Schopenhauer y la política

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jueves, 10 de abril de 2014

 

Schopenhauer y la política

Schopenhauer

El marco desde el que entiende el Estado y las leyes. Pesimismo, egoísmo y sociedad.

La actitud de Schopenhauer ante la política hay que enmarcarla en el clima ético que crea su ontología. La voluntad es deseo que nunca termina. Las satisfacciones y placeres son estados pasajeros que nos alejan del núcleo del mundo y que no se pueden mantener. El dolor y el hastío nos invaden queramos o no. Bajo estas premisas nuestra naturaleza es la de un lobo condenado a la inquietud y la civilización una farsa: “el mundo civilizado no es más que una gran mascarada. Encuéntranse allí caballeros, frailes, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos, y no sé qué más aún. Pero no son lo que representan; son simples máscaras”, este se pone la careta de la justicia y del derecho, con ayuda de un abogado, para ofender mejor a su semejante, el otro elige la máscara de la religión, el otro el de la filosofía… En el fondo no son más que tapaderas de la voluntad, lobos disfrazados con piel de cordero. Somos hipócritas cuando engañamos a los demás con cualesquiera valores y miserables cuando somos engañados por las doctrinas angelicales de filósofos y políticos. Ninguna utopía tiene sentido. Schopenhauer despoja al hombre y a la sociedad humana de toda posible capacidad de perfección. Esta propiedad, tan querida en muchos ámbitos políticos, abandona su razón de ser en un mundo cuya esencia es una voluntad irracional. No existe el progreso para Schopenhauer, el hombre y la sociedad no pueden evolucionar hacia estados mejores.

 

“…el mundo es el peor posible de los mundos. Entendemos por posible, no todo aquello con que la fantasía parece soñar, sino lo que puede existir y subsistir realmente. Pero este mundo está construido de tal manera que sólo puede existir con gran trabajo, y si estuviera un poco peor organizado no podría mantenerse. Por lo tanto, un mundo peor, como no podría subsistir, no es posible; luego este es el peor de los mundos posibles”El mundo como voluntad y representación; Apéndices al libro IV; Cap.46.

“El optimismo no es, en el fondo, más que una forma de alabanzas que la voluntad de vivir -única y primera causa del mundo- se otorga sin razón a si misma cuando se mira con complacencia en su propia obra. No sólo es una doctrina falsa; es una doctrina corruptora, porque nos presenta la vida como un estado apetecible y da como objetivo de la vida la felicidad del hombre. Desde ese momento, cada cual se imagina que tiene los m s justificados derechos a la felicidad y al goce. Así, pues, si, como es harto frecuente, no le tocan en suerte estos bienes, se cree víctima de una injusticia” Parerga y Paralipómena,

 

El pesimismo de Schopenhauer es cósmico, se da tanto a nivel individual como social, tanto en los animales como en el hombre, tanto en el momento presente como en el futuro. La historia carece de sistema y no va a dar en el futuro las soluciones a los problemas del hombre. No existe una línea racional en el transcurso de la diacronía histórica, “la unidad de marcha en la existencia de la especie humana es una mera ficción”. La verdadera filosofía de la historia consiste en comprender que en medio de la confusión de cambios no hay otra cosa que un mismo ser invariable “que obra hoy como obró ayer y como obrará en todos los tiempo”, este ser inevitable e inabarcable es la voluntad. No hay progreso, sino repetición de la crueldad originaria; no podemos evitar la pesadez del destino.

El pesimismo schopenhaueriano tiene una alta dosis de realismo. El hombre y la sociedad están sujetos a la vida, a los instintos y a la acción concreta, podemos engañarnos a nosotros mismos mediante tapaderas morales, religiosas o ideológicas, pero siempre volvemos a la realidad de fondo eternamente presente de la brutalidad instintiva. El pesimismo es también la conciencia de esta realidad implícita que permanece siempre activa por debajo de cualquier suceso. Pesimismo y realismo vean de la mano, no podemos despegarnos hacia ningún ideal ni hacia ningún mundo sobrenatural, no existe la trascendencia.

Que el hombre es en el fondo voluntad quiere decir, entre otras cosas, que quiere sobrevivir y dominar por encima de todo y de todos. Para Schopenhauer, el hombre está dispuesto a sacrificar todo lo que no es él sólo por prolongar un instante su propia persona. Este sentimiento egoísta es común y esencial “a todos los seres de la naturaleza”. El egoísmo humano adquiere múltiples formas, en la vertiente social Schopenhauer pone el ejemplo de las guerras y las tiranías. La historia del mundo muestra que las sociedades se encuentran dentro de las leyes como panteras enjauladas, en cuanto pueden, entran en el estado de desenfreno en que esencialmente consisten.

Es significativo que Schopenhauer trate el tema de las leyes y del Estado en el parágrafo siguiente al del egoísmo. El marco auténtico de la política no puede ser otro que el pesimismo y el egoísmo. Una sociedad compuesta por individuos humanos es una sociedad compuesta por egoístas y no puede ser otra cosa que guerra y brutalidad. El estado social es, por tanto, como en Hobbes, homo homini lupus.

 

El Estado y el derecho. El contrato social

Schopenhauer dedica el § 62 de El mundo como voluntad y representación al estudio del derecho, el estado y la propiedad. En las obras posteriores merece la pena consultar también el capítulo La política de Parerga y Paralipómena.

La afirmación de la voluntad humana es en Schopenhauer injusta porque no respeta ningún derecho ajeno.

 

“En conformidad con nuestra doctrina hemos demostrado que el contenido del concepto de injusticia consiste en un modo de obrar tal, que el individuo lleva la afirmación de su voluntad manifestada en su cuerpo, hasta la negación de la que se manifiesta en otros … el concepto de injusticia es primordial y positivo; el de derecho, opuesto a é, es derivado y negativo” El mundo como voluntad y representación; Libro IV, § 62.

 

El estado natural del hombre es la tendencia al dominio y, como consecuencia de ello, la injusticia. En el estado salvaje predomina la ley de la fuerza, el otro no es considerado como persona, sino como estorbo para el triunfo de la voluntad propia. Esta afirmación brutal, que encontraremos después también en Nietzsche, es la esencia de la injusticia. Esta realidad depende directamente de la voluntad, mientras que el derecho, originado por contraposición a aquella, no tiene más remedio que ser derivado. Nunca se habría hablado de derecho si no existiera la injusticia. El derecho no contiene para Schopenhauer otra cosa que la negación de la injusticia.

 

La lucha es inestable, la voluntad propia se convierte en negación de la ajena y reina por doquier la ley del más fuerte. Surge entonces el contrato social que da lugar al Estado. La explicación es la misma que en Hobbes, la institución estatal no tiene otro fin que impedir el estado de brutalidad originaria:

 

“El Estado no es más que el bozal que tiene por objeto volver inofensivo a ese animal carnicero, el hombre, y hacer de suerte que tenga el aspecto de un herbívoro” Parerga y Paralipómena; Vol.I; Cap. IX.

 

No hay posibilidad de decir aquí que el hombre es un animal político, el Estado y la política no se originan por naturaleza, sino por la necesidad de sobrevivir en un mundo cruel. Ante tales circunstancias el Estado no puede ser una institución inocente, ha de utilizar la fuerza para domesticar a la bestia, en eso consiste fundamentalmente. Schopenhauer no concibe que pueda existir un Estado utópico ideal con personas íntegras e ideales intachables. El Estado es un represor de la animalidad, no le importan las intenciones humanas de cometer actos injustos, sino la represión de los actos injustos ya cometidos, no prohibe a nadie “que piense en asesinar o en robar, porque sabe que el temor al verdugo detendrá su mano”.

El Estado, aparte de reprimir la brutalidad, cumple también la finalidad de hacer más llevadero el tedio que sobreviene al hombre en los momentos en que no es brutal: “El mismo Estado se previene contra el aburrimiento de los ciudadanos como contra otras calamidades … el pueblo necesita panem et circensesEl mundo como voluntad y representación; Libro IV; § 57.

 

Aristocracia, desigualitarismo y despotismo

Schopenhauer hace derivar el homo homini lupus de la naturaleza de la voluntad de la siguiente manera. La naturaleza -y el hombre forma parte de ella- es en el fondo voluntad y la voluntad es lucha perpetua sin orden ni objetivos fijos. El conflicto alcanza su máximo de visibilidad en el reino de los seres vivos. Las plantas se disputan el sitio entre si y son devoradas por los herbívoros. En el mundo animal continúa el conflicto, “cada animal es botín y alimento de otro”. Finalmente los hombres, en la cúspide de la pirámide, devoran plantas y animales, se destruyen entre si y “encarnan aquella lucha, aquel autodesdoblamiento de la voluntad con la más terrible violencia en que el hombre llega a ser enemigo del hombre: homo homini lupus“. El mundo como voluntad y representación; Libro II; § 27.

 

Esta estructuración piramidal no quiere decir que la lucha sea sólo entre niveles y que, dentro de cada nivel, haya posibilidades de igualdad. Los hombres también luchan entre sí, como los animales y las plantas, lo cual quiere decir que, dentro de cada nivel, hay a su vez subniveles jerárquicos aristocráticamente establecidos. La aristocracia cósmica es total:

 

“La naturaleza es lo más aristocrático del mundo. Todas las diferencias que establecen entre los hombres la alcurnia y riqueza en Europa o las castas en la India son una futesa en comparación de la distancia que la naturaleza ha fijado irrevocablemente desde el punto de vista moral e intelectual.

En la aristocracia de la naturaleza, como en las otras aristocracias, hay diez mil plebeyos por un noble y millones por un príncipe. La gran multitud es el montón, el populacho. Por eso, dicho sea de paso, los patricios y los nobles de la naturaleza debieran mezclarse tan poco con el populacho como los de los estados, y vivir tanto más separados e inabordables cuanto más altos”El mundo como voluntad y representación; Apéndices al libro I, Cap.XV.

 

Hay desigualdades morales, físicas, intelectuales,… todas ellas como consecuencia de la terrible lucha en que consiste el mundo. Las consecuencias del artistocratismo cósmico son el desigualitarismo y la jerarquía, tanto a nivel natural como a nivel social. Schopenhauer añade además que la pirámide jerárquica tiene una ancha base y una afilada cima. Esto significa que hay mucha chusma para poca excelencia. La diferencia entre la plebe y el genio es siempre resaltada por Schopenhauer y constituye una de las citas que repite en varias obras, unas veces dice que hay un genio por cada diez mil plebeyos, otras eleva la tasa a millones. (Parerga y Paralipomena; Über die Universitäts Philosophie; S.W.; Vol.V; Ed.Reclam; pp.227-228)

El hombre no es un ángel y no se puede tener confianza en él. En consecuencia cuanta más dureza represiva más eficacia política. Esta forma bárbara de concebir el Estado conduce al despotismo. Schopenhauer no omite en absoluto esta consecuencia de su doctrina:

 

“La organización de la sociedad humana oscila como un péndulo entre dos extremos, dos polos, dos males opuestos: el despotismo y la anarquía. Cuanto más se aleja del uno, m s se aproxima al otro. Entonces se os ocurre que el justo medio sería el punto conveniente. ­Qué error! Estos dos males no son igualmente malos y peligrosos. El primero es infinitamente menos de temer … Si gustáis de planes utópicos, os diré que la única solución del problema político y social sería el despotismo de los sabios y de los justos, de una aristocracia pura y verdadera, obtenida mediante la generación por la unión de los hombres de sentimientos más generosos con las mujeres más inteligentes y agudas. Esta proposición es mi utopía y mi república de Platón”Parerga y Paralipómena; Vol.I; Cap. IX, § 127.

 

No le basta con el despotismo, este será además ejercido por una élite seleccionada. A la tesis del despotismo hay que añadir la de aristocracia. En este texto Schopenhauer llega al máximo de su radicalismo político, el despotismo, comparado con la anarquía, es un mal menor. Para Schopenhauer, bajo los representantes políticos, no hay un pueblo, ni una voluntad popular, sino intereses individuales egoístas, y la suma de egoísmos es más egoísmo. No tiene sentido hablar de bien común, ni de representación política. Sí tiene sentido sin embargo para él la institución estatal que ponga freno a los intereses particulares. El resultado es una especie de dictadura del ascetismo regentada por una aristocracia de santos y sabios.

 

Todo fluye

 

 

Eugenio Gil

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