la mujer. Llena de gracia y de bondad, de bondad-bella-de-ver. La dadora, la gestadora, la paridora; la que da a luz; la que, en virtud de su amor, hace renacer. La alegría de la vida, pese a su trágico, terrible, excesivo destino. Digna de estar en los altares. Venerable, santa, adorable. Tú que acoges, que proteges al extraviado, al perdido varón. Creadora del hogar, de la casa. Criatura tuya el cielo protector. Por amor. La mujer creadora, generadora, nutridora. Símbolo sublime su mismo ser, su ser sexuado. La educación de la mujer ha de ser exquisita. La educadora. La lengua materna, la leche materna. La atmósfera que envuelve nuestros primeros años. Las Musas. La desnaturalización. Una sociedad que se aleja de la naturaleza y de la vida. Nos aleja de nosotros mismos. El esnobismo de los ecologistas, o el de los anti-taurinos, en los tiempos que corren, por ejemplo; no se oponen al aborto. Ir contra las festividades taurinas es lo moderno y progresista, así como ser partidario del aborto. Actitudes incoherentes, sociedad incoherente. Estamos atrapados por paradigmas culturales que tienen su origen en el neolítico. Antropocéntricos. No nos sirven, no nos valen para este tercer período que ya vivimos. Nuestros conocimientos acerca del cosmos, de la naturaleza, de la vida, del hombre, de la cultura… son nuevos y distintos. La revelación del código genético ha descentrado por completo el lugar del hombre en la naturaleza. El hombre es nada, una carcasa, un fenotipo, un transporte eventual de los genes. Los genes, la sustancia viviente única, son los únicos sujetos en cualquier forma viva de este planeta. El sujeto único. Nosotros no podemos ser sino los genes. No hay otro sujeto. Es el genoma quien mira, quien oye, quien palpa, quien gusta, quien saborea, quien ama… Los genes, la sustancia viviente única. No el hombre, no el fenotipo humano. El hombre ha sucumbido ante la revelación del código genético; se ha volatilizado, ha desaparecido. La ilusión y la ignorancia se han disipado. Otro es el lugar, y la mirada… y el sujeto. Se ha producido una des-alienación, un des-extrañamiento, una des-ilusión. Un autoconocimiento. Una revelación que afecta a todos los colectivos humanos. Esta sí que es una revelación universal. No local, étnica, histórica, cultural, social, antropocéntrica… como las que nos rodean. Viejas, obsoletas, primitivas. El hombre que nunca fue. Es desde la misma vida que hemos de hablar ahora. Desde los genes, desde la sustancia viviente única. El ser genético. El sujeto único, el único ‘yo’. En nosotros, el ser genético es un ser sexuado. Dos sexos que tienen funciones complementarias en lo que concierne a la reproducción de la vida. Cada una de las células sexuales contiene el cincuenta por ciento de la información genética necesaria para la formación de un nuevo ser. Este sencillo conocimiento tiene poco más de un siglo, que la mujer también es poseedora de material genético, de cromosomas; se ignoraba o desconocían los óvulos, se consideraba que todo el material genético procedía del varón. La unión de ambas células sexuales se realiza en la cópula, la unión del espermatozoide con el óvulo (sus genomas haploides); la cariogamia. Es un acto de amor, de unión, entre ambos seres sexuados que puede tener como resultado la concepción, el embarazo. Éste tiene lugar en la mujer. La cópula, la concepción. El melancólico embarazo, el doloroso parto. El sexo femenino es el encargado de llevar a cabo el nuevo ser sexuado, de darlo a luz. El logos natural, el ser genético. Deberes. La reproducción. Es la principal función de los dimorfos sexuales, el principal deber. Luego viene la crianza, la instrucción, la culturización de las nuevas crías. Su iniciación en un determinado medio cultural (simbólico). En torno a la vida y al ser que se es, ha de girar la instrucción de las nuevas crías. Todo ha cambiado. Una revelación que, aunque tiene su origen en el ámbito cultural europeo y occidental, posee un carácter absolutamente universal. No como en el caso de las viejas religiones de salvación, claramente etnocéntricas (lo judío, lo árabe… los pueblos ‘elegidos’), o la democracia universal de origen europeo (y occidental), que la vendemos como panacea universal. La revelación del genoma tiene corolarios, consecuencias. Destruye, fulmina el antropocentrismo del neolítico, que alcanza incluso a ideologías como el humanismo renacentista, el racionalismo ilustrado, la democracia universal, o el existencialismo. Otro es el lugar, otro es el mundo; todo ha cambiado. Vivimos un nuevo período tan distinto del anterior neolítico como éste lo fue del paleolítico que le precedió. Vivimos los albores de un tercer período cultural. Es desde este espacio que actitudes como el anti-taurinismo tendrían sentido. Pero este espacio aún no tiene lugar. No ha lugar para la vida, aún. ¿Dónde no ha lugar para la vida? El ser genético (el genio de la criatura) aún no es reconocido. Su cifra genética, su genoma. No hay deberes para el ser recién concebido, o para las primeras etapas del embrión. El mundo simbólico que recibe y acuna a las crías recién nacidas. Mundos arcaicos, obsoletos, alienantes. Extrañamiento de la naturaleza en las ideologías que nos rodean. De dentro o de fuera. Todas pertenecen al mismo período, cortadas por el mismo patrón. Comportamiento e ideología. Las ideologías no contradicen nuestra actitud hacia la naturaleza. Nosotros somos el señor de los animales, el rey de la creación. El hombre. Un fenotipo cualquiera. Debería haberse dado más especies parlantes. Nuestra petulancia y nuestra soberbia no sería tanta. No nos consideraríamos como criaturas excepcionales, fuera de toda conexión con el resto de la naturaleza. El alma inmaterial es uno de los frutos del período. Nuestra alma es el genoma. Nuestro ser genético, nuestro genoma particular, nuestro genotipo. El genio de toda cosa viva, su genoma. No hay otro del genoma, el genoma mismo es su otro. Su complejidad, su misterio. El ser simbólico se forja, se hace. Lo hace la sociedad en torno. Es siempre relativo a tiempo y lugar. El ser genético es trascendente a lenguas y culturas. Es el ser intemporal. El ser genético se despliega en el ser simbólico, se realiza, se vierte. Cuando el entorno simbólico permite el despliegue del ser que se es, el llegar a ser el que se es. El ser genético no se debe a cualquier cultura. Él es el creador, el señor de las formas simbólicas. En todo momento y en todo lugar heredero, señor. Un orden simbólico digno, de esto se trata, que afirme la vida; digno del genoma, del ser genético, de la sustancia viviente única. Lo primero es la vida. Velar, salvaguardar. La prosecución de la vida. Venerar. La vida, la mujer, la procreación. Lo sagrado. Los pensadores de la segunda mitad del siglo pasado apenas si le han concedido importancia al DNA. Este conocimiento no ha generado meditaciones ni reflexiones relevantes. Apenas nadie se ha percatado de su importancia. A lo más que se ha llegado es a la teoría del ‘gen egoísta’, y esto dentro incluso del campo de la biología. Este autor no ha comprendido nada. Los genes son los únicos seres vivos, es lo único vivo en este planeta. Es el ser genético el que habla (aunque alienado) en el ser simbólico. Dawkins vuelve a oponer el ser natural (el gen, los genes, el genoma) al ser moral, racional, civilizado, culturizado. Opone, escinde, nos vuelve a escindir. Pese a su tema (los genes), es una obra que pertenece de lleno a las ideologías neolíticas –antropocéntricas, fenocéntricas. El ser genético (natural) sigue siendo el malo de la película. El concepto ‘gen egoísta’ es el signo de su total despiste en este asunto. Con este concepto el ser simbólico queda fuera y ajeno al genoma, a su genotipo (se libra de él, podríamos decir), como en las anteriores antropologías. En Dawkins, el descubrimiento del genoma viene a refrendar esta escisión, y a seguir enfrentándolas. Nos vuelve a extrañar de nosotros mismos. Las superestructuras simbólicas son obra de los genes, al igual que las superestructuras fenotípicas. El genoma es el sujeto único. El ser simbólico es el ser genético hominizado. No hay otro que piense, hable, o ame. Uno es el que piensa, el que quiere, el que siente. Únicamente el genoma. Es el lenguaje que usa Dawkins: ‘los genes nos gobiernan’… ¿a quién? Los genes y nosotros. Con ‘nosotros’ se refiere a los ‘yoes’ culturales, simbólicos; ‘nosotros, los seres simbólicos’. No se conciben otros sujetos que los simbólicos, los ‘yoes’ que forjan la lengua y la cultura. Las personas, los roles. Sujetos siempre relativos a tiempo y lugar. El ser natural son instintos, o pulsiones, dicen. Un ser ciego que molesta o perturba con sus requerimientos y su presencia al ser simbólico, al sujeto consciente, al ‘yo’ cultural, al ser ‘racional’, a la conciencia moral. Es el espíritu frente a la carne. El genoma es el alma, el espíritu de la criatura. El único volente, el único pensante, el único sintiente. El sujeto único. Son los distintos genomas los que se comunican entre sí en todo momento y lugar, en toda lengua y cultura. Los genes, la sustancia viviente única. El ser simbólico es el ser genético instruido según un determinado mundo simbólico. Deberes del ser simbólico. Culto a los antepasados, a los dioses autóctonos, a lo propio ancestral. Cultivo del espacio simbólico, del legado de nuestros antepasados. Enriquecimiento y cuido de ese espacio. Deberes del ser genético. Culto a la vida. Mantenerla, preservarla, favorecerla, concebirla, darla a luz. Esto es lo primordial, lo primero. La vida no puede perecer por causas ideológicas, superestructurales. A tal extremo ha llegado nuestro distanciamiento de la naturaleza y de la vida. El distanciamiento del ser simbólico del ser genético. Nuestro comportamiento lo denota. Nuestra falta de conciencia biológica, genética; nuestra falta de educación al respecto. No nos sentimos naturaleza, no somos instruidos al respecto, bien al contrario. Hay que dominar a la naturaleza. Es la carne, es un animal… necesita ser domado, necesita un conductor, un piloto (el sujeto consciente). La razón contra los instintos. Ha llegado casi hasta hacerla desaparecer entre nosotros. Los momentos presentes. El comportamiento despectivo hacia lo natural, hacia la naturaleza. Nos seguimos moviendo en mundos del neolítico. La mercantilización del genoma, las patentes genéticas, la industria farmacéutica. Todo ese negocio en que se ha convertido el descubrimiento, la revelación del genoma. Éste es el más claro signo de nuestra falta de conexión con la naturaleza, de nuestra falta de conciencia biológica. Un nuevo negocio. Los genes son nuestro ser, el genoma es nuestro ser, nuestro único ser. Nosotros somos el genoma; el genoma es el sujeto único. Qué ética, qué moral, que ideología subyace en nuestras actitudes y actividades, en nuestros enunciados. Quién habla, qué lugar, qué espacio. Desde dónde se habla; quién, qué dirige nuestros enunciados, qué discurso. (El aborto, los ‘libres de hijos’, la castidad…). Son concepciones del hombre, de la naturaleza y de la vida; acerca del destino y del sentido del hombre, acerca de su lugar en la naturaleza. Qué clase de ser es. Qué hombre, qué sociedad. Estas concepciones son colectivas, o se colectivizan. Son históricas, étnicas, sociales; son relativas. Hace más o menos un siglo que se estableció (Weissman) la distinción entre el plasma germinal y el plasma somático. El plasma germinal salta, pasa de generación en generación; el plasma somático (los fenotipos) desaparece, es material fungible. El plasma germinal son los genes, la sustancia genética, la sustancia viviente única. Nos. No el fenotipo sino el genotipo. El genoma es nuestra esencia, nuestro ser. El que deja en herencia, y el heredero, esto somos. Cuando hablamos de herencia genética ¿quién hereda los genes? ¿A quién nos referimos como heredero? ¿Es el alma inmaterial, el sujeto simbólico, los ‘yoes’ culturales? La dotación genética como herencia. Pero ¿quién es el heredero? Nuestro lenguaje (nuestras ideologías, nuestras prácticas); expresiones como ‘tu herencia genética’. ¿La herencia de quién? ¿Quién recibe esta herencia? ¿Quién deja en herencia? No es tanto nuestra herencia como nuestro ser, nuestro ser único. Nuestro ser simbólico es siempre relativo. Cada genoma hereda, como heredero tiene deberes para con la herencia. La herencia es lo hecho, lo logrado por nuestros antepasados. La vida en su conjunto es nuestra herencia. La variedad, la riqueza. Favorecer la vida, prodigarla. Nuestros antepasados genéticos. Algo semejante sucede con el plasma simbólico. También heredamos mundos simbólicos elaborados por nuestros antepasados humanos. Somos seres biosimbólicos. Nuestra herencia es tanto genética, como cultural. El genoma instruido, el ser biosimbólico. El sujeto es siempre el genoma. De toda percepción, de toda volición, de toda reflexión. La materia simbólica, el soma simbólico. Los culturemas o simbolemas son, como los aminoácidos para los fenotipos, elementos constructivos de las superestructuras culturales (simbólicas). Hay una herencia natural y una herencia cultural. Los genes, los genomas diferenciados son los herederos de ambas. Mantener, preservar, enriquecer, aumentar ambas herencias. Estos son los deberes de los seres biosimbólicos. Conciencia biosimbólica. Seres, criaturas biosimbólicas sexuadas. Hombres y mujeres, padres y madres. Generadores, creadores. Espacio nuevo, lugar nuevo, criaturas nuevas. Novedad absoluta del nuevo período. El nuevo ser natural y el nuevo ser social que somos. Que siempre hemos sido, dicho sea de paso. La revelación del código genético. Este conocimiento, este saber, esta conciencia. Nueva naturaleza y nueva cultura. Nueva tierra y nuevo cielo. De modo nuevo vemos. La visión ha cambiado, el panorama es otro. Paso del fenocentrismo (las criaturas) al genocentrismo (el creador). En lo que concierne a las formas vivas, hemos pasado del fenotexto al genotexto, del fenotipo al genotipo, del fenómeno al (ge)noúmeno. Hábitos de lenguaje, maneras de hablar. La gramática del lenguaje-mundo. ¿El plasma somático perecedero (los fenotipos, los entes sociales) es el heredero del plasma germinal, virtualmente eterno? El antropocentrismo y antropomorfismo (fenocentrismo) de las ideologías dominantes. La envoltura simbólica, pero también la mirada. El mundo, los mundos que tenemos. Los mundos simbólicos que nos rodean. Todos responden a la relación que con la naturaleza hemos mantenido durante todo el período neolítico. Las distintas tradiciones. No nos sirven ya estas ideologías, estas miradas. Lastre, estorbo, peligro. Visiones erradas, abusivas, arrogantes, contrarias a la naturaleza y a la vida. Costumbres, tradiciones, prácticas, formas de vida. Envolturas simbólicas extrañas a la vida. Seres simbólicos ajenos a su ser natural, o contrarios, enemigos. Seres biosimbólicos escindidos y enfrentados. El período neolítico, y hasta nuestros días. Los corolarios que se desprenden de la revelación del genoúmeno, del genouma. Las consecuencias en el conocimiento y el saber, en las prácticas o formas de vida, en nuestra conducta toda. Vivimos los comienzos de un nuevo período civilizatorio. Somos los primeros, los primitivos de la alta civilización por venir. Todo ha cambiado. El futuro será ecologista y genocéntrico, o no será. La genómica ha de estar estrechamente ligada a la ecología. Las ciencias de la vida han de ser primeras. Nuestra instrucción. Ética natural y social. Con un ojo puesto en la tierra y otro en el cielo. Atentos a la tierra y al cielo. Cielo y tierra concordes. Naturaleza y cultura. Plasma germinal y plasma simbólico. Atmósfera apta para las nuevas criaturas por venir. Atmósfera lingüístico-cultural, simbólica. Nuevos mundos, conocimiento y saber nuevos. Renovar la atmósfera espiritual del planeta. El aire tóxico, viciado, que nos rodea. Las viejas ideologías, los viejos mundos. Religiosos, filosóficos, políticos. Aún dentro del laberinto del neolítico. El hombre que nunca fue. Aún prevalecen esos mundos. La luz que se desprende del conocimiento y el saber del genouma. Las consecuencias, las implicaciones… aún sin profundizar. Este viejo y nuevo lugar, este ser viejo y nuevo. Recién descubierto, apenas entrevisto, apenas explorado, apenas pensado. Lo que nos queda, aún. Hasta ahora las culturas han ignorado al ser natural, o lo han negado. Ignorado, negado, mal-interpretado. En nuestras teorías, en nuestras filosofías, en nuestros mitos, de aquí y de allí. Hasta la fecha las culturas nos han alienado de nuestro ser natural. El que aparece no es sino el hombre cultural, el social, sin apenas conexión con la naturaleza. Lo natural era lo bestial, lo instintivo, lo animal en nosotros. Aquí, el ‘nosotros’ es el hombre social. Los culturizados, los hominizados. Los ‘yoes’ culturales. Las culturas regulan nuestras conductas según determinados patrones ideológicos; según determinadas concepciones ya del mundo, ya de la vida, ya del hombre en particular. Deberes, obligaciones. Lo constante ha sido la desconsideración, el menosprecio, la indiferencia, la ajenidad. La explotación sin escrúpulos, indiferente a las consecuencias catastróficas que tienen para la vida. La inmaterialidad del alma, el alma detenida en barro, la ‘salvación’ del alma. Expresiones típicas del período. La esencia de los seres humanos más allá de la naturaleza. El cuerpo como barro, como vehículo transitorio del alma inmaterial en su camino hacia el cielo. El ‘homo viator’. El mundo, la carne, como obstáculos, como tentaciones. Hablaban del espíritu, mal, y sin saberlo. Ciertamente, los cuerpos son vehículos transitorios de los genes. El genouma es nuestro genio, nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro ser. Mediante la reproducción los genes se eternizan, a sí mismos se suceden. El logos natural tachado, negado, mal-interpretado. No hay otro sujeto que el genouma. El concepto ‘numen’ podemos relacionarlo con el ser simbólico. Relacionado con la lengua y la cultura. Con la reflexión simbólica (siempre simbólica). Es el genio (el genouma), sin embargo, el único que siente, piensa, y quiere. El genio es el que subyace, el sujeto único. Castor y Pollux. Castor es el numen, el ser simbólico, el fenotipo. Pollux es el genio, el ser genético, el genotipo, los genes. El ‘genouma’, el ser biosimbólico. Pollux rechaza la inmortalidad si Castor no la alcanza de algún modo. El ser genético crea el cielo para albergar su ser simbólico. También los mundos simbólicos, los cielos, tienen en nosotros un alcance eterno –ligado a nuestra duración en la tierra, la duración del cariotipo humano, quiero decir. La memoria de los pasados. Memoria simbólica, colectiva. Se extiende a lo largo del tiempo y del espacio. El cultivo de los antepasados, por ejemplo. Mantenemos viva su memoria, su recuerdo. El ser simbólico tiene su propia historia. Mantener vivo nuestro pasado es un deber. Las culturas elaboradas a través de las generaciones. La historia, la memoria de los pueblos. Los seres humanos no nacimos ayer o antes de ayer. El cariotipo humano actual tiene ya varios miles de años sobre la tierra. Es nuestra voluntad de conocimiento y de saber el que nos ha traído aquí, a las puertas de una nueva civilización. La revelación de la sustancia genética. Nos hemos alcanzado a nosotros mismos, hemos descubierto nuestro origen y nuestro ser. Es una auto-gnosis. De la misma manera que las prácticas y modos de vida de comienzos del neolítico condujeron a la elaboración de superestructuras simbólicas coherentes con sus prácticas y conocimientos, así también, en nuestro período, los nuevos conocimientos darán lugar a nuevos mundos simbólicos. De modo nuevo vemos la naturaleza y la vida. La conciencia ecológica se abre paso, pero aún no está plenamente instalada en el período de la revelación genética, se mueve con conceptos antropológicos del neolítico. Esta lluvia, este soma que del cielo nos viene, aún no ha calado. No nos alimenta, no nos nutre, no alcanzamos aún a dar frutos coherentes con el nuevo período. Nuestro arte y nuestro pensamiento revelan este desfase, esta asincronía. Nuestra atmósfera rancia, neolítica. Contaminada, malherida. Los coletazos del neolítico. Las industrias, las ideologías, las prácticas, los modos de vida. La depredación generalizada. El aborto forma parte de esta indiferencia, de esta ajenidad. Es coherente con estas actitudes hacia la naturaleza y la vida. Nuestras industrias contaminantes, nuestras guerras, nuestras armas químicas, atómicas, altamente destructivas. Como si con nosotros no fuera. Pero nosotros somos la vida. La naturaleza de lo viviente se nos ha revelado. Sus misterios. Iniciamos un nuevo camino, un nuevo período. Arte y pensamiento dignos del nuevo período, a la altura del nuevo período. Todo por hacer. Una civilización genocéntrica, biocéntrica. Las razones, pues, han de ser biológicas. Las ideologías y los mundos simbólicos han de ser biocéntricos. Salir del antropocentrismo, del fenocentrismo del neolítico. Las nuevas criaturas, los seres biosimbólicos. Saber nuevo, conciencia nueva; en la instrucción de las nuevas crías, por ejemplo. Conciencia del ser que se es. No son los ‘grandes hermanos’ (religiosos o políticos), precisamente, los que hacen girar esta rueda. Los que dieron inicio al neolítico y al período civilizatorio e histórico. Tampoco ahora. Son gente como Darwin, como Morgan, como Weissman, como Watson y Crick; gente como Einstein, como Böhr, como Planck, como Heisenberg… Éstas son las gentes que hicieron, hacen, y harán girar la gran rueda. Estos descubrimientos, estos conocimientos. Aquellos que en los comienzos del neolítico dieron lugar a la agricultura, a la zootecnia, a la industria de los metales. Conocimientos y prácticas, saberes que dieron lugar, en su momento, a las diosas madres, o a los artífices sobrenaturales. Es la interacción que con el resto de la naturaleza tenemos. Aquélla de los cazadores-recolectores nómadas, aquélla de los agricultores y ganaderos sedentarios, aquélla de los urbanitas y civilizados. Los modos de vida proyectan superestructuras simbólicas. A interacciones nuevas, conocimientos nuevos, mundos simbólicos nuevos, seres simbólicos nuevos. Es como una mutación en el mundo simbólico, en el ser simbólico. Cambia la pauta, el patrón, el paradigma, la visión, la mirada. Los creadores, los propiciadores del nuevo mundo simbólico. Los Padres y las Madres de este nuevo mundo. El alcance pretendidamente universal de los ‘grandes hermanos’ (religiosos o políticos), las pequeñas ruedas. Locales, étnicas, relativas, históricas. El neolítico lo crea la agricultura, la ganadería, la minería, la aldea; los artesanos, los constructores, la escritura; los hombres y mujeres que hicieron posible la salida del paleolítico milenario. Los que tuvieron fuerza para hacer girar la gran rueda. Generaciones heroicas. Estos son los verdaderos héroes, los héroes culturales. Auténticas revoluciones universales. El saber sobre el genoma (la genómica toda) compete a todos los seres humanos. Tiene valor y validez universal para todos. Alcance universal de este saber. El alma (natural, material, sexuada) instruida, aleccionada, iniciada. El ser biosimbólico, el genouma. Genio y Numen. El ser sexuado. Genous y Genoussin. Genio y Junona. Rod y Rozanecy. Compañero y compañera, madres y padres. Los dimorfos sexuales. Nos, los genes; nos, la vida; nos, el amor. La conciencia biológica no es la conciencia animal, fenotípica. No se trata de que nos veamos como machos y hembras de cualquier especie. Vuelta a la naturaleza o recuperación de la naturaleza de corte roussoniano o romántico. Mirada superficial propia del neolítico, predarwiniana. La conciencia biológica es la conciencia genética. Es el espíritu, el genio, el genouma el que reflexiona o ama, el sujeto único en cualquier actividad. No el hombre, no el fenotipo, sino el genotipo; no la criatura, sino el creador. La sustancia viviente única crea a la manera de un demiurgo. Dispone de átomos, moléculas, macromoléculas, aminoácidos. Con estos elementos se construye un cuerpo, una envoltura somática; son los fenotipos que pueblan el planeta, las criaturas. Seres microscópicos, vida vegetal, criaturas de todo tipo. Los genes son los creadores de todas las formas vivas que pueblan el planeta. Nosotros somos los genes. El creador no se confunde con sus criaturas. La unidad del creador, del acervo génico, de la sustancia genética. Uno es el creador. Uno y el mismo el que subyace en todas y cada una de las criaturas. Es el sujeto único. La misma sustancia en el predador, y en la presa; la misma en el árbol y en el ave. Digamos que en el cariotipo humano la vida se hace consciente a sí misma, se descubre a sí misma; se conoce, se sabe, sabe de sí. Autognosis, revelación. La vida siempre inteligente. La inteligencia creadora, la potencia plástica. No hay otra inteligencia que la genética. Nosotros somos los genes, nosotros somos la vida. El hombre no importa, importan los genes, importa la vida. La luz del neolítico se apago. Ese hombre desapareció. Los mundos, los seres simbólicos del neolítico. El antropocentrismo; la astrología, por ejemplo, o el Génesis judío. Conciencia del antropocentrismo ya en Protágoras (en la primera sofística). Tan sólo uno el que mide y el que calcula. Uno y el mismo en el hombre y en la ameba. El fenotipo como obstáculo. Sobrepasar el fenotipo, las medidas del fenotipo. Ya lo hacemos: el microscopio y el telescopio, o nuestra tecnología para captar el espectro electromagnético no visible al ojo humano. Más allá del cariotipo humano, más allá del hombre en verdad. Son los genes, la sustancia genética, los que sobrepasan, van más allá; los sujetos del conocimiento. Lo que se sabe o se quiere, lo sabe y lo quiere la misma vida, la sustancia genética misma. No hay otro sujeto. Detrás del fenotipo está el genotipo. El cerebro-sistema nervioso, las neuronas, la red neuronal; los genes, desde las neuronas, son los que regulan nuestro comportamiento. Son ellos los que se mueven y gesticulan, los que hablan y ríen. Las neuronas llegan hasta las mismas fronteras exteriores del soma; en los párpados, en los labios, en la punta de los dedos. Son los genes los que responden a los estímulos; en milisegundos la información pertinente llega al nucleosoma, donde se encuentra el genouma; la respuesta no se hace esperar. Los cambios de color en el calamar, por ejemplo; hasta dónde llega la información, y desde dónde se responde. La presencia del rival o de la compañera llega hasta el genouma y es el genouma el que inicia la cascada de reacciones. Hay numerosos ejemplos acerca del lenguaje celular, el que usan los genes. No es la neurona sino el genouma que alberga en el nucleosoma el que recibe en último término la información y el único que responde en consecuencia. Esto sucede tanto en la vida vegetal como en la animal, así como en lo monocelulares. No hay otro sujeto que el genouma. El genouma es el diseño, y el diseñador; el ingeniero y el constructor. Orden que ordena, forma que informa. El genouma dirige el soma en todo momento y en todo lugar. En el cariotipo humano es el genouma instruido, culturizado, el ser biosimbólico. En el cariotipo humano el genouma sale a la luz. Deriva, evolución hasta los momentos presentes, la revelación del código genético y de la sustancia genética. El que busca y lo encontrado resultan ser la misma cosa. Nos encontramos a nosotros mismos. Nuestro origen, nuestra naturaleza. Buscábamos nuestra esencia y la encontramos. Nuestra alma, nuestro espíritu, nuestro ser. Nuestra naturaleza no es la humana, o la animal –la fenotípica-, sino la genética; ésta es nuestra única naturaleza. Conciencia biológica, conciencia genética. Una vez instalado el saber del genouma ¿qué sentido tendría el aborto voluntario, el segar vidas porque sí? Para no perder la línea y la figura, porque los embarazos estropean mucho. El ‘buen salvaje’ (Rousseau) o el ‘magnífico animal’ (Nietzsche). Los retornos a la naturaleza… mas ¿qué naturaleza? Reflexionarse no como hombre, no como ser humano, sino como genouma. Nuestro ser es el genouma. No el genouma se reflexiona como hombre sino como genouma. El ser último, el que subyace, el sujeto único. No otro es el que piensa, el que habla, o el que ama. El genoma instruido, el ser biosimbólico, el genouma. Salir del período antropocéntrico (fenocéntrico). Nosotros (como genoumas) somos el sol, el centro. Nos la vida, nos la luz, nos el amor. Somos fragmentos cifrados de la sustancia viviente única, somos uno con la sustancia creadora de las formas vivas. Nosotros no aparecemos sino encarnados, recubiertos de la envoltura somática, en los fenotipos. Los fenotipos responden a cariotipos específicos. El cariotipo humano, sus peculiaridades, sus diferencias. Lo que tiene lugar en el cariotipo humano. El lenguaje, la reflexión, la conciencia, el ser simbólico. La cultura, el mundo simbólico. El conocimiento, el saber, la memoria, la memoria colectiva; la transmisión de la memoria, del hacer, de lo hecho. Lo por hacer, la proyección al futuro. En el cariotipo humano las diferencias pululan. Razas, culturas. Cada pueblo, en su momento étnicamente diferenciado, genera a lo largo de las generaciones un mundo lingüístico-cultural, un mundo simbólico. Memoria de lo pasado, de los pasados. Su saber, su hacer. Su vida y su obra. Sin manipulaciones de esa memoria. Vínculo sagrado con el mundo simbólico. Es un deber mantener viva la memoria de los pasados, cultivar ese espacio. La historia de cada pueblo es sagrada. La historia es la memoria de los pueblos. Su ser y su saber, su diferencia, su peculiaridad. Su aportación, también, al árbol de las culturas del mundo. Las diversas culturas son, pues, sagradas. Es el ser genético, el genouma, los diversos genoumas, los que se comunican entre sí en todo momento y lugar, en toda lengua y cultura. Son sujetos, también, de la actividad simbólica. Es el que subyace, el sujeto único. Éste es el punto que podría unirnos, más allá de las diferencias etno-lingüísticas, nuestro ser genético común, único. Como fragmentos que somos del ser único. El que subyace a lenguas y culturas, el que trasciende a lenguas y culturas, nuestro ser genético. Proyectar hacia ese futuro; la civilización por venir. Biocéntrica, genocéntrica. Fuera, lejos del período neolítico, antropocéntrico, fenocéntrico. Esta conciencia, este saber. El saber se sí, el saber del genouma. Más allá del hombre, del cariotipo humano. Es esta conciencia la que ha de enfrentarse con prácticas como el aborto. La conciencia biológica, la conciencia genética. Conciencia de la vida que somos. No ésta, o aquélla; no en nombre del hombre, de algún dios o de algún principio simbólico, sino desde la misma vida. El espacio desde el cual oponerse a prácticas como el aborto. Este saber nuevo, este soma simbólico nuevo, tiene carácter universal. Es una información que compete a todos los seres humanos. La genómica, la ecología, las ciencias de la vida. La información vital, el saber que es vida. La materia sagrada. Si la vida, siempre inteligente, estuviera ausente del cosmos, éste no tendría sentido. Nos, los genes, los genoumas diferenciados. Este saber ha de pasar de generación en generación y, en su momento, de especie en especie, o de cariotipo específico a cariotipo específico. No sabemos lo que nos deparará el futuro. Quizás seamos testigos de la aparición de otro u otros cariotipos parlantes similares a nosotros. Las diferentes líneas evolutivas. El cariotipo humano (su peculiaridad) ha permitido al genouma salir a la luz. Revelarse, descubrirse. La lengua, la palabra, la reflexión. Los mundos lingüístico-culturales compartidos, colectivos, simbólicos. La transmisión del saber, de los saberes. Las ‘virtudes’ del cariotipo humano. Seres genéticos encarnados en fenotipos humanos. La envoltura somática y la envoltura simbólica. Lo que nos puede detener, o confundir. El creador extrañado en sus criaturas, o ignorado por sus criaturas. El genouma, señor, creador de las criaturas, creador de las envolturas somáticas y de las simbólicas; de las superestructuras proteínicas y de las culturales. El creador se ignora, el creador es ignorado. El creador aquí, es la sustancia viviente única, la sustancia genética. Se ignora, no tiene conciencia de sí. Es una ignorancia involuntaria, y temporal. Nuestro cariotipo apenas empieza, estamos al comienzo. La distinción entre el plasma germinal y el plasma simbólico tiene poco más de cien años. Sabemos de nuestro origen, de nuestra naturaleza y de nuestro ser. Ya no cabe extrañamiento o ignorancia de sí. El ser simbólico se emancipa del creador, se considera autosuficiente, independiente, otra cosa que la naturaleza; se extraña de la naturaleza, niega su ser natural, se niega sin saberlo. El antropocentrismo (fenocentrismo) en nuestras culturas, en nuestras ideologías, en nuestras antropologías (religiosas, filosóficas, o políticas). El hombre, el fenotipo como medida, como centro. Naturaleza inmaterial, sobrenatural, del alma, de la conciencia, del espíritu, de la esencia de los seres humanos. El ser simbólico, consciente, social, histórico y demás, se convierte en lo esencial, en el centro de la creación. Una fuerza trascendente lo ha convertido (al hombre, al fenotipo humano) en el rey de la creación, ha puesto la creación a su servicio, a su disposición. Visión errada donde las haya, pero circunstancial, histórica; ha tenido su tiempo, unos pocos miles de años, el neolítico. Nuestros tiempos son tiempos de transición. Lo viejo se agarra como puede a esta rueda que gira inexorable. El viejo antropocentrismo quedará atrás. Estas transiciones son irreversibles. Los movimientos de la gran rueda, la que afecta a todos los seres humanos. Nuestras culturas y civilizaciones paleolíticas y neolíticas quedarán atrás. Ese hombre se ha esfumado, no podemos encontrarnos en él. Nuestro ser está fuera de ese laberinto; nuestro ser biosimbólico, nuestro ser renovado. Todo por hacer, una civilización nueva. El centro no es, pues, el cariotipo humano (por encima de otros cariotipos), sino la sustancia genética, la que comparten todos los seres vivos, la única sustancia viviente. Aprender de las formas vivas, aprender del ingeniero, del demiurgo, del creador. Los diversos diseños fenotípicos, las diversas soluciones. No hay otro inconsciente que el genético. El inconsciente freudiano (y el de Jung) no es otra cosa que áreas soterradas de la conciencia-memoria, del sujeto cultural. Hay un inconsciente colectivo, ciertamente, es el ser genético, común a todas las criaturas que pueblan el planeta. También la conciencia-memoria de los seres sociales es colectiva, responde a patrones culturales, a mundos simbólicos determinados. El ser genético es el único de hace ‘yo’ y dice ‘yo’, pese a los ‘yoes’ culturales; pese a las personas y roles sociales. No hay otra inteligencia (ni otra voluntad, si la hubiere) que la genética; no hay otra vida, no hay otros seres vivientes. No debe sorprendernos las similitudes de todo tipo que hay entre el resto de los seres vivos y nosotros, los humanos. El primer motor es la cifra genética, el ser genético que compartimos todos los seres vivos. El ser genético es el único que actúa, lo único vivo en el hombre, o en la hormiga; el sujeto único. Los modos y maneras de la sustancia genética. Patrones de conducta necesariamente universales. Pese a lo que pudiera parecer, nuestros biólogos y etólogos, aún no son genocentristas. El sujeto sigue siendo el fenotipo. El fenotipo es un vehículo, un transporte, una envoltura somática protectora. No hay otro piloto que el ser genético, es el único que se mueve o cambia de coloración en sus fenotipos. No que hace hablar a su criatura, sino que él mismo es el que habla. Conducta individual, conducta social de los seres vivos. Patrones universales de conducta. Similitudes y diferencias. Los modos y maneras, las estrategias de supervivencia y de dominio, la heurística de la misma vida. Su poder, su potencia intelectiva, noética, plástica. El ingeniero, el creador de todas las formas vivas, de todos los diseños somáticos. Es la misma vida la que se asoma en el hombre, en virtud de su cariotipo específico –creado por la sustancia genética. La vida se hace posible el asomarse y ver. El microscopio y el telescopio son extensiones de nuestro fenotipo, instrumentos añadidos a nuestra naturaleza original. Para asomarse y ver, para contemplar, para saber, para sabernos. El espíritu de maravilla, de admiración. Es el genouma el asombrado y el estupefacto. Más allá de lenguas y culturas, el silencio cósmico. El hogar cósmico. No la criatura ama, sino el creador, la sustancia viviente única. No hay otro sujeto. Cambia el amor; en el amor se ama la plenitud y la vida. Es la experiencia sublime. La sublimación del deseo. Los seres sexuados, el logos natural. El mandato primordial, ‘prodiga la vida que eres, llévala más allá’. Más allá de ti, varón; más allá de ti, mujer. La cópula, que puede dar lugar a la cariogamia, a la unión de las células sexuales. Desde el momento mismo de la concepción, hay vida. El sexo femenino es el encargado de gestar y dar a luz a la nueva vida. El saber de la vida tiene consecuencias. Ese saber es también conciencia, conlleva una nueva mirada, una nueva actitud hacia la naturaleza y la vida. Porque ahora somos conscientes de nuestro ser. La conciencia biológica –genocéntrica-, supone deberes y obligaciones para con la vida. El aborto voluntario, la libertad para interrumpir el embarazo en las primeras semanas… ¿por qué? En nosotros, el cariotipo humano, se da la conciencia biológica, la conciencia de la vida. La vida a sí misma se sabe, sabe de sí. Esa conciencia, ese saber. En nosotros, las formas vivas, la vida muge, brama, gruñe, habla. La sustancia genética. En el cariotipo humano, reflexiona y habla en virtud de la materia lingüístico-cultural compartida, colectiva, común; en virtud del soma simbólico. De modo nuevo nos vemos y conceptuamos. Nos concebimos, nos pensamos. ¿Quién? No el hombre, no el fenotipo, no la criatura, sino los genes, los genotipos, los ingenieros. El ser viviente único, la vida que somos. El ser que se piensa. El aborto (y otras actitudes y prácticas) contradice esta conciencia emergente. La conciencia biológica, ecológica, genómica. El amor entre los seres biosimbólicos. El deseo sublimado entre las unidades de reproducción, entre los seres genéticos sexuados. El mutuo deseo, el mutuo amor. La experiencia sublime. Toda la gracia, toda la belleza, toda la plenitud de la vida se nos da en la experiencia amorosa, en la embriaguez amorosa. La locura a dos. La vida escindida y reencontrada. La alegría, la dicha, el alboroto amoroso. La cópula es la ocasión creada para el paso de las células sexuales de un cuerpo a otro. La eyección, la emigración de las células haploides en busca de su otra mitad (hablo como varón). La unión, la cariogamia, las bodas. La concepción de un nuevo ser, de un nuevo genouma. Me gustaría dirigirme a la mujer, a la compañera. En primer lugar a aquellas a las cuales no repugna ni la idea ni la práctica del aborto. En nombre de nada, en nombre de la vanidad. También a aquéllas que se oponen en nombre de algún dios o de algún principio extrínseco a la vida. En ambas actitudes la vida, la naturaleza, no está reconocida; pertenecen ambas al mismo período. Las que se oponen por razones externas a la vida están en manos de ideologías sacerdotales, profundamente antropocéntricas y antropomórficas. La emancipación que de esta mirada se produce tras la Revolución francesa y en los dos últimos siglos, sigue arrastrando el antropocentrismo del período, no lo ha superado; la antropología, el lugar del hombre en la naturaleza, sigue siendo neolítica. Desconsideración, en general, de la naturaleza y de la vida. Extrañamiento de la naturaleza. Todo gira alrededor del hombre; su creación, su existencia, su libertad. El hombre simbólico, el hombre social. La ilusión antropocéntrica. Pretender encontrar un origen natural en derechos y libertades claramente simbólicos, esto es, relativos, históricos, locales. Hay una repugnancia natural ante la mera idea del aborto voluntario y libre. Los hombres y mujeres que lo rechazan porque sí, como algo monstruoso, no lo hacen movidos por ideologías antropocéntricas (religiosas o políticas). Se oponen sin saber exactamente por qué, de manera vaga; no pueden legitimar su oposición en un entorno que ha legitimado el aborto. Es la misma vida, sin duda, la que ocasiona tal rechazo. El ser genético, el genouma, es el que rechaza tal idea, tal práctica. La conciencia biológica, genética, es el espacio que posibilita la oposición a tales prácticas. Las razones y argumentos han de ser de orden biológico, genético. El aborto repugna a la vida, va contra la vida. Eso es todo. Es la vanidad, es el egoísmo, es el hedonismo lo que está detrás de la legitimación del aborto voluntario, de esa libertad. La vanidad de los seres simbólicos, de los fenotipos, de los ‘hombres’. Su soberbia, su arrogancia, y su vanidad; su ignorancia esencial. La razón que nos traemos; el mandato, el encargo, la razón. Oídos para tal razón. Son los genoumas, los seres biosimbólicos, los remitentes y los destinatarios de tal razón. Esta razón, de nosotros viene y a nosotros se dirige; es de nos a nos. Yo soy la vida, nosotros somos la vida. No puedo dirigirme sino a la misma vida. Nos, la sustancia viviente única. El nivel al que responde el cariotipo humano es el requerido para que los genes salgan a la luz y se comuniquen entre sí a la vista de las estrellas. Ha hecho posible la contemplación de este cosmos, de este hogar. Más allá del planeta y del sistema solar, el hogar cósmico. Ser consciente, tener conciencia, saber lo que se hace. No podemos alegar ignorancia en los momentos presentes, los tiempos de la genómica y la ecología. El hogar inmediato, el planeta. De las generaciones que corren no podemos decir que sean ignorantes o inconscientes, sino que carecen de conciencia. En nosotros, los cariotipos humanos, la vida se hace consciente a sí misma. No tal o cual criatura, sino la misma vida, la vida que somos. El proceder, las actividades, la conducta de los seres humanos tendría que ser coherente con este saber. Nuestra conciencia ha de tener en cuenta este saber, contar con este saber a cada paso que damos. Desde ya los seres humanos somos conscientes que ciertas prácticas y actividades van contra la vida. Sabemos, somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos. No nos frena, sin embargo, este saber; ahora actuamos intencionadamente, deliberadamente, voluntariamente. Somos conscientes de nuestra transgresión, sabemos que hacemos mal, que perjudicamos a la vida, que las generaciones por venir padecerán nuestra falta de conciencia, nuestra irresponsabilidad para con los futuros, para con el futuro de la vida. Seguimos comportándonos como seres inconscientes, como torpes, ciegas criaturas. Apegados a concepciones del hombre y de la vida arcaicas y dañinas, a formas de vida impropias del nivel alcanzado. Usando estas concepciones para legitimar nuestra actitud ofensiva hacia el resto de la naturaleza. La soberbia, la arrogancia ¿de quién? La biología no es una asignatura, sino un saber. Las ciencias de la vida. El saber que sobre la vida tenemos, es conocimiento y saber que tenemos sobre nosotros. Es autoconocimiento, autognosis. Este conocimiento recién adquirido requiere conciencia nueva; la exige, diría yo. Proceder nuevo hacia la naturaleza y la vida. Las construcciones, las superestructuras simbólicas del pasado nos detienen, nos imposibilitan, nos ciegan, nos alienan, nos extrañan. El ser genético, el ser negado, escamoteado, ignorado. Nuestra naturaleza consustancial a la sustancia viviente única. Conocimiento nuevo, conciencia nueva; nueva sensibilidad, nuevo arte y pensamiento, nuestras superestructuras simbólicas. Autognosis, revelación. Nuestros antropólogos y sociólogos ya no tratan con seres ignorantes o inconscientes de su ser, con paleolíticos o neolíticos. Este conocimiento nos ha transformado. Nuestro ser es otro. En las circunstancias actuales, la continuidad de ciertas prácticas y formas de vida las concierte en malvadas. Ahora hay maldad. Ahora hay conciencia e intención, ahora sabemos lo que somos y lo que hacemos, tenemos clara conciencia de las consecuencias de nuestros actos. Tenemos, ya, lo queramos o no, conciencia biológica y ecológica. Ahora sabemos cuándo vamos contra la vida, cuándo transgredimos. Sabemos ya de nuestra maldad. Los límites, el ‘non plus ultra’. Revisar, repensar nuestras prácticas y formas de vida. Sociedades biocéntricas, genocéntricas. La atmósfera esencial, la natural y la simbólica. El entorno, el ambiente que envuelve a las criaturas. Puros, renovados. Nueva tierra y nuevos cielos. Memoria de lo que somos en la naturaleza y en la cultura. De lo que fuimos también. Los seres biosimbólicos. La revelación, nuestra verdad. Se nos ha revelado lo que estaba oculto, lo que se nos ocultaba ha venido a la luz. La experiencia de la luz, del día y de la noche. El fondo cósmico, esta inmensidad en la que vivimos. Esta experiencia consciente y simbólica. A la luz de la lengua y la cultura, del soma simbólico. Visión química, bioquímica, de la lengua, de las palabras. Carácter necesariamente simbólico de estos signos. Su uso. La interpretación lingüística del suceder. Las interpretaciones, los mundos simbólicos. Es el genouma el que habla, el que interpreta, el que construye. Se supera ampliamente, se supera sí mismo en sus fenotipos, y más allá de sus fenotipos. Nuestras invenciones, nuestros instrumentos, van más allá del hombre, de su configuración, de su diseño; de su ojo, de su oído, de su velocidad, de su memoria. Aumentan nuestra potencia, llegamos a lo más pequeño y a lo más grande. El cariotipo específico humano lo hace posible. Más allá de nuestras limitaciones. La transmisión del saber, la memoria. El habla, la escritura. Los instrumentos, los medios de comunicación, de transmisión del saber. El prurito de conocer, de saber. Sus límites, sus posibilidades. No es el hombre, o tal cultura, el confundido en lo que concierne a la naturaleza del conocimiento y del saber. Su verdad, su incertidumbre, su conexión con lo real. No es el hombre el que se interroga sino el genouma, el ser genético en último término, la sustancia viviente única. La duda, la incertidumbre, son necesarias. La cautela epistemológica. Esto es algo que tenemos sabido desde hace generaciones, y en muchas culturas. Ciertamente el cosmos no habla, hablamos nosotros, los seres biosimbólicos. Las comunidades lingüístico-culturales. Los diversos mundos, los diversos mundos simbólicos, culturales, colectivos. Con estas interpretaciones, con estos mundos, los seres genéticos se parametrizan, podríamos decir. Una serie de coordenadas que le dotan de lengua, de conciencia, de memoria (colectiva), de ‘yo’. Estas construcciones, estas superestructuras simbólicas, nos acercan o nos alejan a nuestro ser, a nuestra verdad. Nos ponen en camino, o no. Las diferentes líneas evolutivas de las culturas que hemos elaborado. Las que hayan sobrevivido. Quizás no sea un azar que el pensamiento o la reflexión de Kant se haya producido en Europa. Hay que advertir el origen y la evolución de las culturas europeas. El tipo de reflexión que nos ha conducido aquí es el pensamiento que tiene su origen en Grecia hace dos mil quinientos años. Tiene nombres y apellidos. Parménides, Heráclito, Demócrito, Protágoras… Aristóteles, Arquímedes, Eratóstenes. Hasta Darwin o Einstein. El descubrimiento, la revelación del código genético, de la sustancia viviente única. Ese conocimiento, ese saber. Adonde hemos llegado. Hemos cerrado el círculo, hemos llegado a nosotros mismos. El sujeto único. El que deja en herencia y el heredero. La herencia es lo hecho, lo creado en la naturaleza y en la cultura. El genouma habla y piensa. Se expresa, comparte signos con otros genoumas, con otros seres biosimbólicos, comparte su saber. La sustancia lingüístico-cultural, la materia simbólica. La interacción, la comunión lingüística. Visión constructiva del lenguaje, de la actividad simbólica. Los elementos simbólicos como los aminoácidos, elementos constructivos. Construimos términos y expresiones sobre la marcha. Nosotros somos la naturaleza y la vida. El hombre, el fenotipo, ha de ser superado, dejado atrás. El período antropocéntrico, fenocéntrico. ¿Cuál ha de ser nuestro comportamiento, nuestra conducta, nuestra ética, a partir de la revelación genocéntrica? Bioética. No ha de ser el hombre (sus derechos) el centro de la bioética, sino la misma vida. La ecología ha de formar parte de la bioética, no sólo lo concerniente al hombre o al genoma humano. La bioética sigue siendo antropocéntrica, neolítica. El humanismo ilustrado y post-ilustrado. En la declaración sobre el genoma humano, por ejemplo. Es el lenguaje que se usa el que revela a las claras los supuestos antropocéntricos (y fenocéntricos) en los que seguimos moviéndonos. Se habla del medio ambiente humano o de la supervivencia del hombre. Sin embargo, es el medio ambiente de la vida, y se trata de la supervivencia de la vida. Todo por y para el hombre. Es ‘nuestra’ supervivencia y ‘nuestro’ entorno natural lo único que se advierte en los textos que hacen alusión a los problemas medioambientales –tanto en ensayos como en normativas. Seguimos hablando como hombres, como criaturas simbólicas del pasado. Nuestro antropocentrismo neolítico. Es la era genética lo que vivimos, sin embargo. El verdadero sujeto, no aparece. El único demiurgo, el único artífice, el único sujeto. Los complejos ecosistemas creados por la sustancia viviente única. Los genes crearon estos nichos ecológicos modificando el agua, el aire, el suelo, la luz. Se trata de la vida, pues. Conciencia biológica, genética, ecológica. En nombre de la vida, en defensa de la vida. Desde la misma vida. Es un cambio de lenguaje lo que se precisa. Las preocupaciones medioambientales, ecológicas, sólo pendientes del futuro del hombre. Adviértase en los textos pertinentes el lenguaje que se usa. El lenguaje antropocéntrico; es por el hombre y por su futuro por lo que hay que velar. Este egocentrismo que atraviesa todo el neolítico y que se mantiene vivo en nuestra actitud hacia el resto de la naturaleza, aún. La explotación, la contaminación, la apropiación –ese derecho de propiedad que se concede (sobre la tierra, sobre los seres vivos, sobre los recursos). El exceso, la hibris, la arrogancia, la desconsideración. Cuando queremos poner freno a los efectos devastadores de la industrialización, por ejemplo, lo hacemos preocupados por el futuro del hombre. Insisto, adviértase en el lenguaje que se usa, sobre quién sigue girando la cosa. El lenguaje, nuestro lenguaje, sigue girando alrededor del hombre, de una criatura entre otras; de un fenotipo particular. Los genes, la sustancia viviente única, son el único centro de la vida en este planeta. Nos los genes, nos la vida. Hay que velar por la vida aquí y allí. No el futuro del hombre peligra sino el futuro de la vida. Antes de eliminar al hombre de la faz de la tierra por su actitud devastadora (como quiere el ‘movimiento para la extinción de la especie humana’), habría, sencillamente, que cambiar de lenguaje. Que el hombre advierta su condición excéntrica, superficial, fenotípica. El cariotipo humano específico. Este hombre, esta criatura que se apropia del resto del planeta así como del resto de las formas vivas, tiene su origen en los comienzos del neolítico. Las prácticas neolíticas establecieron un lugar para el hombre en la naturaleza. Seguimos comportándonos según ese hombre. En nuestras prácticas y en nuestros lenguajes. Lenguaje fenocéntrico, periférico, erróneo, peligroso. Es pronto, quizás. Desde Darwin, Haeckel y otros (la distinción entre la línea germinal y la línea somática), hasta la revelación del código genético. Desde la vida, desde el centro, desde la base, desde el sistema vital, desde el sujeto, desde la sustancia viviente única. Éste es el sitio, el lugar; el árbol más puro, el árbol de la vida. Mirada biológica, ecológica. Conciencia, conducta, mundo. Nueva mirada, nuevo lenguaje, nueva conducta; seres biosimbólicos nuevos. Más allá. El lenguaje como condición, y como obstáculo. Las construcciones simbólicas, los seres simbólicos. Las construcciones simbólicas perniciosas, nocivas. El hombre del neolítico es una etapa en nuestra evolución cultural, en nuestra deriva simbólica. Ese hombre no nos vale ya. Otro es el lugar, el mundo, el sujeto. Es importante advertir en nuestros discursos el antropocentrismo; los residuos lingüísticos, conceptuales, ideológicos, simbólicos. Mundos que se eternizan, que se prolongan en el tiempo; mundos contrarios a nuestra verdad, y a nuestra vida. Nosotros somos los genes, la sustancia viviente única. No el hombre habla ya, sino la sustancia genética, el genouma. Ya no cabe ignorancia, ya no cabe ilusión. Este saber y esta conciencia nos convierten, desde ya, en responsables; nos hace responsables de lo que sucede en el planeta –en la medida en que seamos nosotros los actores. No la humanidad, no el cariotipo específico humano, sino los diversos genoumas, la misma vida. La vida consciente de su deber. Conciencia de los límites. Ponemos en peligro todo lo logrado; la naturaleza, la vida. El agua, el aire, la luz, el suelo. La biosfera, el planeta viviente. La construcción del ambiente apropiado. Nuestra atmósfera purificadora y benigna, sus diversas capas protectoras; la luz filtrada, tamizada, seleccionada, se diría. Los ciclos del agua. Los suelos ricos en nutrientes. Las condiciones físico-químicas de existencia, su evolución desde los protobiontes a nuestros días. La creación del ‘clímax’ idóneo para la vida. Una especie poderosa –su genoma-, un cariotipo específico pone en peligro el ‘clímax’ conseguido. Somos nosotros, los humanos. Nuestra ignorancia, nuestra inconsciencia, nuestra ceguera. ¿Qué nos ciega? Son palabras. A los seres simbólicos lo ciegan y confunden palabras. Palabras ya vacías. Discursos, interpretaciones, ideologías. Peor que inútiles, perniciosos. En tanto sigamos prendidos en lenguajes y discursos del pasado -incluyo en este período el humanismo ilustrado y post-ilustrado que es la última manifestación ideológica del período neolítico, el que circula en nuestras ‘declaraciones universales’, incluidas las últimas concernientes al genoma humano. Términos, conceptos vacíos desde ya. (El genoma ‘humano’ como patrimonio de la ‘humanidad’). Hay numerosos textos donde advertir este antropocentrismo renuente. Los diversos ensayos y manuales de ecología, las normativas vigentes sobre patentes genéticas o sobre el genoma humano, en los textos de bioética, o en los de derecho medioambiental. Deberes ecológicos y medioambientales. Deberes biológicos, genéticos. Nos la vida, en todo momento y en todo lugar. El descentramiento del hombre en la naturaleza. El paso del antropocentrismo (fenocentrismo) al genocentrismo. No ha lugar ya para el hombre. El hombre (los hombres) del neolítico. El hombre judeocristiano, el musulmán, el budista o el hinduista, el racionalista o ilustrado, el demócrata, el socialista o el comunista, el de los derechos humanos universales. Por no hablar de cientos otros. Cada pueblo, cada mundo, cada cultura. Un mundo para el hombre, a la medida de este hombre; el absurdo principio antrópico en los momentos presentes. Hay, si acaso, un principio noético o de inteligibilidad, que no tiene que ver con el hombre, con el fenotipo, con la criatura, sino con el genotipo, con la sustancia viviente única, con el creador. Éste es el que mide y calcula; el que piensa, el que siente, el que ama. Los diversos genoumas. Hay que sentirse, pensarse y quererse ya de otro modo. Los genoumas diferenciados, sexuados. Verse, mirarse, experimentarse de otro modo. El sujeto único, los sujetos únicos, los diversos genoumas. El despotismo, la desconsideración, el extrañamiento de la naturaleza a lo largo de todo el neolítico. La desmesura, la arrogancia; la ignorancia, la ilusión antropocéntrica. Aún sigue girando todo alrededor del hombre. En nuestros lenguajes, en nuestras ideologías, en nuestras expresiones todas. Deberes nuevos, deberes para con la vida, desde ya. No en nombre del hombre y de su futuro, sino en nombre de la vida, por el futuro de la vida. Las ficciones culturales del neolítico. Las vivas y las muertas. Seres nuevos desprendidos de toda envoltura simbólica del pasado. Seres biosimbólicos nuevos. Actuar de acuerdo con este pensar, este querer, y este sentir nuevos. Coherencia. Nueva sensibilidad, nueva razón, nuevo amor. Nueva conciencia. Cuando se piensa en el alma o en la supervivencia del alma, o en su reencarnación, se está pensando en el alma simbólica, en el alma consciente, en el ‘yo’ cultural. Ésta es la relativa, la histórica, la circunstancial. Despojado de envoltura simbólica; el sujeto desnudo, el sujeto genético, el sujeto único. El único que se eterna en el tiempo. Los genes virtualmente imperecederos. La sustancia viviente única. Monismo biológico; genocentrismo, biocentrismo. Subordinación a la vida que somos. Nos debemos a la vida. Damas y caballeros del aire, del agua, de la luz, del suelo, de lo verde en derredor. Al servicio de la vida. Nueva fidelidad. Nos, la vida. No el hombre se alegra sino su alma, su genouma. Es el genouma el que se admira, la vida que somos. No es la libertad o la alegría del hombre sino de su genouma. El sujeto único de voliciones, sensaciones y reflexiones. Nuestra libertad es la libertad del genouma, y asimismo nuestra alegría, nuestro amor, o nuestro odio. El genouma es el que razona. No el hombre se eleva o se eterna, sino el genouma, la sustancia genética. Como quiera que sea, el genouma se percata de la arbitrariedad y la injusticia. Las reconoce, se diría. Una prueba con niños. Tomar diez canicas y repartirlas asimétricamente entre dos pequeños en razón de 9:1, por ejemplo. Esto ha de hacerse sin motivo aparente. Observad entonces como reaccionan, tanto el que recibe una, como el que recibe las nueve. Son reacciones naturales y espontaneas ante la arbitrariedad y la injusticia. Tanto en el uno como en el otro. ¿Por qué? Se preguntan ambos. ‘Esto no puede ser; no es lógico, no es justo.’ Véanse las palabras, las reacciones. Naturales y espontaneas –los primeros movimientos. Ahí está la naturaleza. Los adultos estamos ya habituados a la arbitrariedad y a la injusticia. Lo que de manera natural contraría a todos es, empero, lo habitual, la norma, la cotidianidad –en lo grande y en lo pequeño. Todos las percibimos desde pequeños, y de manera espontanea. Por nosotros mismos y en nosotros mismos. Desde la primera vez que las vemos las reconocemos. ¿Cómo es posible esto? Son las reacciones primeras y espontáneas ante determinadas experiencias las que nos ponen sobra la pista de nuestra naturaleza, de nuestro ser. El amor y el odio son las formas humanas que adoptan las universales atracción y repulsión (me refiero tan sólo a las que se dan en las formas vivas). La atracción y la repulsión; la rivalidad inter e intra específicas por el alimento, por ejemplo, o la atracción erótica –ligada a la reproducción. Este sentido innato de lo justo y de lo injusto, de lo que corresponde y de lo que no corresponde. El dolor, la rabia. El agradecimiento, la gratitud. Advertir estos primeros movimientos en nuestros pequeños. Su espontaneidad. Como si ya estuvieran allí. Lo natural, la naturaleza ética de la misma vida, en nosotros los cariotipos humanos. Hay la esencia genética, ligada a la sustancia viviente única, nos liga a todas las formas vivas. Hay la esencia específica –la especie-, nos liga a todos los que responden al cariotipo humano. Hay, por último, la esencia particular, la individual. La esencia genética es la única necesaria, virtualmente imperecedera. La esencia específica (cariotipo) y la individual (fenotipo) son contingentes. La esencia individual, la propia, la cifra genética, nuestro genouma (genotipo) particular. La bioética debe alcanzar estos tres extremos, lo propio, lo colectivo (lo humano), y el resto de las formas vivas –la totalidad de la vida en el planeta. Deberes para con la vida, deberes para con el hombre, deberes para con nosotros mismos. La vida es la sustancia viviente única, el sujeto único. La advertimos en los innumerables y admirables cariotipos, en sus individuos. El/la/lo que subyace en toda forma viva. Es lo primero, es nuestro primer principio, es nuestra esencia última, la imperecedera, si no en mí, en otros, en cualquier forma viva, en toda la vida en derredor. Todo el verdor, todo el murmullo y centelleo de este planeta lo eleva el genouma, la sustancia genética. ¿Qué deberes tengo, pues, para con la vida, para con los hombres, para conmigo mismo? ¿Cuáles, crees tú, que deben ser estos deberes? ¿Crees necesario el especificarlos? ¿No caen por su propio peso estos deberes? ¿No es lo lógico y razonable preservar y prodigar la vida que eres? Lo individual, lo específico, lo universal. Más allá, el aire, el agua, la luz, el suelo. Más allá, el cosmos bienaventurado, el hogar de la vida. El hogar inmediato, sede eventual de la vida. Este planeta al que denominamos tierra. En la zona de habitabilidad de un sistema solar. Debes preservar y prodigar la vida que eres. Debes alimentarte y reproducirte. Debes cuidar las condiciones físico-químicas que favorecen la vida. El aire, el agua, la luz, el suelo. El ‘clímax’ favorable a la vida. Cuidarlo, preservarlo, mimarlo. El espacio vital, la biosfera. No degradar, no contaminar, no destruir. ¿Crees necesario especificar esto? Estos deberes tienen características de innatos en nosotros, los que respondemos al cariotipo humano. Desde ya somos conscientes, desde ya sabemos. Ahora conocemos el logos, el mandato, la orden, la ley; el encargo, la razón dada. Nuestra libertad es la libertad del genouma, es la libertad de la vida. Esta conciencia y este saber requieren una aplicación voluntaria, querida, asumida. No merma nuestra libertad, no nos determina. Hay deberes hacia la naturaleza y la vida, y deberes hacia la lengua y la cultura –las inmediatas y las innumerables que el cariotipo humano ha llegado a crear desde su aparición sobre la tierra. Ese legado, ese patrimonio. Es un mundo de deberes, pues, el nuestro, el del cariotipo humano, el de sus unidades genotípicas contingentes, el de los seres biosimbólicos. El entorno físico-químico, el entorno viviente, el entorno humano, ‘yo’ mismo (mi individualidad). (Podemos definir el cariotipo como el conjunto de cromosomas constante en cada especie. Los genotipos individuales responden al cariotipo específico. El cariotipo es el genouma de la especie, reúne todas las características morfológicas y conductuales de la especie. Los fenotipos responden al genotipo, que es una variación del cariotipo o genouma específico. Éste es el tema, los genotipos son las variaciones. Las diferencias o variaciones las advertimos en los fenotipos pertenecientes a una determinada especie –la humana, por ejemplo. Cada uno de los individuos de una especie responde al genouma específico. Por lo general, los cariotipos –las especies- están genéticamente aislados, no pueden reproducirse entre sí.) Un gran paso para la humanidad, se dijo al poner el pie por primera vez en la Luna. No para la humanidad, sino para la vida, un gran paso para la vida. ¿Sería posible la vida en la Luna? ¿Cómo podría acondicionarse el satélite para que albergue o pueda albergar vida? E, igualmente, Marte, que está en las fronteras de la zona de habitabilidad. Esto es un reto no para la humanidad, sino para la vida. El autoconocimiento de la vida, la anamnesis. Cuando estudiamos formas de vida extremófilas. Cuando seguimos nuestra evolución en este planeta, desde Isua, hace cuatro mil millones de años. La heurística de la vida. Las estrategias de dominio, de superación de los obstáculos, la biónica. El agua, el aire, la luz, el suelo. La evolución del ambiente, del clima. La co-evolución del ambiente y las formas vivas. Conforme evoluciona el clima (debido a nuestra contribución) evolucionan las formas vivas. Es una co-evolución. Podría estudiarse la incidencia de las primeras formas vivas en la evolución el clima. La atmósfera propicia. La modificación del aire, el agua, de la luz, del suelo. Nuestra participación en estos cambios. Las condiciones de existencia actuales tienen miles de millones de años. La vida en el agua, en los humedales, en la tierra, en el aire. La proliferación, la ocupación del planeta, su habilitación hasta convertirlo en un planeta viviente. La biosfera, obra de la misma vida. La vida es la que ha creado este hogar inmediato. Todo peligra, la vida peligra, el futuro de la vida en este planeta. Tenemos que detener, que invertir este proceso degradante del medio. Estamos destruyendo el medio óptimo, el ‘clímax’. ¿Es este el principio del fin, el comienzo de la curva descendente? La indiferencia, la desconsideración, la desafección. El extrañamiento de la naturaleza en el cariotipo específico humano. ¿Cómo se ha podido producir esto? La criatura errada. Desde la aparición de la especie humana sobre la tierra. La actual, apenas doscientos mil años. La transición al neolítico hace diez mil años, la transición actual hacia una era o período netamente industrial. Los males del neolítico no perturbaron el medio debido a su pobre tecnología. La revolución industrial en los últimos doscientos años ha multiplicado los daños ambientales que se pudieron producir durante el neolítico. Sobre todo en los últimos cien años. A esta degradación del medio se le añade la superpoblación, en cien años se ha quintuplicado la población humana, pronto seremos diez mil millones. ¿Es este el principio del fin? Hambre millonaria, hambre para todos. ¿Es este el futuro? Muerte, miseria, extinción. No el futuro del hombre peligra, sino el futuro de la vida. La vida podría extinguirse, o quedar reducida, de nuevo, a sus formas mínimas. Lejos del aire, de la luz, del suelo. Estos ojos que contemplan un cielo que parece no tener fin. Cambiar la visión, la mirada, el lenguaje. Ya no humanos. Tenemos que superar la mirada humana. No el hombre mira, sino la vida. Sea la vida el sujeto de la mirada, de la acción, de la reflexión. La mirada antropocéntrica actual, neolítica, no nos vale, no nos sirve; es peligrosa, por lo demás. La criatura ha usurpado al creador. La impostura humana. El concepto mismo de soberanía en los textos más recientes de derecho ambiental. Sigue circulando el hombre. Nuestro futuro, nuestro patrimonio, nuestra soberanía sobre los recursos (incluidos el resto de las formas vivas). La ilusión antropocéntrica. Hasta inventamos dioses –seres sobrehumanos- que nos otorgan tal carácter y tal poder. Es el hombre el que sigue hablando, el hombre simbólico, el hombre meramente cultural. Ese hombre es el que debe callar, el que ya ha hablado bastante. Dar lugar a esta mutación simbólica que nos convierta en seres biosimbólicos. Metamorfosis. Desprendernos de las envolturas simbólicas antropocéntricas. Esto que digo es coherente con la revelación de la sustancia genética. Dentro de algún tiempo será superfluo, lugar común. Calle el hombre en la comunidad de formas vivas, hable la vida. Pensar desde el genouma, desde la sustancia viviente única. Nos, la vida. Hay, no obstante, que forzar la rueda, la inercia es poderosa. La inercia simbólica, cultural. En el ámbito del neolítico nos desplazamos, vamos de ideología en ideología, de antropocentrismo en antropocentrismo. No salimos. Lastre, peligro, estos antropocentrismos. No sólo dividen y enfrentan a los colectivos humanos sino que nos separan y extrañan del resto de la naturaleza, y nos enfrentan a ella. La mirada de la vida. La vida como sujeto único. El/la/lo que subyace en toda forma viva, el/la/lo que protagoniza todo movimiento, todo comportamiento, toda actitud, toda acción. Piénsalo. Nosotros no podemos ser sino los mismos genes, la sustancia viviente única. No te detenga el hombre, el fenotipo, la criatura. No te detengan las superestructuras simbólicas que los hombres han construido para sí; esos refugios celestiales construidos a su medida. Más allá del hombre en verdad. Comenzamos de nuevo. Nuevo lugar, nueva historia; nueva mirada, nuevo lenguaje; nueva conciencia, nuevo ser. De modo nuevo nos ve(re)mos y nos trata(re)mos. Las interacciones entre los diversos genoumas. La conciencia genética, ese saber. En la amistad, en el amor. Las diversas relaciones entre los seres biosimbólicos. Tras la revelación del genouma (del genoúmeno). Las generaciones actuales son verdaderamente Nexus, seres de transición. Los primitivos, los primeros -en tanto damos ese paso. No es un supuesto este ser nuestro que aquí adelantamos, es nuestra verdad. No es un supuesto, un suponer. No es una hipótesis, es una realidad, es nuestra realidad. Naturaleza y cultura, pasado y futuro, cielo y tierra. Sin solución de continuidad. Las síntesis. El ‘homo nexus’, los seres biosimbólicos. Las superestructuras simbólicas del neolítico nos estorban, nos perjudican, son nocivas para la vida. Las que legitiman nuestro proceder desconsiderado y arrogante con el resto de las formas vivas, las que nos extrañan de la naturaleza. El cosmos, el hogar silencioso. En lo esencial, el cosmos calla. Debería estar claro que no es el hombre, la criatura, el que introduce la moral en la naturaleza, sino la misma naturaleza, la misma vida. La moral es, básicamente, la conducta social; no hay pueblo, no hay grupo humano que haya carecido de ella. Ciertos requerimientos, ciertos deberes. La explicitación de estos requerimientos, el código de Hamurabi, por ejemplo. El carácter simbólico, compartido, colectivo, común. También en estos códigos podemos advertir el antropocentrismo. El concepto de propiedad sobre la tierra, los recursos, los animales, los hombres (la esclavitud). La bioética trasciende no sólo los estrechos marcos culturales que dividen a los colectivos humanos, sino a los mismos hombres, a la ‘humanidad’. Ahora es el aire, el agua, la luz, el suelo, el resto de las formas vivas, el colectivo humano ‘in extenso’. Ahora los requerimientos y exigencias conductuales afectan a toda la biosfera. Ésta es la perspectiva, el punto de vista, la mirada nueva que inauguramos. Todo nos ha conducido aquí. La ley es que tenemos que conservar y perpetuar el clímax ecológico logrado, velar por su pureza. No el futuro del hombre peligra sino el de la misma vida. Hablar de ética es hablar de deberes. Hoy prevalece el ‘derecho’: los derechos y libertades prevalecen sobre los deberes. Esto es así. Exigimos el derecho a un ambiente ecológico sano, limpio. Es decir, la humanidad –el hombre- tiene derecho a un mundo limpio, a un entorno limpio, no contaminado. Pero ¿qué lenguaje es este? Y no se trata sólo del lenguaje de los ‘juristas’, adviértase esto también en el lenguaje de los hombres de ciencia, y aún en el de los ecologistas. Lenguaje antropocéntrico, aún. Los hombres tienen derecho a un entorno limpio, a que no se contaminen ‘sus’ ríos, ‘sus’ bosques, ‘su aire, o ‘su’ agua. Todo sigue girando en torno al hombre, al hombre del paleolítico y del neolítico, hay que decir. Las ciencias de la vida inauguran un nuevo ciclo, un nuevo período. No es sólo la revolución industrial y tecnológica, o el descubrimiento del átomo y de la energía atómica, la electrónica, la informática… los mundos nuevos, ciertamente, los que también anuncian el mundo nuevo –en arte y pensamiento todo-; son las ciencias de la vida las que nos han revelado nuestra naturaleza y nuestro ser. Todo ha contribuido, todo nos ha conducido aquí. Los últimos doscientos años. No abramos distancia entre nosotros y los genes. A ti que lees me dirijo. Incluso en Dawkins se mantiene esta distancia. Nosotros y los genes. Los genes se encargan de las máquinas, ‘nosotros’ del espíritu. ‘Nosotros’, aquí, es el hombre racional y moral; el sujeto cultural, simbólico; la persona. El extrañamiento de la naturaleza en el pasado neolítico y el extrañamiento de la naturaleza en Dawkins, son de la misma naturaleza. La ignorancia del ser natural, la negación de éste, su ‘malignización’ incluso. Son pensamientos adecuados a un estrato ya superado. Es lenguaje impropio ya de un biólogo. El genouma es el conjunto coordinado de genes. Todos tienen un fin común, llevan a cabo un mismo proyecto. Desde la concepción y la posterior evolución y maduración de las criaturas, desde el zigoto. Ambientes que reciben a la nueva criatura, el ambiente físico-químico, el biológico –el vivo o viviente-, el humano. Más allá tenemos el sol, la luna, las estrellas, el hogar cósmico. La vida que somos es la luz, la inteligencia, el discernimiento, la reflexión, la contemplación… en el cosmos. Si del cosmos estuviera ausente la vida, siempre inteligente, éste carecería de sentido. Nos, la vida, proyectamos luz, iluminamos este cosmos silencioso. Es luz, es claridad, es orden y sentido. Es el (ge)noúmeno de la vida, de los fenómenos biológicos, de las criaturas todas. El único que contempla, ama, reflexiona… en todos y cada uno de nosotros –los diversos genoumas. Hay uno, uno dividido y enfrentado. Dividido en la reproducción, los dimorfos sexuales; la complementariedad sexual. Uno y el mismo en el predador y en la presa, en el vegetal y en el herbívoro. Millones de criaturas. Todo se nutre de todo. Los ciclos tróficos en la biosfera, el hiperciclo. Auto-regeneración. El ámbito físico-químico: el aire, el agua, el suelo, la luz. El ámbito biológico, el planeta viviente. El ámbito humano, la lengua y la cultura –lo simbólico. El ámbito íntimo, el sujeto a solas. Niveles de reflexión. Individuo – entorno humano – entorno viviente – entorno físico-químico – entorno cósmico. El entorno físico-químico es el planeta tierra, pero también el sol –la luz-, la luna, la atmósfera –sus diversas capas protectoras. Los cambios se han producido de dentro a fuera. La aparición y evolución de la vida supuso un cambio en los componentes de la atmósfera, la vida intervino en esa modificación. Contextualizar la ideología en el tiempo y en el espacio, esto es, relativizarla. Introducir la relatividad en los discursos, en las ideologías, en las culturas. Las ideologías son relativas a ciertas prácticas, a ciertos modos de vida. Estas prácticas y modos de vida suscitan preguntas y reflexiones que conducen a interpretaciones de lo que nos rodea, comenzando por nosotros mismos. Las interpretaciones son relativas a esas prácticas, coherentes con esas prácticas, no desdicen esas prácticas. Las ideologías responden a una determinada manera de relacionarse con el resto de la naturaleza. No cambiaremos las maneras, el proceder, si no cambiamos el lenguaje, la manera de ver la naturaleza –y viceversa. Nuestra interacción con la naturaleza, sin embargo, nos ha conducido aquí. Nuestros ingenios mecánicos nos han proporcionado conocimientos nuevos. Nuestro saber ya no es rudimentario, tosco, superficial (fenocéntrico) a la manera de los paleolíticos y neolíticos (hasta hace poco más de cien años). Nuestro conocimiento acerca de la vida se ha refinado. La agricultura y la zootecnia neolítica proceden por rasgos fenotípicos, morfológicos, por ejemplo. Nosotros hemos llegado al (ge)noúmeno, al ser del aparecer (en lo que toca a las formas vivas). Este descubrimiento, esta revelación nos concierne absolutamente. Las nieblas neolíticas nos detienen. El lento paso del fenocentrismo al genocentrismo. Del fenómeno al genoúmeno. Tiempos de transición, estos que vivimos. Lo viejo y lo nuevo compiten. Lo paleolítico es lo arcaico, lo neolítico es lo medieval, los tiempos presentes inauguran un nuevo período. Ahora comienza verdaderamente el período moderno, un tercer período. La gran rueda ha comenzado a girar. La nueva conciencia, los seres biosimbólicos emergentes, el ‘homo nexus’. El antropocentrismo neolítico se resiste al cambio. Las ideologías religiosas o políticas, las miradas antropocéntricas, vengan de donde vengan. El hombre cristiano, o el budista; el hombre ilustrado, o el demócrata, o el comunista. La(s) ilusión(es) antropocéntrica(s). La conciencia biológica, la conciencia emergente. La ecología militante es tan sólo un signo; los ‘verdes’, sin embargo, no son conscientes de la revelación genética, es como hombres que luchan. Más allá del hombre ha de ser la cosa. El hombre del neolítico (y del paleolítico) es un ser eminentemente cultural, simbólico; envuelto en querellas de personas y roles; atrapado en un antropocentrismo que le impide ver con claridad su pertenencia al orden viviente; que le extraña de la naturaleza y de la vida. El sujeto de toda actividad, en cualquier forma viva, es, en todo momento, el genouma. La materia simbólica entre los humanos (y entre otras formas vivas); no sólo hormonal –química-, como sucede entre monocelulares, entre las células de los organismos pluricelulares, o como la que se da entre hormigas, mariposas y demás. La comunicación química llega hasta los mamíferos, pero entre nosotros, los humanos, apenas está desarrollada. Nosotros usamos el sonido, y la luz (signos ópticos y auditivos). La materia simbólica sonora; el lenguaje, la información. El lenguaje une en un todo común a sus usuarios. El metabolismo de información según pautas colectivas. Asimilamos y metabolizamos materia simbólica. Los productos del metabolismo, los metabolitos, son también materia simbólica, no nos pertenecen. El intercambio de material simbólico, el soma simbólico. El lenguaje es vital para los seres humanos. El tiempo de captación y aprendizaje del lenguaje hasta su total dominio –los primeros cinco años-, son esenciales. Si nos faltara –durante ese período-, no llegaríamos a ser genoumas. El lenguaje, la cultura, las formas simbólicas. El intercambio, la producción de formas simbólicas. Los simbolemas y culturemas. La materia lingüística, la comunicación, la información. La comunión, la comunidad lingüística. La materia común que asimilamos y metabolizamos. La materia sagrada, vital. Uso sim-bólico, no dia-bólico, del lenguaje. Uso simple y directo, no doblado. El doble consejo, la doble intención; lo diabólico en nuestras palabras, en nuestros pensamientos, en nuestros actos; el ánimo doble, la doble lengua, la doblez. Una sola lengua sublime y acordada, como dice Hernández. De todo hemos de cuidar, nosotros los seres biosimbólicos, de la naturaleza y de la cultura. Es nuestro legado, es el legado de la vida. La biosfera y la (ge)nousfera, podríamos decir (la esfera simbólica). La herencia biosimbólica. El acervo génico, y el acerco lingüístico-cultural. La diversidad de formas vivas, y de culturas. Pluralidad que es potencia, y riqueza. Hay genocidios culturales, y hay genocidios biológicos –el fascismo ecológico que practican los hombres del neolítico. La extinción de culturas, la pérdida de ramas del árbol de las culturas del mundo, de la misma manera que la extinción de ramas del árbol de la vida. Culturas y civilizaciones ofensivas, agresivas, destructivas. Las ideologías universalistas, las que no respetan las diferencias, las que quieren acabar con las diferencias y la multiplicidad de los mundos simbólicos; con esa herencia –el acervo cultural. Son de la misma naturaleza que aquellas que no dudan en esquilmar el planeta en su propio beneficio. Ávidos, glotones, devoradores. Acabarán con el planeta si no los frenamos, como asimismo a los genocidas culturales, que acabarán con las pocas culturas étnicas y ancestrales que nos quedan. Cuidado con las ideologías universalistas religiosas y políticas, responsables de la desaparición de cientos de culturas. Me refiero a la tradición judeo-cristiano-musulmana, al budismo, al hinduismo, e igualmente, a las ideologías políticas que proceden del humanismo ilustrado, como la democracia universal y el internacionalismo proletario (el socialista o el comunista). ¿Es este nuestro destino, la perpetua devastación? Es la merma lo que vivimos. La pérdida constante de formas vivas, de formas culturales; una sangría. Quedarán las más ofensivas y destructivas, las más inmorales. Los destructores nos gobiernan y dirigen nuestro destino; no el destino del hombre, sino el de la vida. Los aspectos más siniestros y sombríos de la misma vida. La arrogancia, la locura de unos pocos. Los gigantes, los polifemos, los grandes; las grandes ideologías del neolítico. El lenguaje que se usa entre los que critican el maltrato de animales, los anti-taurinos, por ejemplo. Es el hombre piadoso, el hombre bueno, el puritano del neolítico el que aquí habla. Quieren extender los derechos ‘humanos’ a los animales. Hablan desde el fenocentrismo. Se habla de inhumanidad, o de bestialidad, se denomina incivilizados a los que maltratan a los animales. No se habla desde la vida, ni se atiende al conjunto de las formas vivas. Desde el punto de vista genocéntrico, no hay diferencias entre los fenotipos; los genotipos son lo que importan, pues ellos son la vida. No hay diferencia al respecto entre un vegetal y un animal, ambos son seres vivos, formas vivas. Podríamos, en un futuro, satisfacer todas nuestras necesidades energéticas mediante la química, sintetizando aminoácidos, ácidos nucléicos, proteínas y demás sustancias requeridas. Es desde la misma vida que hay que hablar; en nombre de la vida, en defensa de la vida. Es indeseable el maltratar intencionada y conscientemente a cualquier forma vida. Las razones que aducen los partidarios de las festividades taurinas, por ejemplo, pertenecen también, cómo no, al neolítico. El carácter metafórico, alegórico, del toro. El mundo agrícola y ganadero, la mitología y las alegorías alrededor del toro a lo largo del neolítico, hasta nuestros días. Taurinos y anti-taurinos quedarán atrás; sus lenguajes, digo. La bioética es algo más serio. Son los deberes concernientes a la vida; encargos, logos, razones, mandamientos para los futuros seres biosimbólicos. Para los futuros. Es la ética del futuro. La bioética incluye todo lo creado, en la naturaleza, y en la cultura. No en nombre de una sensibilidad humana, demasiado humana, sino en nombre de una conciencia, de un conocimiento, de un saber. Lo que sabemos hoy nos impide seguir comportándonos como si ignoráramos lo que hacemos. No podemos alegar ignorancia. La perspectiva biocéntrica, genocéntrica. La mirada, la conciencia, el saber. Todo ha cambiado, el lugar es otro; otro es el comportamiento requerido. La conciencia emergente, la bioética. Tan neolítico es el lenguaje del racionalismo ilustrado como el de la piedad cristiana o budista, o el del humanismo democrático. Los distintos ‘hombres’ universales. Entes de razón que, por lo demás, compiten entre sí por el dominio del medio; el medio somos nosotros, compiten por nosotros (los ‘yoes’ culturales). El sabor arcaico, pernicioso, malicioso, impuro de estos mundos, de estos discursos, de estas ideologías. Todo esto, sin embargo, pasó. Son los coletazos del neolítico lo que vivimos en estos tiempos de transición. Numerosas formas de vida quedarán atrás inexorablemente. No caerán, sin embargo, en la muerte y en el olvido. Forman parte del acervo cultural, de la riqueza de los pueblos. Forman parte de nuestro sentido, de nuestra historia. Vínculo espiritual con nuestro(s) pasado(s) cultural(es). Afecto por el pasado paleolítico y neolítico. El presente, los tiempos presentes. Tiempos de transición hacia el futuro. El futuro biocéntrico, genocéntrico. Un futuro centrado en la vida. Nos, la sustancia viviente única. Nos, el futuro. Será una alianza de civilizaciones del neolítico, de civilizaciones muertas. El universalismo islámico, cristiano, o demócrata. Se quiere apaciguar, o conciliar, a estas ideologías virulentas, a estos monstruos. Ideologías muertas, su antropocentrismo. Jamás tuvo realidad aquel hombre, los diversos hombres creados a lo largo del neolítico. Incluidos el humanismo democrático o el de los derechos humanos. Este humanismo que tiene su origen en Europa y en lo que se ha dado en llamar el Occidente, la civilización occidental –su área de dominio. El otro gran perturbador es el área de dominio islámico, el Islam. Se quiere conciliar a estos dos grandes destructores. Es en estas dos grandes ideologías que se piensa cuando se habla de alianza de civilizaciones. Las otras civilizaciones están abatidas, no tienen peso; no son ofensivas ya. Viejas querellas nos hunden y arrastran al pasado. No salimos de esa Edad media generalizada que son las culturas e ideologías del neolítico. La conciencia emergente hará desaparecer estos fantasmas de un soplo; se esfumarán, se desvanecerán. Su importancia, su vigencia, su poder. No tienen nada que decirnos ya estas ideologías. Incluidas las del neolítico tardío, la democracia universal o el internacionalismo proletario. Ahora es la vida, comenzando por los estromatolitos de Isua (en Groenlandia). La batalla de Isua, podríamos decir; primeras muestras de la vida en la tierra. Los protobiontes. Batalla ganada contra el medio físico-químico. Desde entonces, la construcción de la biosfera; el clímax ecológico. Ésta es nuestra historia, ahí comenzamos nuestra andadura sobre la tierra. Nos, la vida. El hombre es una incidencia en nuestro camino; obra nuestra, criatura nuestra, una de nuestras máquinas de supervivencia más lograda hasta el momento; no es el fin, ninguna criatura lo es. Son instrumentos nuestros. Es la tecnología de la vida. Fenotipos, cápsulas de supervivencia. Transportes, vehículos. Material fungible, perecedero. Es la sustancia genética la que se eterna, la que se abisma en el tiempo; a sí misma se sucede. Tenemos, pues, tres millones y medio de años. Nos, la vida, habla; no el hombre, no tal o cual criatura. La vida, los ácidos nucléicos, se envuelven en cápsulas protectoras; son los somas, los cuerpos, los fenotipos. Una catástrofe ecológica podrá destruir especies y numerosas formas vivas; podría reducir a la vida a sus formas mínimas, pero la vida continuará. La vida aparece siempre envuelta en somas, encarnada. La vida es virtualmente imperecedera. Perdurará en la tierra hasta el último de los días, hasta el final. La vida está tan predeterminada en el cosmos como la estructura atómica. Ha de responder a leyes químicas, vale decir, su posibilidad. Los ácidos nucléicos, las bases nitrogenadas, la replicación. Todas las peculiaridades de la vida, su comportamiento. Cómo se protege; las cuestiones del metabolismo y la reproducción. Cómo lo ha conseguido, cómo lo consigue. La heurística de la vida, la lógica de lo viviente, sus modos y maneras. No hablar ya como hombre –pues esto sería la suprema alienación, el creador alienado en una de sus criaturas. La revelación del genouma nos ha des-ilusionado del hombre. La des-ilusión antropocéntrica. La vida vive como hombre, pero también como elefante, y como vegetal. Vive la vida como árbol, como ave, como pez, como insecto, como hombre… El hombre, el cariotipo específico humano, es, tal vez, un logro del genouma, una de sus criaturas más logradas. El hombre le permite a la vida la reflexión en virtud de lenguajes simbólicos. Contempla la biosfera, lo conseguido; contempla el hogar cósmico. La materia simbólica es el modo de comunicación que usan entre sí los humanos. Emiten y reciben sustancias simbólicas. Se transmite de generación en generación. La lengua y la cultura es connatural, consustancial a la especie humana. La memoria colectiva, el saber, todas nuestras peculiaridades; las superestructuras simbólicas creadas. El comportamiento de la vida en los fenotipos humanos. Similitudes y diferencias con otras formas vivas. No el hombre se aterra, se asombra, o enmudece, sino la vida. La que interroga y se interroga en este cosmos silencioso, es la vida. La que quiere el saber, la que ama el saber. La sustancia viviente única. Nos, la vida. Tal o cual cosa no son invenciones de la mente humana, sino de la vida, de la sustancia genética, del sujeto único. Más allá de razas, pueblos, y naciones; de culturas y civilizaciones; más allá del hombre en verdad. No nos distraiga la forma humana, el fenotipo. Advierte el genotipo, el genouma instruido, el ser último. Son los diversos genoumas los que se comunican entre sí en todo momento y lugar, en toda raza y cultura. El ser último, la sustancia viviente única. Más allá de lenguas, razas, y culturas. Creador de lenguas, razas, y culturas. El futuro, pues, no del hombre, sino de la vida. Cómo ha de ser la vida, cómo ha de ser ‘nuestra’ vida. Es el futuro de las formas vivas, es el futuro de la vida en este planeta. Nuestra preocupación ha de ser la misma vida. Las argumentaciones han de cambiar, por supuesto. Las razones. El lugar desde el cual se habla; en nombre de quién, desde dónde se habla. En nombre de la vida, en defensa de la vida. La perspectiva biocéntrica, genocéntrica. El lugar nuevo. La nueva tierra y el nuevo cielo. La aurora que vivimos, el nuevo período que inauguramos. La mutación biosimbólica. El cambio de mirada, de conciencia, de ser. Esto es lo que vivimos en estos tiempos de transición. El futuro de la vida, nuestro futuro, esto es lo que nos jugamos. Son los hombres del neolítico los que quieren arruinar nuestro futuro. Justamente las civilizaciones (ideologías) que han de desaparecer. Salimos de la edad de piedra, tallada o pulida, del paleolítico y del neolítico. El antropocentrismo –el fenocentrismo- profundo del neolítico quedó atrás. Nos adentramos en un período que aún no tiene nombre. El período genocéntrico. Elaboraremos culturas nuevas, culturas centradas en la vida, biocéntricas. Todo por hacer. Esto forma parte de la epopeya de la vida. Las viejas ideologías, las viejas prácticas son un obstáculo para la vida. La batalla de Isua fue sólo el comienzo, el medio físico-químico. Ahora la noosfera (la genousfera) pone en peligro la biosfera, la cultura a la naturaleza. * Me despido, amigos y amigas; me repito, por lo demás. No sé si estas palabras lograrán hacer efecto en estas generaciones. No sé si les valdrán estos argumentos que son los argumentos de la vida. Por lo que a mí respecta, los tiempos sí están maduros para tal conciencia, para tal razón.
Manu Rodríguez Desde Europa mannus000@hotmail.com

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