87) Derrida, los judíos, y la batalla de Europa

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miércoles, 27 de febrero de 2013

87) Derrida, los judíos, y la batalla de Europa

            Derrida, los judíos, y la batalla de Europa.
Manu Rodríguez. Desde Europa (22/02/13).
*Derrida es, sin duda alguna, el pensador judío más grande de los últimos tiempos. Hablo de lo que constituye la entera ‘intelligentsia’ judía del pasado siglo. Las ‘letras’, las ‘humanidades’: Kafka, Freud, Lukács, Benjamin,  Arendt, Adorno, Marcuse… Lévinas… (la lista no es exhaustiva, claro está).  Aprendió de todos ellos  el mejor modo de habérselas con los gentiles; aprendió de los errores –de la escuela de Frankfurt, por ejemplo. Había que usar otro tono.
A la vista de los resultados –del actual estado de cosas–, podemos decir con toda tranquilidad que buena parte de la labor intelectual de la ‘intelligentsia’ judía contemporánea ha consistido, y consiste, en la destrucción (‘desconstrucción’, si se prefiere) de nuestra cultura. Desde todos los ángulos. Han introducido el desagradado, la desconfianza, la sospecha… el malestar, a lo largo y ancho de nuestra cultura: en nuestra pintura, en nuestra música, en nuestra literatura, en nuestra filosofía, en nuestro derecho, en nuestras tradiciones, en nuestra historia toda. Desde Marx… Envenenan las fuentes de nuestro saber. Como Harpías mancillan, profanan, manosean, ensucian, contaminan nuestro alimento espiritual.
Es una vieja guerra de la que no nos queremos enterar. Una guerra fría. Hace más dos mil años que los judíos declararon la guerra a los goyim, a los gentiles europeos. Su primera  gran victoria fue la cristianización de Europa, que fue también nuestra primera judaización (aquel proceso masivo de aculturación e inculturación forzosas y violentas de las poblaciones europeas de hace mil setecientos años cuya vigencia se prolonga, aunque débilmente, hasta nuestros días). En estos últimos doscientos años parecía que superábamos, que dejábamos atrás este triste período, pero… Con Marx se abre una nueva fase en esta prolongada guerra que alcanza, de momento, hasta Derrida. Derrida es uno de los últimos herederos de esa vía, de ese modo y manera abierto por Marx: la destrucción de los viejas instituciones –la familia, la nación, la religión…–; de los parámetros simbólicos de un pueblo; del armazón, del esqueleto; de lo que nos tiene en pie.
La prédica actual es la de siempre. La misma destrucción de nuestras instituciones y conceptos fundamentales. La misma crítica a la nación, a la patria, al sentimiento de pertenencia a una tierra y a una gente, a nuestro origen, a nuestro ser ancestral y autóctono. Y el mismo elevar a las estrellas y ‘vender’ lo judío. La escritura judía, la cultura judía… Las suyas –las señas de identidad judías- son intocables. Al judío, a lo judío, no se le ‘desconstruye’, no se le desmonta; no se le censura, no se le niega. Lo judío es siempre mimosamente acogido, y seductoramente presentado (como algo deseable,  e incluso tentador –como algo que te pierdes). Nos tientan, nos seducen –nos desvían de nuestro camino. Con una mano destruyen nuestra identidad y con la otra nos ofrecen la suya. Ilusionistas, prestidigitadores, maestros de la distracción que nos escamotean lo propio y nos adosan lo ajeno.
Todo esto que digo se nos muestra ahora de la manera más mediática. Es el triunfo de la retórica de la publicidad –de la propaganda (Bernays). Son los tiempos. Ciertas palabras –ciertas marcas–, ciertos slogans. Mensajes cortos, insinuantes, chocantes, llamativos, atrevidos, fáciles, pegadizos; que dejan ‘huella’. Y, además, el don, la justicia, el perdón, la amistad, la hospitalidad.  Es un ‘negocio’ con ‘causa’.
Un nuevo mesianismo nos viene ahora de la mano de Benjamin, Lévinas, y Derrida (entre muchos otros; son  legión –y los conversos). Más allá del agrio proceder de la escuela de Frankfurt (de aquellos macabeos).  Más sutil ahora, más paulino; más críptico, más ladino, más marrano.
El internacionalismo que, de nuevo, se nos predica –la carencia de patria. Es un credo político universal, transnacional, cosmopolita;  es una perspectiva propia de apátridas, de desarraigados. Con ello, además, se auto-promocionan –promocionan su discurso, su mirada, su ser.
Los jorobados quieren jorobarnos a todos. Los sin-patria quieren dejarnos a todos sin patria. Los errantes, los nómadas. No sólo sin tierra, también sin cultura. Una cosa no es sin la otra. Una cosa lleva a la otra. No se nos puede privar de tierra si previamente no se nos priva de cultura, de ‘cielo’; de palabra, de luz. Primero se arremete contra las super-estructuras simbólicas, contra el ser simbólico nuestro; contra el conjunto de tradiciones acerca de nosotros mismos; contra las bases, los fundamentos de nuestro ser simbólico; contra nuestras señas milenarias de identidad, contra nuestra ancestral memoria colectiva  –no somos otra cosa, por cierto.
La revolución industrial acabará con los viejos modos, decía Marx, con los viejos órdenes, con las viejas instituciones (europeas, occidentales). ¿Por qué esa esperanza, ese deseo; y por qué tanta prisa? El ‘mundo’ entero en el que vivíamos fue declarado viejo, enfermo, desquiciado, culpable, malo –digno de perecer. Se nos condenó a muerte.
Nos enferman (discurso crítico-destructivo) y nos sanan (el universalismo, el cosmopolitismo…) por igual. Por igual traen la enfermedad y el remedio (a la manera del viejo judeo-mesianismo con su ‘pecado original’ y su bautismo reparador).
Pero esas ‘curas’, o ‘remedios’ son igualmente destructivos: el otro, la hospitalidad, el don, el perdón…  Se nos arrincona, se nos empuja al abismo (a la muerte y al olvido); se nos tacha, se nos niega, no se nos deja otra salida que el ‘otro’.
Se nos elimina mientras se nos ofrece la ‘diferancia’, el otro, la hospitalidad… el cosmopolitismo, el internacionalismo… el altruismo más suicida, en verdad (la cura, nos dicen) –que  optemos por el otro; que antepongamos los intereses del otro a nuestros propios intereses. La negación de uno mismo, en suma (‘niégate a ti mismo’). Y esta perversa, malvada idea nos la ofrecen como si fuera el más alto y sublime ‘ideal’. Miserables. Es la manzana envenenada. Diseminando entre nosotros tales principios universales se busca nuestra destrucción –que nos ignoremos a nosotros mismos, que nos desprendamos voluntariamente de todo lo nuestro; que dejemos atrás lo nuestro. Además, eso nuestro, es moralmente censurable, es condenable, es lo ‘malo’ a extirpar.
Forma parte, pues, de la cura el destruir el apego a la tierra, a la sangre, a lo propio; había que des-arraigar,  que ex-patriar, que ex-trañar a los ‘goyim’ europeos. Separarlos, alejarlos de su tierra, de su gente… Desviarnos de nuestros fines, desviarnos de nosotros mismos. Esa era, y es, la vía de salvación que nos predicaban, y predican; esa era, y sigue siendo, la cura. Ahora como entonces.
Estos ataques renovados, y brutales, de los últimos doscientos años. Desde Marx a Derrida. Las nuevas armas, los nuevos proyectiles; los nuevos ‘razonamientos’, los nuevos sofismas. Contra todo aquello que pueda fortalecernos, y afirmarnos. Ésta es toda la estrategia, y éste es el cometido de la ‘intelligentsia’ judía entre los gentiles europeos; esto es lo que tienen que hacer. Saben que sólo desestructurándonos y desarraigándonos del todo lograrán vencernos algún día. Y a esto se dedican con afán y codicia de fin. Y no sueñan sino con la humillación de los pueblos blancos europeos. Quieren vernos derrotados, vencidos; aislados, necesitados, pocos, solos. ¡Oh, viejo Shylock!
*No fueron los primeros en esta ‘vía de destrucción’, le precedieron los ilustrados post-renacentistas. Los escritos de los ilustrados de los siglos XVII y XVIII les proporcionaron argumentos políticos, jurídicos, económicos, filosóficos, de ‘progreso’… Pero no es lo mismo combatir ideológicamente contra el Antiguo Régimen, que intentar destruir la entera cultura europea. Nietzsche también, desgraciadamente, les suministró abundante material. Y Heidegger. Con todo, la misma crítica que un europeo hace a su patria o a su cultura suena distinta cuando es realizada por un judío –en boca (y en manos) de judíos. Hay que tener en cuenta al sujeto de la enunciación: quién habla aquí, quién dice eso. Mientras que en boca de judíos estas críticas suenan como el discurso de un enemigo, en boca de un europeo esas mismas palabras suenan como dichas por un padre o una madre,  o por un hijo, o por un hermano. Reconviene, corrige, aclara, matiza, alienta… busca el bien de Europa, su salud; quiere hacerla mejor, más fuerte, más segura de sí; quiere afirmarla sobre bases simbólicas nuevas y más puras. La intención de Nietzsche es que se supere, que se deje atrás todo el periodo ideológico y espiritual platónico y judeo-mesiánico. Un cambio simbólico, un cambio de ‘cielo’, una absoluta regeneración, una nueva aurora; un retorno, tal vez. Marx (la estrategia judía) busca la destrucción de nuestros mundos, Nietzsche procura su corrección, su transformación, su renovación.
En cualquier caso, lo que se le consiente a Nietzsche (a uno de los nuestros), no se le consiente a ningún extraño, sea éste judío, cristiano, musulmán, o chino. Que se metan en sus ‘cosas’.
¿Por qué permitimos que estos extraños tercien en nuestros asuntos? Los nuestros son asuntos de familia. Son antiguos, arcaicos, alcanzan a nuestros antepasados, a nuestros primeros Padres verdaderos, a aquellos pueblos indoeuropeos: hititas, aryas védicos, griegos, romanos, germanos, celtas, eslavos, baltos… Las relaciones entre los diversos pueblos en Europa, nuestra tierra sagrada. Las relaciones, a veces difíciles, entre germanos y celtas, por ejemplo (en Irlanda y las Islas Británicas), o entre el sur romano, y los germanos, o entre eslavos y germanos o baltos… Son asuntos estrictamente nuestros y milenarios. Ningún extraño está invitado a esta re-unión, sólo a nuestros pueblos ancestrales les competen tales asuntos. Ningún extraño tiene aquí ni palabra, ni oído; ni voz, ni voto.
Estos autores de los que hablo son judíos antes que franceses, alemanes, españoles, o rusos, y sólo su ‘nación’ les mueve –no les mueve Europa, ni su gente ni sus naciones. Al igual que los cristianos o los musulmanes, son extranjeros en cualquier  tierra o región. Sólo pueden hablar desde su posición de apátridas. No tienen otra nación que la comunidad judía, o la musulmana (la ‘umma’). Éstas son sus únicas perspectivas. No tienen nada, pues, que decirnos. No pueden hablarnos sino desde fuera, desde su propio lenguaje/experiencia/perspectiva. Por lo demás, siempre se les puede decir: “Ocúpense Vds. de los asuntos de su ‘nación’, y dejen en paz a los autóctonos, no los incordien más”. “Dedíquense Vds. a comentar a sus ‘pedros’ y a sus ‘pablos’, y dejen en paz a Homero, Aristóteles o Platón.”  Esto les decía Juliano a los ‘galileos’. Algo parecido  podemos decirles nosotros a estos nuevos apóstoles de la gentilidad nuestra recién recuperada: “Dedíquense Vds. a censurar y a destruir vuestras propias tradiciones y costumbres, y dejen en paz de una vez a nuestros filósofos… y a toda nuestra cultura”.
(La gentilidad nuestra recién recuperada. Nuestra diferencia, nuestra ‘otredad’ –nuestro ser otro de lo judío, nuestro no-ser judío. Nuestro ser arya o indoeuropeo. La identidad bio-simbólica recuperada.)
Los intelectuales judíos que operan entre nosotros no se presentan como judíos, y pretenden pasar por ciudadanos occidentales corrientes y molientes –en su aspecto no se distinguen de los demás (es importante, en su estrategia de dominio, que los veamos como franceses, alemanes, o estadounidenses, y no como judíos). No parecen judíos (de esto se trata). Mimetismo. No hacen alardes públicos de judaísmo. Más bien se declaran ateos, o agnósticos, o heterodoxos, o, simplemente, ‘progresistas’, o de ‘izquierdas’ (términos con los que, por lo demás, se autodefinen buena parte de los occidentales). Su obra está dirigida a ciudadanos occidentales en general. En todo caso, estos intelectuales que digo, nunca dejan de ser judíos.
Es su eterno doble juego –como extranjeros que son en cualquier tierra (salvo en la suya, Israel); su doble nacionalidad, su doble discurso, su doble mentalidad… su doble lengua, su doble ánimo, su doble intención; su diabolismo –su doblez absoluta. Su lengua bífida, su veneno. No lo pueden evitar. Antes que franceses, rusos, alemanes o americanos, son judíos. La perspectiva judía nunca se abandona. La patria o la nación judía es la comunidad transnacional judía. Al igual que sucede con los musulmanes y su ‘umma’, y sucedería también  con los cristianos y su comunidad (el ‘pueblo’ del dios de los judíos) –si estos fueran coherentes con su ‘fe’.
*Hay que volver a hablar de filosofía judía, o de pensamiento judío, distinguirlos bien de la corriente de pensadores europeos (Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger…). Como hacemos con la filosofía medieval, donde distinguimos pensamiento judío, europeo (la mayor parte cristiano), y musulmán. Hay una ‘literatura’ o una ‘escritura’, actual, en Occidente, que podríamos denominar judía o hebrea –por sus contenidos, por sus referentes, por sus conceptos fundamentales, por sus ‘maestros’. Temas,  citas, y autores judíos  (antiguos, medievales, modernos, y contemporáneos) son frecuentes en estas escrituras.
Los actuales pensadores judíos suelen llevar en su mascarón de proa la figura de alguno de los más notables pensadores europeos de los últimos doscientos años (Kant, Hegel, Nietzsche, y Heidegger, principalmente). Si bien se dejan guiar por pensadores judíos –Marx, Freud, Lévinas, Adorno…  Son estos pensadores los que forman su conciencia, dicen. Y la conciencia de buena parte de los europeos de hoy, para desgracia nuestra.
Envuelto en bocaditos gentiles. Con un poquito de Kant, Hegel, Nietzsche o Heidegger se nos hace tragar puñados de cuestiones judías; se nos judaíza –de nuevo. Algo ‘dulce’ en la punta de la cuchara, para engañar; algo distinto, algo otro de lo que se nos quiere hacer tragar; algo familiar y nuestro, en definitiva, para que no desconfiemos. Como se hace con los niños. Poco a poco, hasta que se acostumbren del todo. Después se les podrá retirar eso poco dulce y ‘ajeno’, lo otro de lo judío. El arte de Derrida. La patita enharinada que asoma por debajo de la puerta. Escritura judía para gentiles europeos u occidentales; para los ‘primos’ europeos. Al igual que el viejo judeo-mesianismo.
Lo judío siempre hace acto de presencia con aires de triunfo ante la ‘confusión’ gentil –como ‘deus ex machina’; como Sócrates en los (amañados) diálogos platónicos. Vayan a la página derridiana en la red; pasen, vean y comprueben. Textos sobre Marx, Freud, Benjamin o Lévinas; personajes y alusiones judías –antiguas y modernas– que no faltan en cada plato (artículo, entrevista, conferencia…). Escritura judía –autores judíos, cuestiones judías, preocupaciones judías,  disquisiciones judías, bizantinismo judío; cábala, talmud… mesianismo. El egocentrismo, en suma, la megalomanía –todo gira en torno a los judíos y su reducido mundo.
No olvidemos que cuentan con congresos y reuniones de filosofía, o de pensamiento, estrictamente judíos. Reuniones en las que un no-judío, presumo, no puede participar –a no ser como ‘artista’ invitado. Buena parte de las temáticas y los autores son, empero, los de todo el mundo (marxismo, fenomenología, psicoanálisis, la escuela de Frankfurt, Benjamin, Derrida…). Autores y ‘topoi’ filosóficos que rigen, hoy por hoy, buena parte del pensamiento europeo  y occidental.  Son la principal corriente de pensamiento, podríamos decir. Han logrado imponerse. La nómina de autores judíos cuyo discurso es relevante en nuestra cultura contemporánea es excesiva (de Marx a Derrida).
No usan fuentes exclusivamente judías, como se ha dicho, éstas se combinan con ciertas dosis de los autores europeos ya citados. Pero advirtamos que estos usos son más bien para señalarlos, para marcarlos; para orillarlos, para bordearlos, para dejarlos a un lado; para desmarcarse, para distinguirse de ellos. Combaten, en definitiva, contra estos textos (estos autores): los tachan, los borran, les desuponen saber; los anulan –procuran anularlos, vencerlos, derrotarlos; desconectarlos, podríamos decir, privarlos de fuerza, de potencia, de utilidad, de funcionalidad, de actualidad, de valor; estropearlos.  Bloquear salidas, cortar caminos…
Pienso en la labor realizada con Nietzsche –la poda. El Nietzsche de Blanchot, Klossowski, Foucault, Deleuze, Lyotardt, Derrida… Vattimo. Los post-modernos. El pensamiento débil. Pensamiento debilitado, apagado, extenuado, agonizante, final. El nihilismo en toda su miseria. Esto panorama no se advierte en el frente judío; allí se goza de otra perspectiva, se vive otra cosa. Han conseguido que los pensadores europeos se precipiten, se arrojen ellos mismos al abismo. Contemplan la auto-extinción, la auto-lisis del enemigo. Objetivo casi cumplido.
Es la Europa blanca, claro está, el destino final de estas maniobras y ataques; es esta Europa la que se quiere ver debilitada, anulada, extinguida… borrada, ida, desaparecida (así como desaparecieron Sumer y Egipto). Convertir a Europa  en algo fantasmal, en un vago recuerdo.
Digamos que hay una guerra entre el pensamiento europeo y el pensamiento judío: Darwin y Nietzsche de un lado, y Marx y Freud del otro (para simplificar).  Tenemos sociologías y antropologías que se oponen. Mundos que se oponen. Es guerra dialéctica, cultural, simbólica; mediática, incluso. Es una lucha por el dominio. Piénsese si la escritura de Derrida no está planteada como una lucha contra ciertas tradiciones e instituciones europeas, para influir en el futuro de tales instituciones y tradiciones. Se trata de tomar, de dominar, de poseer. Son ‘posiciones’ en la lucha. Es una guerra.
Hoy por hoy es el entero pensamiento europeo (desde los griegos, desde Homero…) el demonizado, el que está bajo sospecha –el  derrotado, vale decir. Es toda la cultura milenaria europea la que está en entredicho –y la que corre el peligro de desaparecer.
El futuro del pensamiento (y del ser) europeo se dirime en estos tiempos, aunque gran parte de los ‘profesionales’ no se den cuenta de ello –no advierten que ya participan en esta lucha bien de un lado, bien del otro. Hay que preguntar, ¿cuál es el pensamiento dominante? ¿Qué autores dominan o predominan –guían o conducen? Es una lucha ideológica, es una lucha en los cielos. Es la batalla de Europa.
Se trata de tomar la ‘cabeza’, la ciudadela de lo alto (la ‘acrópolis’), los centros de gobierno; de pilotar, de dirigir. Al igual que algunos retrovirus que penetrando en el núcleo de las células logran insertarse en el ADN y, desde éste, replicarse usando los dispositivos celulares. La ‘replicación’ del discurso desde el núcleo rector. Los replicantes. La cibernética y la máquina o el cuerpo social.
Los judíos pretenden dominar el entero campo del pensamiento, judaizar definitivamente el pensar filosófico, económico, político, ético, psicológico, antropológico… europeo. Se han diseminado en todos los campos de la cultura –del saber. Que circulemos preferentemente por figuras y caminos de reflexión propiamente judíos, creados por judíos; ésta es la intención.
Para el buen logro de este fin, es esencial que los europeos y occidentales no sospechen ni por un momento que están leyendo prensa judía, o literatura judía, o pensamiento judío, o viendo cine judío (o que propaga mitos judíos –como la nueva Sión de Matrix). Hay toda una serie de ‘productos’ netamente judíos que pasan por ser  arte y cultura (de masas) simplemente occidental. Consumimos preparados culturales ‘kosher’ (especial para gentiles) sin saberlo.
Como cuando el antiguo judeo-mesianismo –un judaísmo ‘ad hoc’ para gentiles europeos (ni circuncisión, ni prescripciones alimentarias, y poco más; todo lo demás, judío –el dios judío, el libro sagrado judío, la tierra sagrada judía…).
Es literatura y arte de propaganda lo que tenemos siempre con los judíos. Se propagan ellos mismos. De sí mismos cuidan y hacen publicidad. Se venden; se postulan, se ofrecen, se promocionan –unos a otros. Es su arte; el arte fenicio, el arte semita.
(De lo que se ha tratado siempre, entre judíos, es de cómo sobrevivir, y dominar, en tierra (siempre) extraña, e incluso influir en  la vida y obra de los ‘goyim’ (los ‘otros’, la ‘gente’) –entre semitas se busca en todo momento y lugar transformar la cultura de los anfitriones para hacerla más favorable a los propios intereses.)
De momento ganan la batalla en las mentes y en los corazones de los europeos y occidentales. Incomprensiblemente, sus nocivas consignas auto-destructivas circulan. Sus mortíferos abalorios conceptuales. Hay muchos ‘conversos’ o partidarios que no se saben tales, o que no se tienen por tales (marxistas, freudianos, derridianos… universalistas, internacionalistas, multiculturalistas…). Los que abandonan su oro y hacen gala de la más negra calderilla.
¡Ay, simples europeos; ingenuos, crédulos, confiados! Raza joven, nueva, última, inexperta, adolescente. ¿Cuándo alcanzaréis algo de madurez?
*¿La reciente aportación cultural o intelectual judía? Es una habitación –cuatro paredes y un techo– construida insidiosa, lenta, y laboriosamente desde Marx a Derrida. El legado ‘intelectual’ judío, el regalo envenenado para las futuras generaciones europeas. Un receptáculo, una celda, un zulo. Los nuevos textos y autores canónicos; los nuevos ‘Padres’ de la nueva ‘ecclesia’ (comunidad) europea, de los nuevos europeos –los arquitectos de esta nueva Sión, de esta nueva Matrix. ¿Es este nuestro destino; el destino de nuestros herederos? ¿De nuevo encerrados entre cuatro paredes? ¿Vivir a la sombra, bajo la techumbre de este mínimo recinto –que nos niega espacio y horizonte e impide que veamos nuestros  cielos? ¿Será esa ennegrecida y sucia techumbre nuestro futuro único ‘cielo’? Nauseas. Asco.
El ‘universo’, el ‘mundo’ de Marx… Kafka, Freud, Lukács, Trotsky, Benjamin, Arendt, Adorno, Lévinas… Derrida. El sombrío mundo judío; su atmósfera irrespirable, impura.
Así como con el llamado ‘nuevo testamento’ judeo-mesiánico nos vino el entero mundo judío (del que parece que salíamos), con el discurso de Marx, Freud, Lévinas, Benjamin, o Derrida se nos devuelve de nuevo a ese mundo. Lo uno lleva a lo otro. Nos detienen, nos paralizan; nos retienen en su mínimo laberinto desde hace siglos. No salimos de su estrecho y tedioso mundo.
La ‘intelligentsia’ judía pretende modelar y dirigir nuestras vidas por milenios. El novísimo testamento; los nuevos apóstoles de la gentilidad. Un nuevo milenio judeo-mesiánico; un nuevo invierno supremo. Ésta es la amenaza.
El ‘holocausto’ es ahora su Gólgota –su  signo, su cruz, su pálido estandarte.
El cielo está enladrillado, ciertamente. Nuestros cielos están enladrillados por los cielos judíos y judeo-mesiánicos Ahora tenemos un nuevo enladrillado; y ambos, el viejo y el nuevo, se conservan. Un doble enladrillado, pues; una doble llave. En ambos casos las llaves (las claves) están en manos de judíos.
Estos ‘cielos’ son los caminos de salvación elaborados por los judíos para los gentiles europeos. Ambos nos destruyen; destruyen nuestro ser. Tanto el viejo judeo-mesianismo como el nuevo –el novísimo testamento.
Clarividencia y coraje les deseo a los míos para salir de este enredo, para desenladrillar estos cielos ajenos, para derribar estos muros; para recuperar la luz de nuestros cielos, para respirar este aire nuestro puro. Para vencer, al fin.
*Hemos de ser más fuertes que la enfermedad, más vigorosos que el mal que nos invade.
Ya es hora de que frustremos los planes de estos charlatanes, de estos embaucadores, de estos tramposos; de estos impostores y usurpadores.
                                                         *
Hasta la próxima,
Manu
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