95) Mens arya in corpore arya

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viernes, 28 de junio de 2013

95) Mens arya in corpore arya

Mens arya in corpore arya.
Manu Rodríguez. Desde Europa  (26/06/13).
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*Tendríamos que considerar los blogs aryas, o de contenido arya, como espacios sagrados, como lugares para el consenso y no para el disenso. Digamos que aquí se viene para sumar y multiplicar, y no para restar y dividir. Los comentarios a los post han de ser constructivos o positivos; deben aumentar, completar, enriquecer el texto o la propuesta.
Deben, pues, estar excluidos todos los comentarios no específicamente aryas, sean pro-judíos, pro-cristianos, pro-musulmanes, pro-hinduistas o pro-budistas (o de cualquier otra tradición religioso/cultural no arya); e igualmente las críticas destructivas o desmoralizadoras. Éstas sólo fomentan la división y las discusiones estériles en nuestras filas –y son la alegría, por ello mismo, del enemigo.
(Dicho sea de paso. Adviértase cómo el enemigo utiliza nuestras diferencias nacionales o ideológicas para enfrentarnos. Adviértase también cómo es el enemigo mismo, en buena medida, el que introduce las diferencias ideológicas (religiosas o políticas) que nos dividen y enfrentan.)
Después de cientos de años ignorándonos, ahora queremos escucharnos a nosotros mismos. Lo primero en las circunstancias presentes es el reencuentro de los aryas, la toma de conciencia racial y cultural de los pueblos blancos. Todo lo que impida o perturbe tal reencuentro, o que confunda a nuestra gente, ha de ser eliminado.
Hace sólo doscientos años que se iniciaron los estudios indoeuropeos. Es un nuevo comienzo lo que vivimos, una suerte de ‘reconocimiento de los hermanos’, una experiencia estremecedora.
Tenemos que ganarnos el corazón y la mente de todos los aryas europeos. Éste es el espíritu, a mi manera de ver. Tenemos que convencer, persuadir, enamorar, seducir… a nuestros hermanos indoeuropeos. Ésta es la labor.
*Hay poca cultura indoeuropea o arya entre nuestra gente, y, por consiguiente, escasa mentalidad arya. Apenas unos pocos conocen a los grandes indo-europeístas (Dumézil…), o profundizan en la historia o cultura de nuestros pueblos. La ignorancia al respecto en nuestras filas es lacerante. Los estudios comparativos sobre las diversas tradiciones lingüísticos-culturales aryas son fundamentales para tener una idea clara acerca de quiénes somos.
Nuestros pequeños deben aprender acerca de nosotros, sobre nuestros diversos pueblos. Cuándo y dónde aparecieron en la historia, las posteriores dispersiones; la evolución y la historia de los distintos grupos, sus respectivos legados… E, igualmente, la pérdida o destrucción de nuestras culturas (cuando la cristianización). La desposesión blanca tuvo allí su comienzo.
Aún no somos un pueblo, esto nos pasa. Y por ello carecemos también de un futuro cierto y favorable –tendremos que conquistar primero la unidad y ganarnos ese futuro.
No tenemos un espíritu claro y unificado. Nuestros grupos tienen que excluir a todos los discursos no específicamente aryas de sus filas. Hemos de lograr una pureza espiritual puramente arya (indoeuropea). Los aryas tenemos nuestras propias tradiciones culturales (espirituales, políticas, filosóficas, literarias…).
El esoterismo más extravagante (Guenon, Evola, Cleary, entre otros) sigue pululando en los textos pseudo-aryas que nuestros muchachos leen con avidez, sigue haciendo estragos entre nuestra gente; sigue confundiéndolos y apartándolos del camino, de nuestro camino –el camino arya.
Sucede que se le presta una atención casi exclusiva a la raza, desatendiendo los aspectos espirituales o culturales (aquí vale cualquier cosa). ¿De qué nos vale la raza si el espíritu muere? ¿De qué nos valen hombres y mujeres con apariencia arya (blanca, caucásica) pero con espíritu judeo-mesiánico, musulmán, o budista? ¿No es esto, acaso, lo que ya tenemos?
No es sólo la raza, el cuerpo, la apariencia física. Necesitamos también almas aryas. Aryas de cuerpo y alma, en definitiva. “Mens arya in corpore arya”. Es de vital importancia que las comunidades aryas sean eso, comunidades aryas. Es fundamental nuestra homogeneidad racial y cultural. Esto es, los mismos fundamentos étnicos y culturales; los mismos intereses, los mismos fines.
Un solo pueblo, un solo espíritu… Éste es el camino. No nos engañemos al respecto. Que no nos engañen otros.
La unidad espiritual de un pueblo es la clave. Esa unidad, tanto más que la raza, garantiza el futuro de ese pueblo. Y esto lo sabe el pueblo que tanto hace por destruirnos (el pueblo judío y sus engendros –cristianismo, islamismo, marxismo…).
*No sólo el legado genético, pues, también el legado simbólico. Raza y cultura.
Lo que unía a los individuos en la antigüedad eran las identidades étnicas y lingüístico-culturales. Fue, además, la conjunción raza-cultura la que nos dejó las grandes y pequeñas culturas que hoy por hoy son patrimonio de toda la humanidad. Las grandes civilizaciones del pasado: la sumeria, la egipcia, la persa, la china, la japonesa… las culturas amerindias (inca, maya, azteca…), y las culturas de pueblos sin escritura a lo largo y ancho del planeta. Tales culturas eran (y son, las que sobreviven) culturas étnicas.
Los pueblos blancos tenemos que conocer mejor nuestra historia, nuestros orígenes. Somos creadores de grandes culturas en el pasado, algunas extintas (hitita, arya védica…), otras destruidas (griega, romana, germana, celta, eslava…) –debido en gran parte a la cristianización de nuestros pueblos. Los estudios comparativos indoeuropeos concernientes a nuestras diversas lenguas y culturas proclaman nuestra unidad. El orgullo blanco tiene que tener en cuenta este legado lingüístico-cultural, esta riqueza espiritual (no sólo la raza).
Las culturas étnicas comenzaron a desaparecer en el periodo de los grandes imperios multiculturales del pasado. El mestizaje étnico y cultural acabó con ellas.
Es en este contexto multiétnico y multicultural de los grandes imperios del pasado donde surgen las ideologías universales (trans-étnicas, trans-culturales).
La destrucción de pueblos o naciones fue también el medio para instaurar nuevos ordenes homogeneizadores que fueran más allá de las diversas etnias y culturas que componían aquellos imperios. Hacían falta otros instrumentos, otras ideas para unir y dirigir a las masas. Valían para ello las religiones universales de salvación personal que surgieron en su momento aquí y allá (budismo, cristianismo…).
También las actuales ideologías políticas internacionalistas cumplen esa función. Éstas son transnacionales y transculturales, como aquéllas; valen para todo hombre y todo lugar. La finalidad era (y es) tan sólo dominar a los diversos pueblos mediante creencias e ideologías adecuadas.
No otra cosa está detrás de la cristianización de Europa, cuando Constantino y Teodosio (y después, con los monarcas-guerreros germanos y los posteriores eslavos). Estos instrumentalizaron los ‘consignas’ universales judeo-mesiánicas; les vino bien para su ambición de poder (tal dispositivo ideológico). Así se llegó a la alianza entre los belicosos guerreros y los astutos sacerdotes; a la alianza entre la espada y la cruz.
A aquellos que dicen que nuestra grandeza y nuestra fuerza se la debemos al cristianismo hay que decirles que sin el genio y la potencia arya el cristianismo se hubiera hundido en la mediocridad y en la miseria. Fuimos nosotros los que hicimos grande al judeo-mesianismo, y no al contrario. Fuimos el vector perfecto para estos miserables parásitos.
El cristianismo fue para nuestros pueblos no sólo un lastre y un obstáculo, también fue una máscara, un instrumento de alienación y de dominio en manos de hombres sin escrúpulos –de infieles, de desertores, de traidores a sus antepasados y a sus ancestrales tradiciones.
Nuestros pueblos perdieron no sólo la libertad y la luz cuando la cristianización, perdieron también la dignidad, el orgullo, y el honor –superar ese humillante período es la única manera de recuperarlos.
Recuperar la conciencia racial y el legado cultural y espiritual de nuestros pueblos no es poca cosa.
*Tenemos que repensar nuestro aryanismo o nuestro indo-europeísmo. Hemos que pasar de lo particular germano, celta o eslavo, a la totalidad arya o indoeuropea.
Los pueblos blancos necesitamos urgentemente lo que MacDonald denomina ‘estrategias evolutivas de grupo’. Necesitamos recuperar nuestras identidades colectivas ancestrales, nuestros orígenes étnicos y culturales (pre-cristianos), esto es, nuestra naturaleza arya o indoeuropea –nuestras  señas de identidad biosimbólicas. Es nuestra garantía de futuro. Los pueblos aryas (helenos, romanos, celtas, germanos, baltos, eslavos…) tenemos un origen común, estamos étnica y culturalmente emparentados. Una vez fuimos un pueblo, tenemos que volver a serlo.
Son razones étnicas y lingüístico-culturales ancestrales las que nos identifican, y nos unen, a nosotros los aryas europeos.
Nuestra raza, nuestras tierras, y nuestras culturas (recuperadas). Esto es lo que debemos preservar, acrecentar, y legar a los venideros. Éste es el yugo; éste es el legado.
*
Hasta la próxima,
Manu
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