58) Por qué no ganamos en esta guerra

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DOMINGO, 12 DE DICIEMBRE DE 2010

58) Por qué no ganamos en esta guerra

Por qué no ganamos en esta guerra.

Manu Rodríguez. Desde Europa (08/12/10).

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*El islam (la ‘umma’) usa en cada pueblo una estrategia conceptual, un lenguaje. Por ejemplo, hablan de la insufrible situación de los hermanos musulmanes de Cachemira, rodeados de ‘idólatras’ (los ‘hinduistas’) que los mortifican. Aquí, en Europa, y en el área de influencia cristiana, busca la medievalización del discurso, la inmersión del conflicto en el lenguaje judeo-cristiano-musulmán. Se habla de cruzados y de infieles; de revelaciones y de profetas; de las tres fes; de los pueblos del ‘libro’…
Advierto que hablar de la Europa cristiana, o de las raíces cristianas de Europa, es seguirle el juego a estos musulmanes. Y obviamente a las autoridades eclesiásticas de las diversas sectas cristianas; vuelven así a tener cierto protagonismo. Aquí, moros y cristianos (sus respectivas castas sacerdotales), son aliados. Ambos buscan sobrevivir, y esta querella (este discurso) les mantiene vivos.
Para aquellos europeos a los que no les afecte el lenguaje judeo-cristiano o el religioso en general (‘ateos’ y otros), se usa el lenguaje político o el sociológico, y se censura abiertamente el Estado ‘democrático’, o la sociedad ‘laica’, o ‘secular’.
Hay que decir que no se trata de sociedades simplemente ‘seculares’ o ‘laicas’, o ‘democráticas’. Estos conceptos no sólo no definen sino que enmascaran la realidad socio-cultural de nuestros Estados o naciones, de nuestros pueblos; las diferencias esenciales entre el ‘secularismo’ de Europa, y el de México, o el de Japón. Por lo demás, está claro que, en boca de un musulmán, el mundo ‘secular’, ‘laico’, o ‘democrático’ es el mundo no-musulmán, el mundo ‘infiel’; la casa de la guerra, el territorio a conquistar e islamizar. Estos términos se suman a los ya existentes de ‘paganos’, ‘infieles’, ‘idólatras’ y demás.
No importan, pues, las diferentes características de nuestras culturas, si ‘hinduistas’, si ‘tradicionalistas’ (China), o si ‘complejas’, como la europea y su área de influencia (con componentes autóctonos y componentes alóctonos, como el judeo-cristiano). El mundo libre es el mundo no-musulmán. Y basta. Y la ‘umma’, en cada lugar, buscará su concepto y lo opondrá al islam. Dirán, por ejemplo: “La sociedad ‘secular’ es incompatible con el islam”, o “el politeísmo y la idolatría son incompatibles con el islam” (India), o “el culto a los antepasados es incompatible con el islam”, o “la ‘democracia’ y la ‘libertad’ son incompatibles con el islam”. En cada pueblo o cultura usarán una estrategia conceptual diferenciada.
Adviertan estas palabras recientes de un líder musulmán, “el islam no puede ‘sobrevivir’ en una sociedad secular” (el entrecomillado es mío). Esta expresión hay que aplicarla a cualquier otra sociedad, basta sustituir el término ‘secular’. Es inquietante el uso del término ‘sobrevivir’. Es más que un problema de incompatibilidad; cualquier contacto con otra cultura es considerado como un problema de supervivencia; es o una, u otra. No dan otra alternativa, es el islam, o guerra. O sumisión, o guerra.
Es una guerra antigua la que el islam sostiene contra el mundo no musulmán, contra los pueblos, Estados, o naciones no musulmanes; contra el mundo libre. Esto es lo primero que tenemos que tener en cuenta y no olvidar. El islam está en guerra contra nosotros, y nosotros estamos en guerra contra el islam. Estamos en guerra.
La estructura de poder del islam es, además, representativa de aquellos que más pierden en este nuevo período; los sacerdotes, las diversas castas sacerdotales, que pierden prestigio y poder a pasos agigantados bajo la nueva luz. Su mundo se les va; sus fundamentos, sus legitimaciones. Hemos de acabar de derribar esos pilares podridos, antes de que hagan más daño.
Nuestro conflicto es esencial, y su resultado tendrá consecuencias duraderas. Es ciertamente choque de civilizaciones, pero de civilizaciones que no están sincronizadas. Son dos tiempos históricos distintos. Lo viejo y lo nuevo. Una civilización del pasado pretende destruir o desvirtuar la nueva civilización; aniquilarla, o hacerla suya, apropiársela de alguna manera.
*Les recuerdo a todos los europeos que los ilustrados, y la Ilustración, tenían en el punto de mira no sólo a la tradición judeo-cristiana que a la sazón dominaba en Europa, también al islamismo y a toda otra fe o tradición religiosa del pasado; se las consideraba, sin distinción, como perturbadoras del progreso intelectual y espiritual de los pueblos, como frenos u obstáculos. La oposición en aquellos momentos a estas tradiciones era algo torpe y poco discriminativa. No había una descripción y una caracterización de estas tradiciones religioso/culturales; no se distinguía entre religiones o culturas universales y religiones/culturas étnicas, pongamos por caso. No disponíamos de una antropología cultural tan desarrollada como la que nos ha dejado el siglo pasado.
Parece que los europeos no nos damos cuenta de en qué mundo otro vivimos hoy. Lo que ha llovido desde aquellos ilustrados. No sólo Darwin y el neo-evolucionismo, la genómica, la ecología y demás. También el nuevo atomismo, la actual física de partículas, y la nueva cosmología relativista. Sin olvidar la antropología cultural ya citada, la sociología, y las ciencias humanas en general; la filosofía (de Kant a Wittgenstein). Por no hablar de la evolución de nuestras instituciones políticas y jurídicas.
(Hay pueblos que aún siguen viviendo en esa Edad Media generalizada que es el neolítico histórico (los últimos seis mil años); que aún viven en aquellas antropologías, en aquellas sociedades, en aquellos mundos. Aún no se han enterado que estamos en un nuevo período; aún no les ha llegado la luz de la nueva cosmología, la nueva biología, o la nueva antropología.)
Es esta Europa renovada, desde sí misma renovada, la que ha de responder. La Europa medieval no queda sino como recuerdo en la memoria de los europeos. Otra es la conciencia hoy del ciudadano europeo medio. Su memoria colectiva reciente está llena de novedades aún sin digerir, sin asimilar (la nueva cosmología, la genómica, la ecología, la conciencia antropológica nueva… la nueva política, las nuevas sociedades). Es un mundo incipiente y nuevo. Son tiempos inaugurales, de fundación. Es una nueva aurora lo que vivimos.
Es desde esta Europa nueva que hay que luchar; y en los términos de esta Europa nueva. Y hablo de términos jurídicos, políticos, filosóficos, científicos, o económicos; se sienta quien se sienta ofendido. Hablo del nivel, del status cultural alcanzado. Por nosotros mismos alcanzado.
Cualquier otro ‘escenario’ o ‘mundo’ es, para nosotros, una regresión. Y una pérdida de pie, por el uso de ‘juegos de lenguaje’ obsoletos, vetustos, rancios, idos; que harían reír, si su prédica no tuviera aún tan macabras consecuencias. El medieval, por ejemplo, el ‘escenario’ en el que aún se mueven los musulmanes; el mundo religioso, filosófico, científico, político, jurídico, geográfico, histórico… medieval.
Quieren hundirnos en ese pasado, hacernos regresar a ese ‘mundo’, muerto ya para nosotros; ésta es la estrategia medievalizante seguida por los musulmanes en el área de influencia cristiana. Pretenden que abandonemos nuestras armas conceptuales nuevas, nuestros términos nuevos; el ‘terreno’ conquistado, el futuro alcanzado. Que cedamos esta cumbre nuestra, este baluarte inexpugnable nuestro.
Lo primero es situarnos en el tiempo y en el espacio. El espacio es la Europa europea, la Europa milenaria, esta tierra ancestral nuestra, y el tiempo es la Europa post-ilustrada, y post-darwiniana, y post-einsteniana… Lo segundo son los actores, los europeos autóctonos de las presentes y futuras (muy pocas) generaciones de un lado, y los millones de musulmanes asiáticos y africanos que se han asentado en nuestras tierras en los últimos veinticinco o treinta años, del otro –y casi sin saber cómo. Lo tercero es el peligro de que aquel espacio y aquel tiempo europeos desaparezcan, o que se nos vayan de las manos a nosotros los europeos. Si todo continúa como hasta ahora, en unas pocas decenas de años los autóctonos quedarán en minoría, y su civilización recién nacida desaparecerá, o se verá señoreada por otros. Sí, gente venida del pasado y de fuera podrían devenir dueños y señores en este nuevo período; aquí, en nuestra casa; como señores gozarían de lo que ni sembraron, ni recogieron, ni trabajaron. Esto, en el mejor de los casos. (Algo semejante padecieron los sumerios cuando su cultura (la primera civilización, la primera escritura…) se vio semi-destruida, desvirtuada, y dominada por invasores acadios (semitas) en los albores del neolítico histórico.)
Peligra no sólo nuestro presente, el status cultural (político, económico, científico, artístico…) alcanzado, esto es, la Europa que ha llegado a ser. Peligra, antes que nada, nuestra identidad, la identidad milenaria de Europa y de los europeos; nuestra misma existencia. Peligran nuestro pasado, nuestro presente, y nuestro futuro.
Perdemos en esta guerra porque no nos hemos enterado todavía qué es lo que nos jugamos en ella; y porque no estamos colocados en nuestro sitio, porque no la estamos haciendo desde donde debemos hacerla, desde nuestra tierra y nuestra cultura, desde Europa, sin más (no desde la Europa cristiana, o desde la Europa de los derechos humanos, o de las libertades).
*Unas palabras sobre los europeos que participan en esta guerra; la tropa ‘anónima’. No son muchos los que dan claramente la cara; los más se escudan, se ocultan. Falsos rostros, falsos nombres; falsas identidades. ¿Quién es quién aquí? Es la cobardía, supongo; prestos a escabullirse al menor peligro. O la deliberada falsedad. Nausea me producen estos contemporáneos, estos paisanos; estos conmilitones.
Si la muchedumbre de anti-islamistas europeos aparecieran en internet con sus rostros y con sus pelos y señales ¿contra quién dispararían los musulmanes, o contra quién lanzarían las sentencias condenatorias sus autoridades ‘religiosas’? No tendrían tiempo siquiera para señalar y disparar; la ‘umma’ no tendría ni tiempo, ni bocas, ni manos. Pero lo tienen fácil cuando los blancos son pocos. A estos pocos desembozados se les amenaza directamente, o se les elimina. Se siembra el terror, lo cual forma parte de la estrategia.
Entre atentados y asesinatos directos los intrusos, los invasores, han logrado sus propósitos; han conseguido amedrantar a la población. El temor y la censura (la auto-censura) se han instalado entre nosotros. Éstas son las victorias del islam, de la ‘umma’, en nuestras tierras; mediante la violencia, la intimidación, y el engaño prosperan y crecen en las tierras de nuestra amada Europa (y del entero mundo libre), a la espera del asalto final.
Se necesitan, pues, valor, y claridad. Una oposición clara y sin tapujos. Masiva. Un rechazo y un desprecio abiertos y masivos. En toda Europa. Sin temor ni pudor. Rechazamos, simplemente, aquello que amenaza nuestro ser.
*
Hasta la próxima,
Manu

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