86) La batalla de Europa. Tragedia arya

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miércoles, 6 de febrero de 2013

86) La batalla de Europa. Tragedia arya

La batalla de Europa. Tragedia arya.
Manu Rodríguez. Desde Europa (06/02/13).
                                                        *
*Un porcentaje muy elevado de nuestra población es alóctona, extranjera. Podemos considerarlos, en la situación actual, como enemigos. Suponen una amenaza y un peligro para nosotros. Concurren, compiten con los autóctonos en lo económico, en lo territorial, en lo cultural… Nuestro ancestral espacio vital está siendo ocupado. Vivimos una ocupación; una ocupación múltiple que está desvirtuando y alterando a pasos agigantados nuestra faz, la faz de las naciones blancas. Estamos muriendo, estamos dejando de ser. La Europa blanca decae, desfallece, muere. La milenaria Europa.
¿Es el fin lo que saboreamos; el fin nuestro?
La emigración blanca cesó hace años –la  emigración blanca  que dio lugar a Australia, Nueva Zelanda, EE.UU., Canadá, Argentina, Uruguay, Chile… Ahora los flujos migratorios parten de Asia, África, y América del centro y del sur hacia los países del Occidente Blanco. Chinos, musulmanes asiáticos y norte-africanos, negros subsaharianos (en gran parte islamizados), los sempiternos judíos, indígenas americanos… circulan ya por centenares, miles o millones por nuestras tierras. Los musulmanes son, con diferencia, el grupo más numeroso, y el más peligroso.
En estos grupos encontramos diferentes estrategias y diferentes niveles de interacción. Hay algunos que pasan desapercibidos en los países de acogida y no intervienen en su vida política o cultural limitándose a explotar económicamente el medio (las comunidades chinas en Europa, por ejemplo). Hay otros que modifican o buscan modificar la sustancia de una  determinada cultura para hacerla más favorable a sus propios intereses, esto es, transformar la sociedad anfitriona (semitas: judíos, cristianos, y musulmanes).
Las estrategias además difieren según las características de los entornos anfitriones y según los grupos huéspedes. En China, por ejemplo, los judíos no podrían usar las estrategias, usadas en Europa y en el Occidente Blanco con éxito desde la cristianización, de la crítica radical de su cultura y la desmoralización de su población (la destrucción de su entero mundo, vale decir). Los chinos son inmunes a tales estrategias (dado el fuerte nexo que estos pueblos tienen con su cultura, con su gente, y con sus antepasados).
Los musulmanes usan tanto la estrategia fría (crítica, desmoralización…), como la caliente (amenazas, intimidación, violencia, muerte).
El momento actual hay que verlo desde la sociobiología, como una lucha entre razas y culturas, entre grupos étnicos y culturales bien diferenciados (blancos, semitas, chinos… y sus respectivas culturas). Ahora es Europa y el Occidente Blanco la tierra de conquista.
Nosotros, los pueblos blancos, para nuestra desgracia, carecemos de cualquier estrategia evolutiva de grupo. Nuestro individualismo nos lo impide. Un individualismo que no se encuentra y que ni siquiera se permite entre judíos y musulmanes.
No nos recuperaremos –no renaceremos– sino como pueblo.
*Entre los promotores y mayores exponentes del multiculturalismo y los flujos migratorios hacia el Occidente Blanco se encuentran los judíos. Se arriesgan con la numerosa población musulmana, profundamente anti-judía, que circula ya por nuestras tierras europeas y que el multiculturalismo que ellos con tanto celo predican (fuera de Israel) nos ha traído. Pero incluso a pesar de los últimos incidentes y atentados contra judíos llevados a cabo por musulmanes en nuestras tierras (el último, horrible, en Francia), los judíos siguen firmando acuerdos con los musulmanes, en la misma Francia, y promoviendo juntos la inmigración y el multiculturalismo (no en sus tierras, por supuesto) en su ‘lucha’ común contra el racismo, la segregación y todo lo demás. (En este contexto la lucha contra el racismo es, simplemente, la lucha contra los autóctonos blancos.) Ciertamente no hablan ni se comportan como europeos sino como judíos y como musulmanes. No miran sino por los intereses de la nación judía o la nación musulmana.
Exceptuando a los simpatizantes y a los conversos, los predicadores de la sociedad multicultural y multirracial son fundamentalmente judíos y musulmanes asiáticos y africanos, esto es, no europeos,  extranjeros.
La oposición de algunos judíos (Spencer, Pipes, Horowitz…) al avance del islam en nuestras tierras  no les hace oponerse al multiculturalismo y a la emigración. Es obvio que no se oponen a tal avance velando por los intereses de los países anfitriones, sino por los suyos propios (peligran sus vidas y el asunto, con los musulmanes, podría írseles completamente de las manos). Pese a estos inconvenientes, o imprevistos, el programa continúa. El fin primordial es el reducir la presencia blanca en sus mismas tierras, el convertirlos en un grupo minoritario más. En su propia casa. Es cuestión de generaciones, de unas pocas generaciones. En su momento no tendremos fuerza, nos veremos avasallados por todos lados.
En lo que concierne al modo de hacer frente (ideológicamente) al peligro islámico, a la numerosa e inquietante población musulmana extranjera –legal e ilegal– residente en Europa, hay que decir que no es nada recomendable oponer el mundo laico, republicano o demócrata (libertad de expresión, igualdad…), al mundo teocrático musulmán. Esto convierte el enfrentamiento en una clásica y legítima lucha ideológica por el poder; como una lucha entre iguales, y no es el caso. Pues el terreno donde se juega, y que nos jugamos, es nuestra casa, nuestro hogar, y, ni nuestra casa está en juego, ni vamos a discutir o a enfrentar las normas de la casa con estos intrusos, con estos huéspedes indeseados e indeseables de última hora. Nosotros no luchamos como laicos o demócratas contra el totalitarismo teocrático (clerocrático) musulmán. Luchamos como europeos por la liberación y por la expulsión de nuestras tierras de los invasores. No es una respuesta laica lo que necesitamos sino una respuesta europea, simplemente. Es Europa, la Europa ancestral y autóctona, la Europa nuestra, la que se revuelve y defiende de los intrusos e invasores que amenazan con destruirla, eso es todo.
*La cuestión de la Europa actual (su desfiguración, la destrucción de su homogeneidad étnica y cultural milenaria) es algo que ciertamente debería preocupar,  y mucho, a todos los europeos. Importa comprender el cómo se ha llegado a esta situación, el cómo hemos consentido en ello, el cómo hemos permitido que esto sucediera en nuestras propias tierras (razones ideológicas, culturales; determinadas ideas, ciertos discursos…); qué atmósfera ideológica ha dado lugar a esto.
Advertir las ideologías o los discursos que lo han hecho posible; buscar su origen –de dónde proceden. Las ideologías son básicamente judías, o judeo-mesiánicas (viejas o nuevas). El cosmopolitismo, el universalismo, el altruismo, la hospitalidad…
Ésta ‘utopía’ que nos predican –‘pacifismo’, ‘humanismo’, ‘tolerancia’…– (esta vieja y nueva fe), se complementa con la crítica destructiva y desmoralizadora ya citada. Son teorías o discursos que operan en nuestras tierras, en nuestra cultura, en nuestras tradiciones; no son meras críticas teóricas dirigidas a la cultura en general, son críticas destructivas dirigidas principalmente hacia la cultura europea (y Occidental) –desde Marx a Derrida. Son textos pensados para destruirnos.
*La estrategia básica, en los momentos presentes, de estos que quieren nuestro mal, se basa, pues, en nuestra desmoralización. Ya tenemos nuestra ‘leyenda negra’ incluso. Tal  ‘leyenda negra’ se extrae de la conquista de América, del periodo colonial africano y asiático o, cómo no, del anti-semitismo nazi y el holocausto. Estos son algunos de los estigmas que modelan nuestra imagen a ojos del enemigo. Y ésta es la imagen que nos venden a nosotros mismos, la imagen que de nosotros mismos quieren que tengamos. La única imagen, por lo demás.  Es la intención táctica del enemigo el que nosotros lleguemos a adoptar esa exclusiva imagen nuestra. Es la imagen odiosa orwelliana. Está claro que quieren que nos odiemos.
Enfermarnos, debilitarnos; restarnos fuerza, poder. La ofensiva ideológica; la guerra fría.
Es la estrategia del débil frente al fuerte y bien posicionado; ante el superior. Es un ataque moral, psicológico, frio. Derribar nuestros muros; privarnos de coraje moral, de firmeza, de derecho, de legitimidad. Impedir la auto-defensa misma. Quieren hacernos sentir culpables; que nosotros mismos nos auto-inculpemos.
Son discursos que promueven la auto-inculpación, el auto-desprecio, la auto-punición, la auto-destrucción; el suicidio cultural de nuestro pueblo, la auto-extinción incluso de nuestra raza única. La autolisis de los pueblos blancos, su desaparición.
¿Queremos, acaso, desaparecer como pueblos? ¿Queremos desaparecer los pueblos europeos? ¿Cómo es que nuestra gente secunda tales consignas? Esos discursos envenenados nos matan culturalmente, espiritualmente, simbólicamente. Nuestro ser simbólico ancestral desaparece –la memoria colectiva que somos de nuestro pueblo; los fragmentos de memoria colectiva que somos. Como si nunca hubiésemos sido.
*Si los pueblos cristianizados e islamizados volvieran a sus orígenes pre-cristianos y pre-islámicos –volvieran a su ser simbólico (cultural) originario, ¿qué quedaría de los judíos? ¿No podría ser éste un camino para acabar con la presencia metafísica, podríamos decir, del judaísmo, o de lo judío, en la casi totalidad del planeta? Desprendernos, deshacernos de la influencia judía en nosotros, purificarnos, recuperar las raíces de nuestro ser. Volverían a quedar aislados, como al principio, como en su principio. Las secuelas del judaísmo –el cristianismo y el islamismo–, han perjudicado a la casi totalidad de los pueblos del planeta. La alienación cultural del planeta es casi total. La destrucción  de las huellas que hasta nosotros conduce hace ese retorno que digo muy difícil, y en algunos casos casi imposible.
De no ser por el ‘éxito’ del judeo-mesianismo y el posterior islamismo, los judíos y su mundo serían poco menos que desconocidos.
Nos retienen en un pasado que no es el nuestro. El pasado judío o musulmán se generalizan, se universalizan. El pasado de los pueblos desaparece. Los pueblos son desarraigados y trasplantados; son obligados a dar frutos en tierra ajena (la tierra sagrada de los judíos o de los musulmanes) –frutos judeo-mesiánicos o musulmanes.
En Europa se nos impuso el dios judío como dios único, que sustituyó al dios principal nuestro (Zeus-Júpiter), esto es, usurpó su lugar. Este dios único de los judíos venía con su hijo único (el judeo-mesianismo); entre ambos expulsaron a los dioses jóvenes, los hijos de Zeus y Hera-Europa. Dioses, héroes, y sabios nuestros desaparecieron. Nuestra misma historia desapareció. El lugar donde nos veíamos y nos encontrábamos, nuestros cielos, fueron destruidos, encubiertos, o prohibidos.
Usurparon nuestro destino. Se introdujeron en nuestras vidas y nos impusieron su discurso. Esta trinidad, este monstruoso tricéfalo. Nos han usado como vehículo, como transporte, para difundir su discurso, su locura, su veneno, por todo el planeta. Éste ha sido nuestro papel, nuestro rol en esta historia.
La mayor parte de los europeos ignoran o no tienen en cuenta sus orígenes. Afortunadamente algunos filósofos  y los estudiosos de los temas indoeuropeos han permanecido fieles a este inapreciable tesoro; sólo unos pocos filósofos y filólogos. Serán ellos, sin duda, los que refresquen la memoria de nuestros pueblos. Pero hay otros pueblos que carecen de estas tradiciones filosóficas y filológicas, y que apenas podrán allegarse a sus orígenes, ¿qué será de ellos?
El daño que han causado a los pueblos las tradiciones judía, cristiana, y musulmana es, en muchos casos, irreparable. Separar a multitud de pueblos de sus orígenes, de su ser ancestral y autóctono; destruir incluso tales orígenes (algo sagrado). ¿Pagarán algún día por ello?
Eliminar a una raza o a una cultura es un crimen, es el crimen más horrendo que se pueda cometer. Atentar contra el árbol de los pueblos y culturas del mundo es atentar contra el árbol de la vida –el árbol más puro. Pues bien, las tradiciones judías, cristianas y  musulmanas (semitas) son las que tienen en su haber el mayor número de estos crímenes; son los que cuentan con el mayor número de extinciones a sus espaldas. Desde sus orígenes. Ése es, y será, su legado. Así quedarán en la memoria de los pueblos, como los mayores etnocidas  de la historia de la humanidad.
Podemos hablar también del acusado antropocentrismo, y etnocentrismo, de tales ideologías, además de su androcentrismo (machismo), de su genuina falocracia y de su genuina misoginia (basta leer los textos bíblicos o coránicos).
En suma, las acusaciones que se les hacen a los pueblos blancos (y sus culturas) desde el grupo judío o musulmán: imperialistas, explotadores, ‘falocéntricos’, alienantes, etnocéntricos, ‘racistas’… podrían ser dirigidas hacia estos con tanta más justicia, esto es, con tanta más verdad.
*Hace dos mil años que padecemos en Europa la ofensiva semita. Primero judeo-mesiánica, y posteriormente musulmana. Quieren destruirnos como raza, como pueblo, como cultura otra, independiente de sus raíces –una cultura ajena y superior, hay que decirlo.
Estas tradiciones han arruinado  nuestras vidas y han terminado envolviéndonos en sus delirantes y criminales querellas.
Contra el judaísmo, el cristianismo, y el islamismo, pues. Contra las tres imposturas.
Debemos usar el término semita para estas ideologías emparentadas. Nuestro anti-semitismo debe comprehender, pues, la impostura judía, la cristiana, y la musulmana.
No hay aún en Europa y la Magna Europa estos blogs anti-semitas que digo; ni discurso alguno que vaya directa y conjuntamente  contra estas tres ideologías. Los blogs o webs anti-judíos o anti-islamistas  que circulan me entristecen y deprimen por completo. No cuentan más que derrotas. No hay victorias, no hay alegrías. Son crónicas de una guerra que se pierde. Se cede una y otra vez, se retrocede; se pierde territorio, se pierde identidad. El enemigo de nuestro ser avanza implacable, y fatal. Tengo la sensación de que ya estamos vencidos, que vivimos de prestado. Un poco más, unas pocas generaciones, y habremos desaparecido, o poco menos, de nuestra tierra madre. Impotencia, desesperación, rabia, desconsuelo. Y no contamos más que con una mínima resistencia sin apenas repercusiones sociales.
*Hemos perdido el hábito de la guerra, y la virtud de detectar al enemigo –aquel que procura nuestro mal. Alertas, despiertos, atentos, prestos, incansables –inabordables, inaccesibles, invencibles. Así hemos de ser para los enemigos.
Esta vez nos jugamos cielo y tierra. Esta vez nos lo jugamos todo: nuestra tierra milenaria, y nuestro pasado, nuestro presente, y nuestro futuro.
Nosotros los blancos necesitamos nuestra propia estrategia evolutiva. Cómo conservar, de momento, lo conseguido; cómo conservarnos. Cómo perpetuarnos. Cómo seguir siendo. Estrategias de supervivencia y  de dominio a nuestra medida; adaptadas a nuestras circunstancias y a nuestro ser. Estricta endogamia, por ejemplo, e incrementar la tasa de nacimientos. Educación proactiva, y no reactiva (la mera defensa); que tengamos nosotros la iniciativa en esta lucha, en esta guerra. No más derrotas.
Primero tenemos que ser conscientes de nuestra singularidad. Somos únicos (como los semitas son únicos, como los japoneses son únicos, como los san, los masai, o los inuit…). Hemos de preservar, de cuidar, de llevar adelante esta singularidad que somos, esta singularidad nuestra. Es legítimo, es bueno para nosotros, nos proyecta hacia el futuro. Nos une la raza y las culturas mutuamente compartidas. Todos somos griegos, y romanos, y germanos, y eslavos…
Recuperemos el hilo propio, retomemos el testigo aquí mismo abandonado. Situémonos en el origen. Comencemos de nuevo. Renazcamos. No hay otra salida.
                                                        *
Hasta la próxima,
Manu
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