144) La salida

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MIÉRCOLES, 21 DE DICIEMBRE DE 2016

144) La salida

La salida.

Manu Rodríguez. Desde Europa (21/12/16).

*

*Las ideologías humanas, demasiado humanas, del neolítico nos tienen atrapados; los antropocentrismos del neolítico –los religiosos, los políticos, los filosóficos…

El laberinto del neolítico. Los mundos del neolítico. Las ideologías se han revelado como instrumentos de alienación y de dominio de las masas sociales, y como fuentes de auto-legitimación de las castas dominantes (de las oligarquías dominantes). No les bastaba con tener el poder, tenían que fundamentarlo y legitimarlo a los ojos de las masas desposeídas mediante textos religiosos revelados (por algún dios), o textos jurídico-políticos (laicos). Las castas dominantes tenían (y tienen) que hacerle creer a las masas dominadas lo fundado y legítimo de su poder. Forma parte de la farsa.

Todo ‘sistema’ de poder cuenta con dispositivos ideológicos, y dispositivos policiaco-militares. Con unos se convence, se persuade, con otros se reprime… El engaño y la violencia han sido, y son, las armas de las clases dominantes.

Ya desde principios del neolítico histórico (desde hace unos seis mil años) los astutos y los violentos acabaron aliándose con vistas al poder. Y este estado de cosas se continúa en nuestros días.

Las masas no se rebelan; a las masas se las manipula, se las moviliza, y se las lanza como arma contra unos o contra otros –según quien las use y según el caso.

La conciencia de las masas desposeídas en nuestros días está polarizada por los mundos del neolítico (religiosos, políticos, económicos, filosóficos…). Las ideologías del período limitan su visión –la antropomorfizan–, y facilitan su instrumentalización por las clases dominantes. Las ideologías son las banderas, los estandartes que ondean en los enfrentamientos entre los diversos sistemas de explotación, y de poder. Es un conflicto permanentemente abierto, no entre pueblos o naciones, sino entre élites codiciosas que compiten entre sí por el poder. Las masas sociales son, aquí y allá, ahora como entonces, la fuerza de trabajo, la carne de cañón…

La revolución iniciada por Darwin tiene una relevancia meramente anecdótica en nuestras sociedades. Carece de peso cultural. No marca rumbo, no hace reflexionar. La mirada que sobre este nuevo mundo post-darwiniano se hace es demasiado humana (darwinismo social, etología humana, psicología evolutiva, sociobiología…). No va más allá de las criaturas, de los fenotipos, no va al ‘centro’ –a la causa última. Prevalece la mirada superficial, relativa, interesada… de los diversos grupos humanos (étnicos, culturales, ideológicos, económicos, sociales…); la perspectiva antropocéntrica. La perspectiva no alude sólo al lugar desde el cual se mira, sino también a ‘quién’ ocupa ese lugar.

El mundo de lo viviente tal y como nos lo revelan las ciencias de la vida desde el descubrimiento del ADN apenas si ha tenido influencia en nuestra vida cotidiana (nada ha cambiado desde entonces). Hay mucho ecologismo, y corrientes ‘animalistas’ y demás, pero todo se hace desde el ‘hombre’. El ‘hombre’ del neolítico sigue siendo el sujeto de la actividad, sigue siendo el protagonista de la acción –lo de extender los derechos ‘humanos’ a los animales, por ejemplo (adviértase la ridícula arrogancia antropocéntrica). Se trata, en cualquier caso, de los derechos humanos que emanan de la Rev. Francesa, o de la ‘Declaración de los derechos humanos’ (ONU)… Obviando el caso de que bajo otro ‘sistema’ de poder tendríamos otro ‘mundo’, otro ‘hombre’, otros ‘derechos’… en ningún caso se mira desde la vida, como vida.

El descubrimiento del ADN nos ha revelado nuestra esencia única; nuestro ser único. Por más que hables como ser humano, la vida habla en ti. El sujeto ha cambiado. Ya no habla la criatura (el fenotipo), sino el creador (el genotipo).

Ésta es la revolución que viene. La revolución biocéntrica, genocéntrica. Ahora hemos descubierto el centro de la vida, y resulta que el centro somos nosotros (los genes, la sustancia genética). Nosotros somos la vida. No hay otro sujeto que la sustancia genética, la sustancia viviente única. Y esto es lo que nosotros somos.

Más allá de mi ser específicamente humano (que responde al cariotipo humano), y más allá de mi pertenencia a un grupo étnico determinado (que responde a un subtipo del cariotipo humano), soy vida, sustancia genética…

El ser genético es el ser que anima todo organismo. Es el ánima, el alma de las criaturas. Más aún, es lo único vivo en la criatura.

Los fenotipos nos distraen –lo  que aparece. La sustancia genética es el ser de lo que aparece. El ‘noúmeno’ del ‘fenómeno’ (biológico).

Los fenotipos son cuerpos, somas, que la sustancia genética se proporciona. Son funcionales –como vehículos, armas, escudos… Los diversos ‘somas’ protegen el delicado y frágil ser que somos. El ‘cuerpo’ protege, transporta… a la sustancia genética. La sustancia genética es en todo momento el piloto único de su ‘soma’.

Las conclusiones y derivaciones que se siguen del descubrimiento del ADN no pueden ser otras que estas que digo. Nosotros no podemos ser sino la misma vida, la sustancia viviente única.

El movimiento del soma, es el movimiento del genoma –del ‘genouma’ o ‘genoúmeno’, podríamos decir.  Los pensamientos y las palabras del soma son los pensamientos y las palabras del ‘genouma’.

Esta conciencia de nuestro ser único es la que cambiará la faz del planeta. El verdadero ecologismo está por venir, y el conservacionismo…  La perspectiva genocéntrica. Desde la sustancia viviente única, desde los genes; desde Nos, como Nos.

Esto que digo es el indudable futuro. No hay otro. No habrá otro. La ‘humanidad’  sobrepasada, dejada atrás. Sus discursos, sus pretensiones, sus querellas…

Ese futuro es la salida única del pasado humano; de nuestro pasado como humanos (como criaturas). Es el único camino para llegar a ser lo que somos –sustancia genética, sustancia viviente única.

La vida ha llegado a su cumbre. La autognosis de la misma vida en el cariotipo específico humano. La especie elegida, como dicen. Elegida como lugar de la revelación, de la autognosis. El específico soma humano; nuestra morfología y fisiología (nuestro sistema nervioso…) –obra de los genes, no se olvide.

El antropocentrismo del neolítico es el gran obstáculo para tal revelación. La confusión del ‘hombre’, del fenotipo, de la criatura. Si bien no es la criatura sino el mismo creador el alienado en su criatura, en su obra. Digamos que el sujeto cultural  sojuzga o se impone al sujeto natural. O mejor, el sujeto natural se sojuzga a sí mismo (no hay otro ‘sujeto’) en nombre del ‘hombre’ (la idea que de éste se tenga).

No saberse o no reconocerse como vida. Creerse ‘hombre’. El olvido, o la ignorancia, del ser propio. El ser que somos ha de distanciarse de su soma, de su fenotipo, de su aparecer específico. Abstraerse, concentrarse en sí. Librarse, despojarse de los ‘yoes’ culturales,  de las ficciones (antropocéntricas) acerca del propio ser.

*Hemos descubierto algo que ya sabíamos. Nosotros somos la vida. Ahora la vida se sabe a sí misma; sabe de sí. Esta revelación, este conocimiento, ha sido también un recordar, un rememorar.

La vida siempre ha sabido de sí. El saber de sí es intrínseco a la misma vida. El entorno lingüístico-cultural (relativo, histórico… antropocéntrico) en el que se viene a nacer es la causa primordial del olvido de sí. El parloteo sobre el ‘hombre’.

Las almas, las configuraciones de genes que conforman el genotipo (la cifra genética de cada uno de nosotros), no renacen, no vuelven a la vida cuando vienen a ser engendrados (tras la cariogamia) –los genotipos son únicos e irrepetibles. Lo que sucede es que esa ‘alma’, esa esencia genética, la recibe de sus padres, y por sus padres, de remotos antepasados. La vida nueva hereda inscrita en su propio ser la sabiduría acumulada en millones de años; la sabiduría de la propia vida. Nuestro ser, que es uno y el mismo en todas las criaturas, es virtualmente imperecedero. La nueva vida es la vieja vida también –la vida se sucede a sí misma. La unidad intemporal de la vida, de Nos.

Hay un vía purificativa nueva que conduce a la revelación del ser que somos (a la recuperación del saber esencial). Ahora se trata de desprenderse de todo lo humano (en pensamientos, palabras, y obras); de abandonar la perspectiva antropocéntrica (de decirle adiós al ‘hombre’). La iluminación mística puede ser interpretada como el instante de la auto-gnosis de la misma vida. Finalmente la vida se alcanza a sí misma, se tiene, sabe de sí. La alegría misteriosa deviene de ese alcanzarse, tenerse, saberse.

Hay que decir que el instante misterioso nos sobreviene de manera indeliberada e involuntaria. Ni pensado, ni imaginado, ni supuesto, ni buscado, ni querido…  Pero es, tal vez, inevitable si uno se mantiene en la vía purificativa (las ‘noches’).

No es el ‘yo’ cultural, social… el que alcanza conciencia de sí en la iluminación. El sujeto (el ‘yo’) cultural es un ente social, histórico, relativo; es una suerte de complemento circunstancial del sujeto natural (éste sí intemporal). El sujeto cultural  es justamente el que se desvanece para dar lugar al sujeto natural, de base; al único sujeto, en verdad. El sujeto natural recupera su lugar central. Es el sujeto natural (el genouma) el que ‘renace’. La vida re-cobra conciencia y saber de sí; alcanza lo propio, lo olvidado. Se reencuentra. Se recupera. Rememora, se reconoce. La súbita anamnesis.

Habrá observado el cuidadoso lector la similitud de esta interpretación de la ‘iluminación’ con la teoría platónica del conocimiento. También aquí hay olvido y recuerdo. En Platón el ‘alma’ (inmaterial, en su caso), en su ‘descenso’ a la tierra, olvida las ‘ideas’ eternas, no se trata en ningún caso del olvido de sí (del saber de sí). En nuestra interpretación es la culturización, la socialización, la humanización… del genotipo aquello que le aleja o desvía de ese saber –accedería a él si viniera a nacer en un entorno ‘humano’ consciente de sí como sustancia viviente única (un entorno que transmitiese ese saber).

El sujeto, para Platón, como para el mundo clásico en general, es el hombre en cuanto animal ‘racional’ (dotado de alma inmaterial y racional), esto es, el sujeto consciente, parlante, dialogante, cultural, social, moral…  Este sujeto, a su vez, debe tener como meta, en su formación (paideia), el dominar el ámbito pulsional, instintivo, deseante… (la carne, o el cuerpo). El cuerpo es lo animal, el alma es lo super-animal, lo cuasi-divino. Ésta es la visión que se sostiene en todas las tradiciones espirituales del neolítico (hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo, islamismo…). El hombre, el sujeto cultural, social…, ha de luchar contra sus apetitos y deseos (interpretados como naturales, como animales; como causas de infelicidad…). Este viejo y torpe dualismo (que desencamina) ha sido actualizado en tiempos recientes por el muy afamado biólogo R. Dawkins en su obra ‘El gen egoísta’ –ahora el sujeto consciente, racional, moral… debe controlar, dominar… las pulsiones y demandas que le vienen de sus genes.

Se trata en todos los casos del ser meramente simbólico, el producido por su medio lingüístico-cultual; el ser histórico, relativo… Éste es el que quiere liberarse, salvarse, renacer… el que desea la vida eterna. Ese ‘yo’. El ser más evanescente, el más contingente, el más circunstancial, el más relativo… el más superfluo.

El ser simbólico es el ser genético instruido, culturizado, humanizado… (según el lugar, la época, el medio lingüístico-cultural… en el que viene a nacer). Es este ‘ente de razón’ cultural, histórico, relativo… el que oculta, sepulta, pugna, soterra, acalla… suplanta, usurpa… el ser único que somos –el ser genético. Ocupa el lugar que nos corresponde. Es un mundo al revés, como se puede observar.

Es el ser genético que somos el único que olvida y recuerda. El único que se ignora, se desconoce, y el único que se recuerda, se recupera; el único que alcanza –que ‘vive’, que experimenta– el conocimiento, el saber de sí. No hay sino un sólo sujeto, una única sustancia viviente. No hay otro/otra de la sustancia viviente única a no ser ella misma –para ella misma, su insondable profundidad…

El tiempo de los ‘hombres’ y de sus ‘mundos’ pasó; el periodo antropocéntrico en su conjunto. Han devenido (unos y otros) lejanos, remotos, extraños, ajenos…

Profunda insatisfacción en los ‘renacidos’ produce el legado cultural del pasado humano. Por más que busquen, no se encuentran en ese legado. Nada en ese pasado les dice; nada, cabalmente, les vale. Desde la sustancia viviente única, desde sí mismos, tendrán que crearlo todo de nuevo –rehacer el ‘mundo’, reconfigurarlo; crear un mundo nuevo a la altura del nuestro ser único –a  nuestra medida; un mundo genocéntrico.

La soledad de los renacidos; la soledad de los primeros. La soledad de las primicias. La soledad de la vida.

*El futuro será genocéntrico (ecologista, biocéntrico…), o no será. El deterioro medioambiental, el deterioro social y cultural, el deterioro de nuestras naciones hasta ayer mismo étnica y culturalmente homogéneas… El futuro negro, negro, negro… que nos viene en todos los sentidos (étnico, cultural, económico, medioambiental…).

La codicia de oro y de poder de la sempiterna y versátil oligarquía dominante (económica-ideológica-militar) acabará con el planeta. La insaciable oligarquía dominante; su ciega voluntad de poder. Vivimos inmersos en catástrofes no sólo medioambientales, biológicas, sino humanas, sociales, bioculturales también. El futuro de la vida (de toda vida) está en peligro. Estamos en peligro.

Si hay una sola sustancia viviente (la sustancia genética) y, por consiguiente, un único sujeto, no podemos atribuirle a la criatura (a los fenotipos) ningún hecho. No es, entonces, la criatura (el ‘hombre’, en nuestro caso) contra la vida, sino la vida contra la vida. Movida por una ciega voluntad de poder cierta vida destruye la vida otra, y las condiciones medioambientales que ella misma requiere para poder seguir siendo.

Nuestro momento actual es más que complicado. Se requieren cambios, transformaciones, en prácticamente todas nuestras actividades. Un cambio de ruta, de camino… Nosotros los identitarios somos los más cercanos a dar ese paso. Nuestro ideario estuvo desde un principio ligado a la etnia, esto es, a la biología, a la naturaleza viviente. Las etnias son ramas del árbol de la vida. Nuestro biologismo de partida nos hubiera hecho reparar en la importancia del ADN, en la trascendencia de este conocimiento, de esta ‘revelación’. Nos hubiera conducido a otro futuro, de esto estoy completamente seguro. Un futuro más favorable a la tierra, a la vida, a los diferentes grupos humanos… Un futuro (genocéntrico) que todavía es posible construir.

(Es preferible el término ‘genocentrismo’ a términos como ‘biologismo’ o ‘vitalismo’. El término ‘genocentrismo’ hace alusión a la sustancia genética, a la sustancia viviente misma. Los términos ‘biologismo’ y ‘vitalismo’ se centran en la vida en general, en los seres vivos, en las formas vivas (en los fenotipos)… Revela una mirada fenocéntrica, previa al período genocéntrico que hoy vivimos. Es una mirada arcaica, neolítica; ‘ptolemaica’, descentrada, podríamos decir.)

Un cambio de mirada, de discurso, de cultura; un cambio profundo que haga otro, absolutamente otro, nuestro comportamiento para con el resto de la naturaleza (viviente y no viviente), y el resto de los grupos humanos. Una revolución radical que afecte a todas nuestras actividades.

La salida del neolítico (ideológico, cultural, antropocéntrico…) es esencial. La mirada nueva ha de ser la mirada de la vida. La vida ha de ocupar el lugar que aún ocupa el ‘hombre’. La vida debe hablar. El hombre debe callar; debe desaparecer.

La vida ha de dejar de comportarse como hombre (criatura) y comenzar a comportarse como vida (como creador) –a mirar, a contemplar, a escuchar, a ver, a sentir, a pensar, a hablar, a actuar… desde Nos; como Nos.

Que el único sujeto comience a actuar… Que no escuchemos sino la palabra de la vida.

Es un nuevo periodo lo que necesitamos, post-neolítico, post-antropocéntrico, post-humano… Iniciar un nuevo ciclo en nuestro devenir. Proseguir nuestro camino sobre la tierra como vida, no como un cariotipo específico (el humano).

La revolución que viene. La nueva era que se inicia. El período genocéntrico.

La magnitud de esta revolución que digo no tiene comparación con las del pasado (antropocéntrico). Es infinitamente más radical. Es un vuelco sin precedentes. Es la vida la que ‘manda’ ahora. Es la vida la que cuida ahora de la vida. Es la vida ahora lo primero y lo último. La vida es el sujeto único en toda actividad biológica; Nos, la sustancia viviente única.

Los identitarios han que tener un papel determinante en el genocentrismo que viene. Han de ser, en principio, los primeros transformados, los primeros futuros; los nuncios, los mensajeros del nuevo ciclo. Han de ser también sus configuradores.

Varias son las fidelidades y devociones que guiarán la conducta de los futuros. El referente primordial será en toda ocasión la vida. No el hombre, no la criatura –su futuro, su bienestar…–, sino la vida. La vida es lo primero por lo que hay que mirar. Vienen nuevos deberes, nuevas obligaciones… La vida es ahora la medida.

La ética que viene, la bioética. Lo que es bueno y lo que es malo para la vida. Para Nos. Lo que nos beneficia y lo que nos perjudica… Ésta es la correcta perspectiva.

El genocentrismo no podía surgir más que en nuestra época (después del descubrimiento de los ácidos nucléicos, de la sustancia viviente única). Y el previo biologismo de los identitarios era el más cercano al nuevo período, y el más proclive a reconocerlo, incluso a ‘engendrarlo’.

El genocentrismo es la revolución de la revolución; la corona de la revolución étnica. Del biologismo (o vitalismo) identitario surge, necesariamente, una conciencia no fenocéntrica (no centrada en las criaturas), y no antropocéntrica (no inspirada ni centrada en alguna idea acerca de la ‘humanidad’), sino genocéntrica (centrada en los genes, en la sustancia genética); una conciencia no sólo trans-étnica, sino trans-específica también (más allá de la especie). Ahora nos identificamos como vida, como sustancia viviente única –ni como tal etnia, ni como tal especie. Los genotipos (los sujetos naturales, genéticos) que se reconozcan en dicha sustancia  vivirán un retorno a la fuente, al origen, a la vida, al ser viviente único; ‘saborearán’ su co-pertenencia al Uno. Nosotros somos la vida –no esta o aquella vida, sino la misma vida.

Vivirán los futuros el cambio más radical y más integral de toda nuestra historia, de todo nuestro devenir (como vida). Nunca hubo un antes y un después como el que ahora vivimos –ni lo habrá. Es una transformación, una mutación biosimbólica que dividirá en dos nuestro devenir sobre este planeta. Es un nuevo comienzo absoluto; un comenzar desde cero.

Todo lo que conlleva la autoconciencia de la sustancia viviente única; la conciencia de sí del ser único que somos –los corolarios, las consecuencias de este saber de sí. Lo que vendrá inexorablemente. Nada ni nadie podrá detener este futuro.

El saber acerca de la sustancia genética, y el reconocernos en ella –la conciencia de sí como sustancia viviente única–, nos convierten de hecho en seres biosimbólicos nuevos, y nos sitúan ya en el futuro. Ya damos los primeros pasos. Ya estamos; ya vivimos, ya somos el futuro.

Las nuevas criaturas: Genousse & Genoussin.

El futuro genocéntrico ya ha comenzado. Este séptimo milenio (de la escritura) es también el primer milenio de Xenus/Nexus.

*

Saludos,

Manu

PUBLICADO POR

MANU RODRÍGUEZ EN 6:48

FUENTE:

http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2016/12/144-la-salida.html

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