73) De profundis

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SÁBADO, 29 DE OCTUBRE DE 2011

73) De profundis

De profundis.Manu Rodríguez. Desde Europa (04/10/11).

*

*Querida Alba, hace tiempo que no te escribo. En realidad no tengo nada que decirte, nada nuevo quiero decir. La desnaturalización de Europa sigue a pasos agigantados. Pronto no seremos. La Europa nuestra habrá desaparecido. Estoy desolado.
Bruselas, la sede central del gobierno europeo y capital administrativa de Europa, en unos pocos años será casi en su totalidad una ciudad poblada por musulmanes extranjeros. No sé qué sentido tendrá allí entonces tal gobierno y tal capitalidad.
En Francia, en Alemania, en las Islas Británicas… en todos lados. Áreas de nuestras ciudades habitadas por pueblos extranjeros donde se aplican leyes extranjeras (musulmanas). Los europeos no pueden ni siquiera transitar por esas zonas. Cedemos y cedemos una y otra vez, y perdemos tierra europea en cada cesión. Es demencial lo que está sucediendo. La libanización de Europa, la destrucción de Europa. Las cesiones son derrotas, entiéndase esto, y pérdidas de territorio.
No hay apego ni amor a Europa en nuestros actuales gobernantes, ni en la mayor parte de nuestra población. Ni orgullo, ni dignidad. Ni conciencia clara de lo que pasa.
El éxito (relativo) del Partido Pirata en las últimas elecciones regionales de Berlín denota bien a las claras el alto grado de necedad y ruina espiritual que estamos alcanzando en nuestra Europa. Determinados sectores de nuestra juventud están más preocupados por descargarse libre y gratuitamente cosas de internet que por el presente y el futuro de su país.
Hace unos días (poco antes de estas elecciones), en el mismo Berlín, tres emigrantes musulmanes de origen turco ocasionaron un accidente mortal a la salida del metro persiguiendo a un joven al que previamente habían intimidado; el joven, huyendo de sus perseguidores, se atrevió a cruzar una gran avenida en el momento en el que ésta estaba abierta al tráfico, y un vehículo le atropelló mortalmente. Es otra muerte en vano, como el de otras tantas violaciones, robos, asesinatos, o ultrajes a nuestras personas cometidos por estos extranjeros.
No les hacen reflexionar estos graves sucesos cotidianos a estos miembros de nuestra sociedad, no tienen peso alguno en sus sueños y cavilaciones, no parecen ser sensibles a estos horribles hechos sociales. No, no les hace pensar esta muerte, ni el problema del islam (la ‘umma’) en nuestras tierras, ni las ‘no-go’ áreas, ni la aplicación de la sharia en estas áreas; ni el fascismo y el racismo practicado por estas hordas de musulmanes asiáticos y africanos contra nosotros, los europeos milenarios, aquí, en nuestra propia tierra; ni la pérdida de identidad de nuestros pueblos y ciudades (Berlín es ya una ciudad turca, dicen algunos). No, nada de esto les preocupa en lo más mínimo a estos retoños de nuestro ser. ¿Qué ha podido pasar; qué está sucediendo?
Es corriente el acoso que padecen los jóvenes europeos por parte de pandas de musulmanes extranjeros en nuestras ciudades; es la última moda entre los colectivos musulmanes en toda Europa, la caza del blanco, de los ‘petits fromages’, de los ‘comedores de cerdo’; de los autóctonos, de los no musulmanes, de los otros.
El acoso, la intimidación. Las armas de la ‘umma’. Intimidar, amedrantar, arrinconar a los pobladores autóctonos; hacerse con la calle, con el barrio, con la ciudad. Nos está sucediendo como con esos perros que huelen el miedo; que se vuelven más osados y violentos cada vez; cada vez más dueños de la casa.
Nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, en un pueblo de corderos. Nuestro discurso es el discurso de la debilidad, la inseguridad, y la cobardía. Este pueblo mío castrado.
La emigración musulmana en Suiza quiere cambiar la bandera de este país, pues la cruz que ésta porta, dicen, les ‘ofende’ y no representa ya a la actual población y sus componentes no cristianos. Lo que tenemos con esta emigración, con estos indeseados e indeseables huéspedes, es más osadía, más arrogancia, más grosería cada vez. No sé cómo se les consiente. Sin duda que carecemos de orgullo y de dignidad. En nuestra propia tierra. Es una humillación permanente lo que padecemos con las insolentes demandas de los colectivos musulmanes en nuestra propia casa.
Arabia Saudí, un país que prohíbe, persigue, y condena la práctica de cualquier religión/cultura que no sea la musulmana, crea y financia en su totalidad un centro inter-religioso e inter-cultural en Austria. Para prevenir y moderar los conflictos y consolidar la paz, dicen. La noticia parece mentira, pero no lo es. Contará con un consejo de representantes de las confesiones judía, cristiana, musulmana, hinduista y budista. El centro llevará el nombre de su iniciador y promotor, el rey saudí Abdallah, y estará co-apadrinado además por Austria y España. Hemos perdido la luz, hemos devenido criaturas torpes, ciegas, bobas; las víctimas perfectas de los más toscos embaucadores, de los más burdos timos. Los musulmanes son los menos indicados para hablar de concordia y paz entre culturas o religiones. Imagínate qué hubiera sucedido si algún monarca o jefe de estado europeo se le hubiera ocurrido abrir un centro semejante en Arabia. “Márchese usted a su casa, y abra usted este centro en su país, que bien lo necesita”, esto es lo que se le debía haber contestado en su momento.
El presidente de la ONU, Ban Ki-Moon, advierte sobre el peligro de la creciente islamofobia en Europa. Con esas palabras se censuran y estigmatizan públicamente, pues, los primeros conatos de resistencia a la islamización (demográfica y cultural) de nuestro amado continente; y se ignora, como es habitual, la presencia hostil a los europeos de los más de cincuenta millones de musulmanes asiáticos y africanos en nuestras tierras. Para él no existe la eurofobia desplegada por los musulmanes (la ‘umma’) en la misma Europa, los cuales declaran abierta y explícitamente, en la calle, en sus centros de culto (y adoctrinamiento), en internet… en todos lados, su intención de destruir nuestras tradiciones culturales (políticas, jurídicas, estéticas… culinarias); de destruirnos, incluso, a nosotros mismos.
También el presidente turco, Abdula Gül, está muy preocupado por el rechazo de los europeos a la masiva emigración musulmana (legal e ilegal), y advierte que “Europa se verá obligada a recibir más emigrantes y a ser ‘más diversa’…”. Todavía es demasiado europea, parece. Esto quiere decir que la Europa ancestral se verá obligada a ser otra, estos es, que se verá obligada a desaparecer. Hay que desnaturalizarla aún más, hasta acabar con ella. ¿Podemos sugerir que también Irán, Arabia, o Turquía sean ‘más diversas’; o China, o Japón…? Esta advertencia, que parece contar con la aprobación general, no es tan sólo manifiestamente absurda, es también una amenaza, y una proposición criminal; es una propuesta de genocidio bio-cultural dirigido contra nuestras personas y nuestras tradiciones culturales todas. Es el método más rápido para hacer desaparecer pueblos y culturas milenarios. Es un arma esta emigración, este flujo migratorio masivo hacia nuestras tierras. Los que la están usando en nuestra Europa conocen bien sus efectos destructivos, saben muy bien lo que están haciendo.
Es la desaparición de la Europa europea lo que se persigue; se pretende conseguir una Europa africana y asiática. Cambiar la población europea. Que desaparezca el sustrato étnico que la puebla desde hace milenios; que desaparezcamos nosotros -nuestro genio, nuestra raza.
Nuestra Europa, nuestra tierra sagrada, la tierra de nuestros antepasados, nuestra madre patria; la madre natural y espiritual de los europeos todos; nuestra religión (nuestra cultura), nuestra historia sagrada… Nosotros mismos, los európidas, los hijos de Europa; nuestra estirpe milenaria. Todo esto es lo que va a desaparecer.
Para que este monstruoso proyecto tenga éxito hay que debilitar previamente el ‘sistema inmunitario’ de los habitantes primigenios (el nexo ancestral de los pobladores con sus raíces telúricas y culturales –la tierra, los antepasados; su patriotismo, su orgullo nacional, su amor propio), así como sus instintos de supervivencia más elementales, de tal manera que apenas opongan resistencia a su destrucción; a la destrucción de su ser natural y de su ser cultural. Y ésta parece ser la estrategia seguida –por algunos autóctonos (consciente o inconscientemente) y por los alóctonos invasores (los millones de musulmanes asiáticos y africanos en nuestras tierras, que tan sólo esperan su momento).
Deteriorar, minar los fundamentos de nuestro ser simbólico (cultural), de nuestro ser europeo; de nuestro carácter, del carácter de nuestros pueblos y naciones; de nuestra historia, de nuestros antepasados, de nuestros logros culturales todos. Ésta ha sido la labor de los medios de comunicación, de nuestros intelectuales, de los partidos progresistas, de los llamados formadores de opinión, en estas últimas décadas. Y es una actitud que, como era de esperar, se ha extendido a buena parte de nuestros ciudadanos. La censura y la burla de la cultura propia, la depreciación de nuestro ser. Un envilecimiento colectivo. No creo que haya existido jamás un pueblo y una cultura que se hayan negado tanto a sí mismos. Es una patología social. Es un proceso de autolisis, de apoptosis. Es un suicidio cultural generalizado. Un síntoma brutal de decadencia. Un pueblo que se quita de en medio a sí mismo, que se abandona, que cede su lugar. Los invasores tienen media guerra ganada.
¡Ay, Alba mía! ¿A qué se espera en Europa para reaccionar; a qué esperamos? Unos años más y la degradación será irreversible; será el comienzo efectivo de la cuenta atrás. Perderemos nuestra tierra; se destruirán nuestros cielos. ¿Qué haremos, tú y yo, entonces; adónde iremos?
Privados de memoria nuestros escasos herederos (con una memoria prestada, ajena, como ya nos sucedió cuando la cristianización de nuestros pueblos, hace mil seiscientos años), por segunda vez en nuestra historia culturalmente alienados, ¿adónde irán esta vez; qué será de ellos?
Habíamos renacido tras la primera alienación, tras aquel invierno supremo; conseguimos recuperar nuestro espíritu, éramos un pueblo nuevo con futuro. Nada parecía indicar en los cincuenta y sesenta del siglo pasado lo que estaba por venir. El diluvio, la riada musulmana; la irrupción de la tenebrosa ‘umma’ en nuestro hogar. Nadie la imaginaba, nadie la esperaba. No estábamos preparados. Estos últimos años han sido para nosotros los de la risa, la burla, la ironía, el cinismo… Años ‘lúdicos’. Mientras la ‘umma’ crecía. Nuestro presente es, sin embargo, una pesadilla, y nos presagia el futuro más sombrío.
Si la ‘umma’ llegara a vencer e imponerse en Europa, no sobreviviríamos, nosotros, lo europeos milenarios, a este nuevo invierno supremo. No estaríamos ante una simple alienación cultural (un proceso de aculturación y enculturación similar a la antigua cristianización) de la que siempre es posible liberarse, esta vez seríamos desposeídos también de la tierra. Esta vez lo perderíamos todo. Sería nuestro último crepúsculo. No habría más auroras para nuestro pueblo; nos extinguiríamos lentamente. Si tal caso llegara a producirse, sería verdaderamente el fin, nuestro fin.
*
Hasta la próxima,
Manu

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