SOBRE EL INICIO /114 & 115)

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JUEVES, 18 DE SEPTIEMBRE DE 2014

114) Sobre el inicio. Jaeger y Heidegger
Sobre el inicio. Jaeger y Heidegger.

Manu Rodríguez. Desde Europa (18/09/14).
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*Werner Jaeger nos dice algo importante en su obra “Paideia. Los ideales de la cultura griega” (publicadas entre 1933 y 1945), en su introducción (“los griegos en la historia de la educación”). Cito textualmente (en página 13 de la edición del FCE, 1985): “La superior fuerza del espíritu griego depende de su profunda raíz en la vida de la comunidad. Los ideales que se manifiestan en sus obras surgieron del espíritu creador de aquellos hombres profundamente informados por la vida sobreindividual de la comunidad. El hombre, cuya imagen se revela en las obras de los grandes griegos, es el hombre político. La educación griega no es una suma de artes y organizaciones privadas orientadas hacia la formación de una individualidad perfecta e independiente. Esto ocurrió sólo en la época del helenismo, cuando el Estado griego había desaparecido ya –la época de la cual deriva, en línea recta, la pedagogía moderna.”
La paideia mítica y arcaica griega tiene su meta en “la formación de un alto tipo de hombre” (en palabras de Jaeger). Es un camino hacia la ‘areté’ –hacia la ‘excelencia’.
La paideia que corresponde al periodo helenístico (y al posterior romano) es la paideia de un imperio multiétnico y multicultural. Universalista, cosmopolita… Las corrientes filosóficas sólo atienden al individuo, y todas ofrecen una liberación o salvación personal. Es el caos, la fragmentación, el atomismo. Únicamente las corrientes universalistas (filosóficas o religiosas) pueden prosperar en estos medios –en un mundo roto, degradado, decadente, corrompido. ¡Sálvate a ti mismo! ¡Sálvese el que pueda! El dios personal y la liberación personal. El posterior judeo-mesianismo no ofrecía otra cosa.
Podemos decir que toda la Europa (y la Magna Europa) contemporánea está espiritualmente modelada según el decadente helenismo alejandrino, el decadente imperio romano, y el mundo extranjero judeo-mesiánico (el huésped indeseado e indeseable que quedó, a la postre, como único ‘heredero’; el usurpador). Todo nuestro universalismo, toda nuestra mala metafísica, toda nuestra miseria espiritual, toda nuestra historia; todas nuestras pesadillas, toda nuestra ‘realidad’. Nuestra historia ha sido impostada, usurpada. Hace cientos, miles de años que no tomamos el timón. Otros nos llevan. No cabe mayor alienación.
El humanismo universalista, transnacional, transétnico, transcultural… de los tiempos que corren deriva, en línea recta, de ahí. Se reproducen los momentos, los malestares, los síntomas. Incluso la filosofía que hoy se vende es la filosofía decadente del helenismo y del judeo-mesianismo, como en el divulgadísimo “más Platón y menos ‘Prozak’”. Ahí puedes encontrar a platónicos, estoicos, cínicos, epicúreos, cristianos, budistas… La sabiduría perenne, osan decir. La sabiduría que se sublima y se promueve es aquella de la fuga, de la huida, de la salvación personal. La sabiduría nihilista. La propia de un mundo arruinado, fragmentado, roto, deshecho, atomizado… sin futuro.
Poco más adelante (en página 14) nos dice: “Los grandes hombres de Grecia no se manifiestan como profetas de Dios, sino como maestros independientes del pueblo y formadores de sus ideales. Incluso cuando hablan en forma de inspiración religiosa descansa ésta en el conocimiento y la formación personal. Pero por muy personal que esta obra del espíritu sea, en su forma y en sus propósitos, es considerada por sus autores, con una fuerza incontrastable, como una función social. La trinidad griega del poeta (ποιητής), el hombre de estado (πολιτικός) y el sabio (σοφός), encarna la más alta dirección de la nación. En esta atmósfera de íntima libertad, que se siente vinculada, por conocimiento esencial y aun por la más alta ley divina, al servicio de la totalidad, se desarrolló el genio creador de los griegos hasta llegar a su plenitud educadora, tan por encima de la virtuosidad intelectual y artística de nuestra moderna civilización individualista.”
En todo concuerda con Heidegger. Para encontrar el ser griego en su máxima pureza hay que remontar el helenismo, hay que ascender hasta el origen, hasta el inicio. Aquellas figuras. En arte y pensamiento. Desde Homero a los trágicos. La ‘Paideia’ de Jaeger es también un buen camino a la fuente, al origen (griego), para los que permanecemos en provincias.
Jaeger entiende la cultura como ideal de formación –como ‘paideia’–; asocia la cultura con la ‘formación’ (la ‘bildung’ germana –formación o configuración) y, por consiguiente, con la instrucción o educación (‘paideia’) griega.
El uso actual y más corriente del término ‘cultura’, como la totalidad de manifestaciones o tradiciones de un pueblo, nada tiene que ver con el uso y la concepción griega de ‘paideia’ o formación de los miembros de la comunidad. No se trata de que prescindamos de este uso ya enraizado (que proviene de la antropología cultural), pero conviene tener en cuenta el uso que relaciona la cultura con la formación (con el dar forma) y con una formación específica.
En la Grecia mítica y arcaica la paideia (la formación), la areté (la excelencia), la ‘política’ (la ciudadanía, el ser social)… son todas una misma cosa –son conceptos que, atendiendo a su lenguaje y a su mundo, no se pueden deslindar. La educación era eminentemente política, y llevaba a la excelencia a los miembros de la comunidad (de la ‘polis’). La gloria, la fama imperecedera era el galardón.
Podemos añadir que no hay dicotomía entre ‘naturaleza’ y ‘cultura’ (‘fisis’ y ‘nomos’). Mediante la paideia la naturaleza alcanza la perfección, la excelencia.
Estamos tan lejos de aquel inicio, de aquella aurora, de aquellos momentos sublimes; de aquel espíritu.
Necesitamos recuperar la ‘paideia’ griega del inicio, aquel espíritu. Esto forma parte de nuestro camino en los momentos presentes, de nuestra liberación –del desencantamiento de nuestros pueblos.
*Podemos correlacionar los términos ‘cultura’ (como el conjunto que tradiciones…), ‘religión’ (como aquello que religa), y ‘paideia’ (los ideales de formación implícitos en la misma cultura).
Si cambia la ‘cultura’ (¿cómo; por qué; quién la cambia…?), cambia la ‘religión’ (lo que religa), y cambia la ‘paideia’ (la meta, la finalidad de la formación).
Jaeger estudia en “Paideia y cristianismo primitivo” la adopción (la apropiación) de la paideia del helenismo tardío (y decadente) por los primeros ‘teóricos’ cristianos (Clemente, Orígenes, Basilio, Gregorio…).
*La evolución de la ‘paideia’ y del mundo griego desde el período arcaico hasta el periodo alejandrino. La evolución del ser griego. Desde su origen hasta su definitiva caída.
Los primeros ‘maestros de la verdad’ son los poetas. Ellos son, si no los creadores, sí los plasmadores del ser griego arcaico. El trasfondo de modelos, de ejemplares, es el período mítico. Las estirpes. Las gestas. Las hazañas. Todo aquel mundo semi-divino. La guerra de Troya marca el final de aquel período semi-histórico/semi-legendario. Las últimas generaciones heroico-trágicas son los hijos de los héroes de Troya: Orestes (hijo de Agamenón), Neoptólemo, también llamado Pirro (hijo de Aquiles), Telémaco (hijo de Ulises)…
Aquellas figuras del período mítico proporcionan los modelos de excelencia (areté). El modelo épico-heroico que encontramos en Homero, por ejemplo, o en Píndaro.
Durante este período prevalece la ‘teología’ que recogen Homero y Hesíodo. La representación del mundo de los dioses. La ‘cosmogonía’, la ‘teogonía’, la ‘antropogonía’… El carácter fabuloso y enigmático de estos mundos –“buenos para pensar”.
Los conceptos fundamentales de aquellos primeros. La tierra y el cielo; el destino, el poder de los celestes, de los inmortales; la excelencia, la fama, la gloria, el buen nombre. El mal consistía en la soberbia, en la arrogancia… en la desmesura (la ‘hybris’), no había otro ‘pecado’, otros desvíos. Estos son también los fundamentos de la primera ‘paideia’. Éste fue el mundo, la cultura, el ser primero de los helenos. El origen (el ‘arkhé’), el inicio griego.
El mundo (cielo y tierra, mortales e inmortales) que acompaña a los hombres y mujeres a lo largo de todo el periodo arcaico (hasta el período clásico) es aquel del inicio. Píndaro tal vez sea su último heraldo.
También el resto de los pueblos aryas europeos tuvieron inicios semejantes. Romanos, germanos, celtas… Y nos quedan afortunadamente testimonios escritos; nos queda memoria de aquellos inicios. Incluso los pueblos de los que no conservamos testimonios escritos vivieron como aquellos griegos del período mítico y arcaico. Roma nos proporciona información sobre pueblos cuya vida podríamos calificar de ‘arcaica’, en el sentido que aplicamos éste término a los griegos del período arcaico, en Hispania, en la Galia, en Britania, en la Germania… Sociedades/mundos épico-heroicos.
Por lo que respecta a la Península ibérica, recordemos las estelas de guerreros lusitano-tartesias, los pueblos celtas y celtiberos, los lusitanos, los astures y cántabros… (más de doscientos años le costó a Roma dominar por entero la península ibérica). Podemos referirnos a todas las culturas pre-romanas del Bronce y Hierro europeo (los dos mil años que precedieron a la entrada de Roma en nuestras vidas). Estos pueblos no constituían ‘sociedades’ (o ‘polis’ –también este término había evolucionado desde la ‘polis’ arcaica) tal como la consideraban los romanos y el tardo-helenismo. A juzgar por los datos muy tempranos que nos proporcionan geógrafos e historiadores griegos y romanos, y las reliquias arcaicas que han llegado hasta nosotros, estas sociedades están muy cerca de los griegos del período creto-micénico y del período arcaico. Estamos ante sociedades guerreras y aristocráticas. Su ‘ethos’, su ‘epos’, su ‘paideia’, su ‘areté’… sus ‘mundos’, no podían ser muy diferentes.
No olvidemos el parentesco etno-lingüístico de estos pueblos; su hermandad. Todos provienen de un primitivo grupo étnico de hace seis u ocho mil años. Allí donde tuvo lugar el primer inicio; la primera de las auroras.
Cuan deseable es la recuperación de estos inicios. Del espíritu del inicio.
*Podemos considerar el término ‘paideia’ como ‘los ideales de formación’, cualesquiera estos sean. Es un uso que podríamos dar a este concepto. Hay que especificar pues, en cada caso: “¿de qué ‘paideia’ se trata?”
Decimos: La excelencia es la revelación, el desvelamiento, el des-encubrimiento (la verdad) del ser. Y ése es el fin de la paideia arcaica griega. Pero también la excelencia tiene que ser especificada. La excelencia va ligada a la paideia. Según sea la paideia así será la excelencia. Paideia, ser, excelencia… son términos relativos al ‘qué’, al ‘quién’, al ‘cuándo’, al ‘dónde’… Son términos que deben ser interrogados. Localizados, situados, vectorizados, contextualizados.
No hay ‘paideia’, ni ‘excelencia’, ni ‘cultura’, ni ‘religión’ (religación), ni ‘ser’ (humano)… que sean universales e intemporales. Cada pueblo genera su mundo. Irrumpe en el tiempo y en el espacio. Evoluciona. Va.
Heidegger habla del ser, nos habla a nosotros, occidentales, acerca del ser. Pero se trata en todo momento del ser nuestro; de la historia nuestra. De la evolución de este ser nuestro desde el inicio arcaico griego a nuestros días. A Heidegger hay que leerlo en clave nacionalista arya.
Heidegger, el infierno de los filósofos… judíos.
*La areté (el término) pasa de unos a otros. Cada grupo se apropia de la areté (el concepto), y lo interpreta a su manera –lo vacía y lo llena de nuevo contenido. Ahora la areté es el saber (algún saber) (Sócrates), o el bien (Platón). Cambia la paideia, y la areté.
Jaeger, aunque consciente de la evolución de estos conceptos, considera que ésta es una evolución ‘perfectiva’, que va perfilando y mejorando (en el sentido ‘humanista’ platónico-cristiano) su contenido. El resultado final es la universalización de la paideia helenística (platónico-aristotélica), o del moralismo universalista de cínicos, estoicos y epicúreos. Jaeger está muy lejos de la paideia heideggeriana (y nazi en general) –aunque no iba mal encaminado. Propone un ‘tercer humanismo’ (entre el modelo romano-helenístico y el del Renacimiento) inspirado en la paideia griega, pero se trata de la paideia (y el humanismo) del helenismo tardío (una vez más). Opta por el final, y no por el principio. Piensa que lo ‘dórico’ (aristocrático) de la paideia arcaica llega hasta Platón.
Heidegger, sin embargo, comparó el destino de ‘aletheia’, con el destino de la ‘areté’, y ambos, con el destino del ser nuestro. Heidegger estaba situado en el inicio. Jaeger, pese al aprecio en que tiene a la primitiva paideia, la ve como un punto de partida a lo que será; pasa de largo ante el inicio. No se sobrecoge ante el misterio del ser del inicio. No estaba predestinado al ser.
El olvido del ser es el encubrimiento del ser… Lo descubierto se vuelve a ocultar. El ser es el genio, el fuego, la aurora, la luz de un pueblo.
Se puede decir que no hay olvido del ser sino robo o expropiación del ser (alienación, privación del ser propio). Perdimos el ser, perdimos el fuego. Los primitivos usos épico-heroicos de estos términos (areté, polemos, ethos…) durante el periodo mítico-arcaico son abandonados cuando este grupo social desaparece o pierde la preeminencia y el poder. Se retoma la paideia y la areté (los conceptos), pero se llenan de nuevo contenido, según el nuevo amo. ¿Quién habla, quien tiene la palabra, quien es el amo? Cambia la justicia, la educación, la excelencia, el discurso, la verdad… el ser. “¿De qué excelencia, justicia o verdad me hablas?”
Arkhé, epos, polis, politeia; paideia, areté; aletheia, logos; polemos, agon; ethos, aidos, themis… La evolución de estos conceptos. En cada paso de su deriva pierden rasgos y adquieren rasgos nuevos (según el ‘amo’) –algunos se quedan en el camino, otros nuevos aparecen según necesidad. Hay que tener en cuenta la historicidad de estos conceptos, del mismo ser nuestro. Los avatares del ser nuestro –sus sucesivos amos desde la pérdida del inicio; sus sucesivas ‘excelencias’, sus sucesivas ‘verdades’. Desde la pérdida del fuego.
Estos conceptos tienen su cuna en los períodos mítico y arcaico. Su esencia reside en su origen, en el inicio. ¿Se trata de desandar el camino? ¿Un camino de vuelta? ¿Un volver; un girarse?
Hay una degradación desde su primitivo uso. Una pérdida paulatina. El ethos épico-heroico desaparece.
Parece como si nuestro ser estuviera encadenado, más que ligado, a la era técnica. El ser que ahora se pretende es el de una masa salarial universal, planetaria. Sin patria, sin hogar. Sin memoria. Es un ser que se nos impone desde las ‘alturas’. Las ‘salidas’ que se les deja a esa ‘masa’ indiferenciada son, falsamente, engañosamente individuales, personales, o sectarias. Habitamos en sociedades (‘polis’) fragmentadas, atomizadas.
¿Quién posee la paideia, quién escribe los textos educativos; quién ordena, quién manda, quién es el amo? ¿Quién tiene la palabra?
El ser se crea, se establece. Se crea un mundo, y ese mundo puede ser perdido. El ser se gana y se pierde. Hay que merecerlo. Como la excelencia, como la verdad.
El inicio épico-heroico, éste es el inicio al que aspiramos. El que nos fue arrebatado a los pueblos aryas primero con la romanización (helenizada), y posteriormente con la cristianización (igualmente helenizada).
El primero que perdió de vista el ser del inicio fue el pueblo (los pueblos) griego. Las transiciones (los pasos hacía el olvido) están magníficamente expuestas en la ‘Paideia’ de Jaeger. La decadencia económica y social de la clase aristocrática. La competencia que los ‘maestros de la verdad’ arcaicos tuvieron con los primeros pensadores independientes (jonios). La desconsideración del mundo de Homero (heroico), y de Hesíodo (la cosmogonía, la teogonía…). La lírica individualista (monódica) que se abre paso (los nuevos ‘hombres’). El individualismo y la ‘salvación personal’ en Pitágoras y ‘pseudo-órficos’. La nueva sociedad economicista y mercantil. Las ‘polis’ y sus ‘constituciones’. El dominio paulatino de las masas sobre las minorías. Los esclavos y comerciantes extranjeros que llenan las ciudades. La conquista de la Hélade por Filipo de Macedonia. Alejandro. El imperio. El cosmopolitismo. El lenguaje universal… La caída en el olvido de aquel mundo primero, de aquel cielo.
Platón y Aristóteles, así como las nuevas escuelas moralistas post-socráticas (cínicos, estoicos, epicúreos), dan el finiquito al viejo mundo de los orígenes, al viejo mundo de los mayores, al viejo mundo étnico. La cristianización posterior colmó el cáliz del olvido. Atravesamos el Leteo, morimos.
Los pueblos blancos necesitan una anamnesis colectiva (beber del cáliz de la memoria). Una vuelta al origen (a los orígenes). Un recordar. Un retomar el ser del inicio. Un revivir.
El ser del inicio arya es como espíritu que anima. El genio íntimo. Recobrado, recuperado, despierto. Creador, activo.
Más allá de los inicios de las ramas griegas, romanas, celtas, germanas, baltas o eslavas tenemos el primer inicio, la primera aurora de nuestro pueblo. Aquella del origen absoluto, cuando aparecimos hace siete u ocho mil años en algún lugar de Europa. La tribu arya de los orígenes. Allí donde Mannus. Allí donde ‘Dyaus’. La primera tierra y el primer cielo.
*La Grecia arcaica y la clásica; la aristocrática y la democrática; la dórica y la jónica. Esparta y Atenas. Estos son los dos primeros tomos de la ‘Paideia’ de Jaeger. Escritos en los años que precedieron a la llegada de Hitler y el movimiento arya germánico al poder. Publicado justamente el año 33. Los dos últimos tomos son los platonizantes y alejandrinos; la decadencia final (aunque Jaeger piense lo contrario).
Los primeros tomos están claramente alineados en el movimiento nacionalista arya. Es el mismo espíritu. Obra anti-individualista, patriótica, completamente greco-germánica. También en la línea de los escritos de los 30’ de Heidegger, cuando éste deja atrás el relativo individualismo de ‘Ser y Tiempo’. El papel del poeta como educador durante el período arcaico (o del inicio), por ejemplo, es fundamental en ambos autores.
Sabido es que Jaeger dejó Alemania el año 36 y emigró a EEUU. Estaba casado con una judía. Esto tuvo que pesar en su decisión. Su obra, no obstante, puede pasar como uno de los mejores textos publicados durante el período nazi; un texto incluso providencial, diría yo. Proporcionaba los fundamentos históricos de la nueva pedagogía que se estaba pergeñando, igualmente anti-individualista y patriótica, la ‘paideia’ arya. Clarificaba el camino. Hubiera sido un gran mentor del nuevo inicio, junto con Heidegger y pocos otros.
*Pienso que Heidegger fue injusto en algunas de sus críticas al nazismo tras su renuncia al Rectorado. Yo sí pienso que el movimiento nazi fue un inicio, un verdadero nuevo inicio. Heidegger no podía esperar que en unos pocos años cuajara la esencia –“la interna verdad y grandeza”– del movimiento nazi. No tuvo en cuenta las extremas dificultades y obstáculos que tuvo el movimiento en su breve vida –la guerra, fría y caliente, que se le declaró y se le hizo desde su llegada al poder. Y a pesar de todo, la ‘paideia’ arya estaba forjándose, en camino.
No hubo tiempo, no tuvieron tiempo, no se les dio tiempo. Las circunstancias hostiles desbordaron a los mandatarios nazis. No tuvieron tiempo para evolucionar, para perfilar su discurso, para configurar un mundo; para atender a las reflexiones de Heidegger, Jaeger (Paideia), Schmitt u otros –de las cuales estaban tan necesitados.
Heidegger se impacientó –citando a Hölderlin llega a decir: “…pero son incapaces de sentir que les hago falta”. Se sintió como un maestro, un sabio para el pueblo tan necesario como ignorado. Heidegger se limitó a seguir escribiendo y aconsejando a aquellos que gobernaban –en los comentarios sobre Hölderlin, en ‘Contribuciones a la filosofía’, en los trabajos sobre Nietzsche… Se podría decir que no hizo otra cosa hasta su muerte. El destino de los alemanes, el destino de los occidentales, el destino de Europa. El destino y el ser de Europa. Éstas fueron sus preocupaciones.
No fue leído, no fue escuchado por quienes debían, aunque no por desdén o menosprecio de su obra; las circunstancias, simplemente, lo impidieron. Pero la obra y las observaciones quedan para los futuros; para ese acontecimiento, para ese nuevo inicio que aún debe tener lugar. Lo que el futuro nos tiene reservado a nosotros los aryas.
Algunos sacan a colación la cobardía de Heidegger cuando, tras la guerra, reniega de sus vínculos con el movimiento nacionalsocialista y los nazis. En cierta ocasión llama a estos ‘gente impresentable’. Renegó ante el jurado de la ‘depuración’ (la ‘desnazificación’); ante Löwith, ante Arendt, ante Marcuse (todos judíos), ante Jaspers… Hay que decir que Heidegger tenía en aquellos momentos (los inmediatos años de la postguerra) un hijo prisionero en la URSS. Tal vez temiera por su vida si no colaboraba, si no mostraba algún signo de ‘arrepentimiento’.
*Tengo para mí que el giro hacia lo colectivo en la escritura de Heidegger a partir de los 30’ tiene algo que ver con la ‘Paideia’ de Jaeger (digo esto sin disminuir la importancia que tuvo para Heidegger la llegada de Hitler (del ‘movimiento’) al poder). La lectura de su primer tomo (1933), sobre todo, tuvo que sorprenderle. Heidegger llega a escribirle aludiéndole a la similitud de los destinos de conceptos tales como ‘aletheia’ (palabra clave en Heidegger) y ‘areté’ (palabra clave en la ‘Paideia’ de Jaeger), e incluso a la intima conexión de estos conceptos. Sin embargo Jaeger no se queda en la ‘areté’ del inicio (su campo de aplicaciones y usos), no profundiza ahí, como hace Heidegger con ‘aletheia’, sino que se limita a seguir la deriva de este concepto desde el inicio hasta su momento platónico. Para Jaeger el camino de areté culmina en (su amado) Platón.
Aquí se separan los caminos. Y aquí se advierte también el alcance de esos caminos.
Es en los inicios cuando se inaugura un tiempo y un espacio; una tierra y un cielo; un mundo. Los sublimes momentos del principio. El crepúsculo matutino, el que trae la luz, el que anuncia el día. El alba de un pueblo; su primera aurora.
Heidegger no sólo se demora en torno al primer inicio, sino que extrayendo enseñanzas de aquel momento nos propone un segundo inicio.
¿Cómo se alcanza esa nueva aurora? Heidegger reflexiona y nos responde en sus escritos de los 30’ y 40’; desde el 33 al 44-45 (hasta “La pobreza”, una suerte de homilía dada ante un pequeño grupo de oyentes en los días que siguieron a la claudicación de los ejércitos nazis; antes de la ‘depuración’ –la ‘desnazificación’). La mayor parte de lo escrito en ese período gira alrededor del inicio. Primero con la oportunidad del ‘movimiento’, su providencial llegada al poder. Desde el conocido ‘Discurso del Rectorado’. Ahí se mostró como un verdadero pedagogo, como un maestro de la verdad, como un guía espiritual del pueblo alemán (y occidental). El ‘movimiento’ era justamente eso, movimiento –una voluntad, un impulso, una fuerza, un poder. Un viento impetuoso. Un pueblo entero dispuesto a renacer.
La ‘visión’ del momento, de los acontecimientos, de la novedad del ‘movimiento’, del entusiasmo popular… Heidegger aporta al ‘movimiento’ aún más grandeza, aún más significación, aún más verdad; un ‘norte’ claro. El hecho de que las circunstancias impidieran la adopción por los mandatarios nazis de las directrices ‘espirituales’ de Heidegger no resta ni interés ni valor a sus enseñanzas.
Dada la deriva de los acontecimientos, Heidegger termina escribiendo para el ‘movimiento’ por venir; para los futuros. Si no pudo ser entonces, la próxima lo será.
Nos frustraron aquel inicio, aquel brote. Quedó en nada; roto, descompuesto. Las reflexiones de Heidegger (y unos pocos otros) sobre el inicio aguardan su momento –el inicio que vendrá.
Los nacionalistas aryas deben beber del inicio, de esas fuentes. La revolución arya por venir será, ahora sí, la del nuevo inicio. Aún más radical y consciente que la primera.
El ‘movimiento’ nacionalista arya profundiza ahora acerca del alcance y de la magnitud de ‘su’ revolución. Y es más consciente de su interna verdad y grandeza.
Será nuestra propia revolución. Un movimiento propio, íntimo, nuestro. De o desde nosotros, por nosotros, para nosotros. En el nombre de nuestro pasado, nuestro presente, y nuestro futuro. El resto de los pueblos no están convocados.
¿Qué nos queda, pues, a las presentes y futuras generaciones aryas? Valgan como respuesta estos versos del Rig Veda: “La oculta luz los Padres descubrieron; // con palabras verdaderas engendraron a ‘Ushas’ (a la aurora).” (Rig Veda, VII, 76, 4).
Descubrir/engendrar… la oculta luz/la aurora. Mediante palabras verdaderas. A tientas; a oscuras. La espiritualidad arya del inicio.
*
Hasta la próxima,

Manu

http://www.larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2014/09/114-sobre-el-inicio-jaeger-y-heidegger.html
DOMINGO, 19 DE OCTUBRE DE 2014

115) El inicio
El inicio.

Manu Rodríguez. Desde Europa (15/10/14).
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*El inicio nos precede. El inicio está dado. Nos encontramos en el vórtice del inicio. Ahora se trata, para los diversos pueblos, de estar a la altura del inicio.
No se trata del trabajo, o del trabajador. Como si el ser estuviera ligado al ‘modo de producción’ (la era técnica), como una vulgar ‘superestructura’, como un ectoplasma. Los cambios ideológicos que se produjeron a lo largo del neolítico no estuvieron necesitados o precedidos de cambios en el modo de producción. Obsérvese la evolución de la paideia griega (en Jaeger). O los cambios ideológicos en la misma Europa –antes de la era técnica.
No es la era técnica la que hará desaparecer el antropocentrismo y los mundos del neolítico. De hecho, estos aún viven en nosotros (en las tradiciones religiosas judeo-cristiano-musulmanas, en el hinduismo, en el budismo, en la filosofía occidental, en las ideologías políticas… incluso en el lenguaje técnico y jurídico que trata temas ecológicos o de medio ambiente). El ‘hombre’ como criatura excepcional: como centro de la naturaleza, como señor de las criaturas, como rey de la creación… Nuestro comportamiento con el resto de los seres vivos, así como con el hábitat geofísico (tierra, agua, aire…), lo denota. Menosprecio, desprecio, indiferencia… Seguimos siendo criaturas del neolítico en plena era técnica –nuestras ‘superestructuras ideológicas’, nuestras ‘representaciones’, nuestros ‘mundos’, siguen siendo los del neolítico.
No es el subjetivismo, ni el ‘mundo extenso’ de Descartes. Esto lo tenemos ya en el ‘génesis’ judío. Descartes es una muestra, un síntoma del período. Ese antropocentrismo que impregna todas las culturas y civilizaciones del neolítico. El mundo moderno y contemporáneo (la era técnica) se mueve a sus anchas en tal antropocentrismo –tiene patente de corso. Es (sigue siendo) el señor de la creación.
Nuestra transición es, espiritualmente hablando, semejante a la transición del paleolítico (primer período) al neolítico. Fue la interacción y la familiaridad con el medio lo que transformó el modo de vida de los hombres y mujeres que dieron lugar al neolítico. Y aquel modo nuevo de relacionarse y de tratar con el entorno dio lugar a nuevas ‘representaciones’ más acordes con el estadio presente. Con el neolítico comienza la desacralización de la naturaleza (viviente y no-viviente). La veneración de la naturaleza (viviente y no-viviente) es propia de las culturas del paleolítico.
Vivimos un nuevo período. Este nuevo período lo inaugura la revelación del código genético. Se pasa de un fenocentrismo a un genocentrismo. Cambia radicalmente el centro. Se pasa de la criatura al creador. El antropocentrismo o el antropomorfismo (los ‘humanismos’) resultan ya absurdos, incoherentes… ofensivos.
La sustancia genética es la única sustancia viva en este planeta. Y lo viviente es el ser –no hay más ser (Nietzsche). Nosotros somos el ser. Tú que lees.
La sustancia viviente única es el ser virtualmente imperecedero. Y nosotros somos esa sustancia.
Este descentramiento (o mejor, recentramiento) lo padecerán tarde o temprano todas las etnias, todas las culturas… El antropocentrismo y los mundos del segundo período –de las culturas del neolítico (que aún alimentan nuestras mentes)–, desaparecerán. No tendrán lugar en este tercer período.
El neolítico ha concluido. El ‘arkhé’ (el origen, el principio, el inicio; la aurora) del nuevo período es la revelación, el encuentro con la sustancia viviente única, con el ser único nuestro. Este des-encubrimiento. Este auto-conocimiento.
Es la sustancia creadora de todas las formas vivas; el ser de todas y cada una de ellas. El ser viviente único. No es que sea nuestra esencia, sino que nosotros somos la esencia. No hay otro que hable, no hay otro que piense –no hay más ser.
Del ser vienen las palabras. Es el ser quien las articula, quien habla. En todo momento. Es el único que dice yo y hace yo.
El nuevo estadio, el nuevo lugar, el nuevo mundo. El nuevo inicio.
La nueva naturaleza y la nueva cultura. La nueva paideia, la nueva excelencia.
Nueva poesía, nueva música, nuevo arte, nueva paideia, nueva cultura, nuevo amor… para este eterno y recién nacido ser nuestro. El ser sin nombre ni apellido, el más puro ser, el ser nuestro. Este viejo/nuevo ser carece de poetas, de filósofos, de creadores. Tampoco ha tenido profetas, nadie le anunciaba. Es el acontecimiento de los acontecimientos.
A este nuevo ser todo lo que escucha o ve le resulta rancio, antiguo, neolítico; demasiado superficial, demasiado humano. Ahora el centro es la vida. Ahora debe hablar la vida. No la criatura (el fenotipo), sino el creador (el genotipo, el ‘genoúmeno’; la sustancia viviente única).
*El cariotipo o cromosoma humano se escande en sub-grupos, en etnias o razas. El árbol de la vida que concierne a los humanos nos habla de la evolución del cariotipo humano, de su escansión o ramificación. Este árbol es sagrado.
La etnia es, pues, sagrada. La etnia, el ser natural, es lo primero. La base, el fundamento. Las etnias generan (de sí mismas, por sí mismas, y para sí mismas) sus propios mundos lingüístico-culturales. A tal rama o etnia, tal mundo simbólico (tal cultura, tal paideia).
La etnia es el genio, es el ser. Hablar desde la sustancia viviente única, desde la etnia, desde el genio, desde el ser nuestro. Hablar a la sustancia viviente única; al genio nuestro.
Conocimiento de la rama que somos, del ser que somos. Todo cambia. La mirada, la palabra, la voz. El ‘hombre’ queda atrás, desaparece. Devenimos seres nuevos, renovados, conscientes de su ser. Yo no humanos, ya no criaturas. Ahora habla el creador, el ser, la misma vida (la sustancia viviente única).
La nueva hermandad inter-étnica. La preservación de las ramas etno-culturales. Actualmente nos encontramos en vías de extinción. Si llegara a producirse el mestizaje universal calculado y previsto, en unos pocos cientos de años las razas se extinguirían. Desaparecería todo nexo con el pasado; desaparecería todo pasado. Las masas absolutamente desarraigadas, errantes. La futura masa salarial universal; la futura raza de esclavos. Ni tierra, ni cielo; ni manes, ni lares. Sin pasado, sin presente, sin futuro.

El árbol de la vida tiene enemigos. El árbol de la humanidad. Demasiadas ramas han sido ya arrancadas. Apenas si quedan grupos etno-culturales puros. Las oleadas universalistas los han destruido. La tendencia a la homogeneización, a la homologación. Es una tendencia perversa, asesina, fratricida. La muerte, la extinción de los hermanos.
Preservar la propia etnia mientras el resto de las etnias se mezclan, se disuelven, se auto-eliminan. Éste es el plan del enemigo universal de los pueblos –del enemigo universal del árbol de la vida.
Estos universalismos homogeneizadores (religiosos, filosóficos, políticos…) hablan el lenguaje del amor, de la concordia, de la fraternidad… pero su obra es división, discordia, odio, muerte. El globalismo demo-liberal parece ser su último avatar. Otros vendrán.
Los universalismos transétnicos, transculturales, transnacionales… Los destructores de etnias, culturas, y naciones.
Es la hidra, un monstruo con varias cabezas. Las filosofías universalistas del periodo alejandrino (cínicos, estoicos, epicúreos), el judeo-mesianismo, el islamismo, el budismo, el hinduismo, el judeo-bolchevismo, la democracia universal… Los rostros del enemigo. Las cabezas de la hidra.
El mayor peligro nos viene ahora de la universalización de esa ‘civilización’ occidental que procede del decadente helenismo y del judeo-mesianismo (su derecho, su democracia, su economía, su antropología, sus ‘creencias’… su ‘mundo’). Esa cultura, ese mundo, esa paideia indeseable, malsana, letal.
Las ideologías universales tienen, todas, un origen étnico. Es un discurso étnico el que se universaliza, sea de origen judío (las globalizaciones cristiana y musulmana), indio (el hinduismo en el sudeste asiático; el budismo en Tíbet, China, Corea, Japón…), o europeo (el actual proceso de globalización liderado por ‘Occidente’). Un discurso étnico (su derecho, su ciencia, su lengua, su mundo…) se impone sobre los demás. Es el triunfo de un discurso étnico sobre otros. Estos universalismos expansivos son una guerra declarada contra el particularismo de los pueblos. No admiten diferencias, no admiten ‘otros’. El otro, al cabo, tanto más pequeño o débil, desaparece, es engullido. Así han desaparecido multitud de pueblos bajo los imperios (las globalizaciones) persa, alejandrino, romano, cristiano, musulmán…
*Preservar el ser que se es, la verdad ancestral de cada pueblo, es un deber para todos y cada uno de los moradores de las diversas etnias/culturas que pueblan el planeta. Todas nuestras ‘identidades’, en los momentos presentes, corren el riesgo de desaparecer para siempre.
*Heidegger nos habla de un nuevo inicio y un nuevo arraigo para nuestro pueblo. Estos son los momentos. El nuevo inicio ya está dado, anunciado. El nuevo espacio, la nueva tierra donde arraigar.
La rama arya es nuestro espacio reservado en el árbol de la vida. Nuestro ser, nuestras historias, nuestros mundos. Nuestro ser histórico, en devenir. Desde aquel remoto origen de hace seis o siete mil años. Dondequiera que fuese. El nacimiento de la rama arya. La primera aurora.
Apropiarnos de nuestro devenir, ser dueños de nosotros mismos. Regir nuestro destino. Despertar. Recuperar la conciencia, el juicio, la memoria. Retomar el camino que nos viene de los antepasados.
Nuestra lucha es compleja. No es tan sólo recobrar el inicio, es también recobrar el ser que somos. Nuestro ser alienado, robado; impostado, usurpado.
Repetir el inicio, sí, pero ¿desde dónde? Sólo desde el lugar nuestro, desde nuestro lugar reservado. La morada arya.
*Una palabra clave es religión –aquello que religa y hace uno a un pueblo, grupo, o colectivo. Lo que religa a un pueblo y le hace uno es su propia cultura –el mundo generado a través de las generaciones; el conjunto de sus heteróclitas tradiciones –su completa historia, vale decir.
¿Cómo religar, aquí y ahora, a los pueblos aryas europeos? Dos claves identitarias nos proporcionan la respuesta: la identidad étnica y la identidad lingüístico-cultural. Los pueblos aryas europeos estamos emparentados étnica y culturalmente. Compartimos el mismo origen. Más allá de las familias aryas o indoeuropeas a las que unos y otros pertenecemos, el origen común nos une. Compartimos señas de identidad biosimbólicas ancestrales.
El nuevo inicio no puede venir ya sino mediante la re-unión de los pueblos aryas. Devenir, de nuevo, un solo pueblo. Esto, sólo para comenzar; como punto de partida.
El nuevo inicio ha de reunir a todos los pueblos aryas; el ‘movimiento’ ha de ser pan-arya, o pan-indoeuropeo. No será, por consiguiente, un movimiento expansivo o universalista.
Este re-encuentro no podrá realizarse en su máxima pureza si no se produce una suerte de catarsis o purgación entre nuestra gente. La mayor parte de nuestros pueblos están cristianizados (algunos islamizados), y esto quiere decir que viven o moran espiritualmente fuera de sí. Sus lugares sagrados, sus patriarcas, sus dioses… son extraños, extranjeros. No son nuestros. No tienen su origen en nuestros pueblos. Esta alienación espiritual colectiva que padecen nuestros pueblos es, quizás, el mayor obstáculo para el genuino re-encuentro.
Se exige antes que nada un retorno a lo nuestro pre-cristiano o pre-islámico. Un re-anudar el nexo con nuestros verdaderos antepasados (griegos, romanos, germanos, celtas, albanos, baltos y eslavos), con nuestras historias.
Una catarsis, y una anamnesis. Un deshacernos de lo ajeno, y un recuperar la conciencia y la memoria de lo que fuimos, y de lo que aún somos. Esto queda a la casi totalidad de nuestra gente. Una autognosis, una revelación, un ‘desencantamiento’ colectivo.

Un retorno al hogar, a lo propio, al origen.
El ‘movimiento’ y el nuevo inicio han de ser totales, radicales, absolutos (siguiendo la estela de aquel primer intento frustrado –el período nazi, el período épico-heroico de la nación arya).
*Este nuevo inicio –este nuevo período– (genocéntrico, centrado en la vida, étnico) implica una mutación espiritual sin precedentes. Afectará a todos los pueblos de la tierra. Los pueblos aryas liderarán este movimiento; serán los primeros.
*
Hasta la próxima,

Manu

http://www.larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2014/10/115-el-inicio.html

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