97) La devoción arya

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miércoles, 14 de agosto de 2013

97) La devoción arya

La devoción arya.
Manu Rodríguez. Desde Europa (12/08/13).
*
*La aculturación de los pueblos aryas europeos tiene una larga historia. Comienza con los fenicios (pueblo semita) hace unos tres mil años –sobre todo en el sudoeste de la península ibérica–, y prosigue siglos más tarde con los cartagineses (de origen fenicio a su vez) en el Mediterráneo europeo. Tras las guerras púnicas, que acabó con el dominio cartaginés y puso al Mediterráneo europeo en manos de Roma (arya, nuestra, indoeuropea), continúa con la llamada ‘interpretatio’ romana (la asimilación, la adaptación o la conjugación de las divinidades, tradiciones, o lugares sagrados indígenas con los respectivos o similares romanos –genios, manes, lares, ninfas, Mercurio, Marte…). Esta ‘interpretatio’ fue aplicada intensamente en los ámbitos culturales celtas y germanos principalmente. La cosa podría haberse quedado aquí (una suerte de sincretismo entre dos o más tradiciones aryas), pero no fue éste el caso, tristemente.
Este milenio largo de aculturaciones diversas se cierra con el caos multicultural de los últimos siglos del Imperio, en el que proliferaron las sectas orientales. Una de éstas (la secta judeo-mesiánica) logró difundirse de tal manera y alcanzar tal poder que en unos pocos siglos acabó cristianizando –dominando espiritualmente (con la ayuda siempre de los ejércitos ya romanos ya germanos)–  a toda Europa. Se convirtió en la faz de una Europa espiritualmente poseída, sometida, dominada. Esta  aculturación supuso la semitización ideológica o espiritual de nuestros pueblos.
A la postre vencieron los fenicios, los cartagineses… los semitas. Son tradiciones e ideologías semitas (judía, judeo-mesiánica, y musulmana) las que se enseñorean en Europa, las que nos dominan. Son sus fuegos los encendidos. Son sus templos y sus divinidades los vivos y activos. Son sus discursos, religiosos o políticos, los que nos gobiernan; y los que nos dividen  y enfrentan. Reglan nuestra vida desde la cuna a la sepultura. No sé de qué nos enorgullecemos. Privados como estamos de voz, de palabra, de dignidad.
La privación, el corte, la ruptura… Es trauma espiritual que arrastran de un modo u otro las sucesivas generaciones. De un lado: el extrañamiento espiritual, y la alienación de los bienes espirituales ancestrales, propios. Del otro: el dominio espiritual extranjero; la impostura, la usurpación.
Ardua labor nos queda (tras cientos de años de exilio y olvido): el retomar el testimonio de los ancestros; el volver a situarnos en tal camino, en tal linaje –tan  lleno de impedimentos, de obstáculos, de rupturas, de desvíos; de trampas, de peligros. La vuelta a casa, el retorno.
Se requiere en primer lugar una catarsis, una purificación. Purgar, expulsar lo ajeno: lo fenicio, lo semita… Es lo primero.
*Una identificación colectiva, una auto-gnosis; un reconocimiento (anagnórisis) colectivo. Recuperar la conciencia de comunidad, de pueblo. Somos un pueblo.
Las identidades étnicas y culturales son las que religan a los pueblos y les hacen uno; son sus señas de identidad. Son las identidades sagradas. Son los vínculos sagrados. Los símbolos supremos. Lo que religaba a nuestros antepasados.
Estas identidades son como espejos donde nos reconocemos. Los pueblos aryas se reconocen en sus individuos eminentes y en sus culturas. Se reconocen y se identifican. Estas identificaciones y estos reconocimientos son  las fuentes de nuestro honor, nuestro orgullo, y nuestra dignidad. En estas identidades residen nuestra fuerza, y nuestro derecho; nuestra legitimidad.
Nos fueron arrebatados aquellos espejos; perdimos de vista aquellas fuentes claras. Nos impusieron espejos ajenos; fuentes remotas, extrañas, otras. Pero no acabamos de reconocernos en esos espejos y en esas fuentes –en esos personajes y en esas tradiciones tan extraños a nuestro genio, a nuestro ser. De ahí nuestra ‘infidelidad’, nuestras ‘salidas’, nuestro mirar hacia otro lado; nuestra errancia, nuestro vagabundeo, nuestra búsqueda incansable; nuestro anhelo. Y es que no hay sosiego espiritual para el privado de sus identidades ancestrales, para el desarraigado, para el disminuido, para el incompleto.
Privados de la propia luz, roto el nexo con los antepasados. Ciegos, huérfanos. Perdidos, extraviados. Transformados en criaturas dóciles e inofensivas  (en cabritos, en corderos, en cervatos, en patitos…). Así quedamos.
Los cielos arrebatados y enladrillados. Los espejos rotos. Las fuentes removidas y enturbiadas.
Decir cielo, espejo, fuente… es decir memoria colectiva ancestral, ser simbólico, señas de identidad lingüístico-cultural, hogar espiritual, mundo… El legado simbólico de nuestros antepasados. Bienes, riquezas espirituales. El fuego propio. Hiperbórea. Nemeton. Lucus. Yggdrasil. Ombligo, eje, pilar, centro del mundo. Estamos en ‘territorio’ sagrado. Cosa santa para los aryas.
Este legado, esta sublime herencia es camino, hogar, alimento, nave, escudo, arma… Nos conduce, nos cobija, nos alimenta, nos transporta, nos protege, nos defiende… Es nuestra atmósfera; son nuestras condiciones espirituales de existencia. En otra atmósfera, o lejos, en otro lugar, en otro mundo, en otro árbol –cuando injertados–, languidecemos, decaemos, morimos.
Es necesario, es esencial, es vital recuperar las identidades ancestrales; recuperar la luz y la plenitud; y el camino. Recuperar el ser.
Es la memoria lo primero que tenemos que recuperar. La memoria de lo que fuimos, y de lo que somos. La memoria de nuestro ser biosimbólico ancestral.
Recuperación de la memoria y purgación de lo ajeno deben ir a una. Anamnesis y catarsis. Uno se reconoce tras estas noches y estas luchas; se purga, se limpia, se revela. Se recupera, vuelve a su ser.
Con la memoria se recupera la voz, la palabra; el discurso nuestro. La mirada propia. Se recupera el oído –el oído de Sigfrido. Se recupera la salud, el vigor, la fuerza. Se recupera el sentido. Es un renacimiento.
La vuelta del origen. El origen es la madre patria originaria –es un espacio espiritual, simbólico, celeste (ni por tierra ni por mar). Se trata, por supuesto, del cielo nuestro; de nuestros cielos.
*La ‘devotio’ arya; la religiosidad arya. Un deber. Una razón. El vínculo sagrado con nuestra gente y con nuestras culturas. El vínculo que honra, que enaltece, que vivifica. Nuestra garantía de futuro, además.
Esta religiosidad, esta espiritualidad sugiero a los pueblos aryas que guardemos. Esta dedicación, este fervor, esta ofrenda. Los lazos sagrados con nuestra gente y con nuestras tradiciones culturales todas. La devoción arya.
Esto que digo lleva implícito un deber moral o ético ligado a la deuda que cada uno de los aryas tenemos con los nuestros y con nuestras cosas. Todo gira, como se ve, en torno al legado biosimbólico –es el eje, la polar. Es nuestro deber el protegerlo, el cuidarlo, el velar por su pureza… el pasarlo, enriquecido si es posible, a las futuras generaciones. Nos debemos a los nuestros –pasados, presentes, y futuros. Ésta es nuestra máxima norma, nuestro más alto deber; nuestra regla de oro.
*Los valores y virtudes aryas vienen en cascadas: la devoción, la piedad (mostrada por Eneas con los presentes (su padre anciano) y los ausentes (las efigies de los antepasados)), la veneración… la fidelidad, la lealtad, el honor, el valor, el furor… No aparecen los unos sin los otros.
*
Saludos,
Manu
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