54) Como si fuera el último

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JUEVES, 18 DE NOVIEMBRE DE 2010

54) Como si fuera el último

Como si fuera el último.

Manu Rodríguez. Desde Europa (12/11/10).

*

*La audacia y el valor engendran la victoria, y con la victoria vienen la alegría, el goce, la felicidad… Estos conceptos/estados de ánimo son como el síndrome (conjunto de síntomas concomitantes) de la victoria, como su cortejo. No aparecen sino en la victoria (no los encontrarás sino en la victoria).
(“La felicidad es algo que encuentras mientras vas en busca de otra cosa”. Coco Chanel).
Primero hay que ser luchador, emprendedor. Pueblos e individuos luchadores, creadores, constructores. En la tierra como en el cielo. Es un ímpetu natural. Se empuja hacia adelante, se quiere. Hay ‘voluntad de’, y se lucha por ello. Primero es la voluntad de poder. Es la misma vida.
Luego están los caminos que a la consecución y al triunfo conducen. La capacidad de cálculo y las estrategias de dominio.
Luego están la audacia y el valor que para acometer empresas se requiere; y la constancia en la lucha.
Si sobreviene el triunfo, vienen la alegría, el contento, y la dicha; si no, vienen la frustración, la tristeza, y la desgracia.
*El honor, el orgullo, o la dignidad proceden del ser natural. Ligadas a la territorialidad y a las características auto-reconocidas del propio grupo, a sus señas de identidad (étnicas y culturales, biosimbólicas) –lo que le distingue de otros. La autoconciencia del grupo; el propio ser.
El respeto que nos debemos a nosotros mismos; y el que nos debemos unos a otros, el que los diversos pueblos e individuos se deben entre sí.
Estos conceptos (honor, respeto, deber…) son como transducciones verbales (sonoras) de pulsiones y de sentimientos, en sí, inefables. Con ello se significan y simbolizan pulsiones o sensaciones comunes básicas de nuestro ser. Las palabras, los sonidos significantes y simbólicos (sociales, compartidos), se crean según necesidad.
Nuestro ser resuena, responde, reacciona, vibra, sintoniza con las palabras (los sonidos) –ante el término ‘alegría’, por ejemplo. Las palabras se ligan a los sentimientos, pulsiones, y estados de ánimo naturales. Esta asociación acontece a lo largo del proceso de asimilación del universo lingüístico-cultural en el cual nacemos; en esa cuna (crianza, solera) que es la raíz, la base del ser simbólico.
Las nuevas criaturas serán socializadas, hominizadas; iniciadas, instruidas (cada pueblo a su manera). Devendrán lakotas, san, maoríes… europeos o chinos; seres ya biosimbólicos.
El universo lingüístico-cultural de un grupo es información, es la información que éste ha elaborado (y tiene) acerca de sí y acerca del mundo silencioso en el cual ha venido a ser. Esos universos son la materia de nuestros sueños y de nuestras reflexiones. Pensar o imaginar es metabolizar información, la información que se tiene; es producir o sintetizar nuevos metabolitos simbólicos -nueva información.
La lengua y la cultura de un pueblo tienen el valor que tienen; dotan de sentido y ser a todos y a cada uno de sus miembros, así como a las sucesivas generaciones. Es el eje, el pilar, la columna que sostiene el mundo. La cultura de un pueblo es su religión.
Nuestra cultura, que es nuestro ser natural (nuestro Genio) y sus condiciones espirituales de existencia, ha de tener para nosotros carácter sagrado, santo, religioso. Cualquier atentado contra nuestra cultura es una profanación, y es una ofensa a nuestra dignidad y a nuestro orgullo. Esta cultura es obra nuestra, y de nuestros genuinos antepasados. Es nuestra imagen, nuestro aroma, nuestra voz; nuestra diferencia, nuestra especificidad. Son las señales que repetidamente emitimos; son nuestras señas de identidad. Es nuestro ser último.
Nuestra tierra y nuestra cultura son nuestros únicos bienes. Un pueblo no tiene otra cosa que la tierra que ocupa y las palabras (el saber y la obra) de los antepasados (el cielo, la conciencia y la memoria colectivas).
Esta tierra europea es tierra nuestra desde hace innumerables generaciones, desde hace milenios. Esto es así. Con todo, hay que decir que un pueblo puede perder la tierra (sin otras consecuencias), pero si lo que pierde es el cielo, aunque conserve la tierra, ese pueblo desaparece como si nunca hubiese sido.
*A nuestras generaciones nos tocan tiempos de guerra. Hablo de la ominosa presencia de la ‘umma’ y su dios en nuestra querida Europa, y de su descarada y grosera ambición de dominio. Esta muy numerosa población musulmana, asiática y africana, que se extiende por nuestros pueblos y ciudades y que crece cada día, viene con ambiciosos planes territoriales y culturales –sueñan con conquistarnos, y someternos (islamizarnos); con privarnos de nuestra tierra y de nuestra cultura.
Corre peligro la Europa europea, nuestra madre patria ancestral, nuestra tierra sagrada; corren peligro nuestra soberanía, nuestra independencia, nuestra libertad, nuestra identidad. Ésta es la inquietante experiencia colectiva que se nos impone a nosotros los europeos en los tiempos que corren. Esta amenaza, este peligro. Esta ‘realidad’. Tenemos que prepararnos para lo que viene, para lo que ya es. Nos compete a todos, nos afecta a todos; a todos nos convoca.
Es ineludible, y trágico, el destino reservado a nosotros los europeos de las actuales y futuras (muy pocas) generaciones; nos enfrentamos desde ya a la posible pérdida de nuestra tierra ancestral y a la extinción de nuestras culturas, a nuestra posible desaparición. Todos los europeos participamos, lo queramos o no, en esta contienda existencial en la que nos jugamos el ser. Esta estimulante experiencia está poniendo a prueba nuestra voluntad de poder y de futuro, nuestro ‘querer seguir siendo’.
*Es un monstruo étnico y local el que pone en peligro nuestro ser; viene de lejos y de fuera, y de allende el tiempo. Es un fantasma del pasado. Un fantasma que aún tiene que ser masivamente derrotado –en la tierra y en el cielo.
Y lo será; será ampliamente vencido. Rayos veloces y certeros caerán sobre él desde los cielos de Europa. Sucumbirá; se desvanecerá el fantasma, el simulacro. Y será una victoria colectiva, y una alegría colectiva será. Ya vienen las generaciones heroicas, los héroes de la reconquista; los vientos impetuosos, los futuros. En esta aurora. Y vienen despiertos, ‘armados’, y decididos.
Hombro con hombro, y pie junto a pie, y escudo con escudo, así avanzaremos.
Y que cada uno, en su puesto y en cada ocasión, lance su dardo como si fuera el último.
*
Hasta la próxima,
Manu

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